HOY ES MI DÍA

Siempre envidié a los más rápidos del grupo, no tiene ningún sentido negar esta evidencia. Cuando llegaba el tiempo de moverse rápido, yo ni siquiera estaba entre los de la parte media, aquellos que no destacaban especialmente, sino que siempre fui el más lento de todos, el que se quedaba atrás, el objeto de todas las burlas de mis compañeros. No recuerdo ni una sola vez que no fuera el último del grupo en alcanzar la meta, el que cerraba el pelotón, siempre muy alejado de los puestos de cabeza. Para cuando finalizaba el recorrido, los demás ya disfrutaban de una magnífica comida hacía largo rato y me miraban con cierto desprecio contenido cuando pasaba por su lado.
Fue en uno de esos días de máxima humillación cuando pergeñé el audaz plan que ahora llevo a cabo, con un único objetivo: ser, por una vez, el ganador de la carrera, el más rápido, el primero en darse el festín.
Con mucho esfuerzo y sufrimiento he conseguido encaramarme a una de las enormes ruedas de este tractor y me aferro a ella con todas mis fuerzas para no acabar con mi caparazón contra el suelo. Desde aquí, puedo observar a los dos que marchan en cabeza, orgullosos, seguros de sí mismos y de una nueva victoria. Pero esta vez yo seré el vencedor de esta carrera hacia las verdes, frescas y sabrosas lechugas. El tractor se ha puesto en marcha y ya noto la vibración del motor monstruoso bajo mi piel resbaladiza. En cuanto la rueda comience a girar, me caeré por el otro lado y adelantaré a esos malditos caracoles de inagotables ansias de grandeza. Sólo espero haber calculado todo bien y que la rueda no me aplaste en el intento.

A POR EL PRÓXIMO SIGLO

No necesito hacer realidad ningún sueño de gloria porque ya se ha cumplido todo aquello que podía desear. Disfruto de una vida larga, plena de fama y reconocimiento, mucho más allá de lo que jamás imaginé. He tenido la inmensa fortuna de residir en dos continentes, cosa de la que no todo el mundo puede presumir. Cierto es que en el primero no fue por mucho tiempo pero ¿qué mejor ciudad que París para vivir en Europa? Después me surgió la gran oportunidad de cruzar el charco, el océano Atlántico, en busca del cálido horizonte donde siempre se pone el sol, para llegar a la tierra de las oportunidades, para llegar a América. ¡Oh, América!

Me establecí cerca de Nueva York, a un paso de la gran ciudad que por ese entonces comenzaba a despertar, igual que un oso emerge de su letargo tras el duro invierno. Desde mi atalaya la he visto crecer a pasos agigantados, mientras quedaba atrás la miseria del siglo diecinueve y evolucionaba hacia lo que es hoy en día, una urbe cosmopolita más cercana a mis sueños que a la realidad mundana. Mi destino original quizás era otro, diferente, al lado de mis compatriotas, pero aquí me siento de igual manera integrada y querida. Y así ha sido durante el último siglo y pico.

La verdad, no me siento vieja para nada. Deseo contemplar las próximas décadas desde mi pequeña isla, en paz y tranquilidad: quiero ver cómo este mundo se hace todavía más grande mientras me aproximo a mi siglo y medio de vida.

Más allá de la luz del Sol

Amanda Seorney siempre ha sido la primera en muchas cosas, pero ninguna tan espectacular como la que está llevando a cabo en los últimos años. Nacida en Uganda, es la persona con el mayor coeficiente intelectual en la historia de la humanidad: ya dominaba ocho idiomas antes de los diez años y estudió seis carreras de manera simultánea, todas concluidas con honores antes de los dieciséis, en el MIT, Harvard, Oxford, UNAM, Stanford y UPM. Ingresó en la Agencia Mundial Espacial a principios de la década de los noventa y dirigió con rotundo éxito la primera colonia permanente en suelo marciano. Esto ocurrió hace diez años. Después, se presentó voluntaria para capitanear el primer vuelo tripulado a Júpiter, en una misión que tenía una duración prevista de tres años y aterrizaría en todas sus lunas, con el objetivo de evaluar la posibilidad de instalar una o más bases que permitieran a la humanidad expandirse por los confines del Sistema Solar. La nave, llamada Nuevo Horizonte, la fabricamos en tiempo récord y fue la primera que logró alcanzar la décima parte de la velocidad de la luz, una velocidad impensable hacía solamente cien años. Todos nos sentíamos muy orgullosos del logro. Al menos, lo estábamos hasta que se produjo el imprevisto —por así decirlo— que causó una avería irreparable en el sistema de impulsión, que impedía frenar el avance del motor de neutrinos. La tripulación no la pudo remediar por su cuenta y seguimos buscando una solución desde entonces. Esto tuvo lugar hace un año y medio.
A partir de este punto, empieza la información reservada a la opinión pública. Donde el mundo sólo vio una catástrofe, Amanda calculó una posibilidad, un desafío: el destino había puesto al alcance de la humanidad la opción de llegar hasta la estrella más próxima conocida, Alfa Centauri A.
La tripulación estaba formada por nueve personas y disponía de alimentos suficientes para cuatro años, en previsión de que la misión original a Júpiter pudiera alargarse o surgiera algún inconveniente manejable que excediera la duración programada. La idea de Amanda era simple, aunque tenía importantes connotaciones humanas y filosóficas: podían morir todos de camino a ninguna parte, alejándose de nuestro sistema solar cada vez más, atrapados en una nave errante, o tratar de alcanzar la estrella Alfa Centauri A, donde aguardaba el que podía ser el planeta habitable más cercano a nuestra querida y maltratada Tierra. Con las limitaciones de la nave, se tardarían cuarenta años en llegar al nuevo destino y sólo podría conseguirlo uno de ellos, puesto que necesitaría todos los alimentos disponibles en la nave para sobrevivir durante este extenso período y, aún así, el tripulante solitario tendría que buscar la manera de racionar las provisiones para sobrevivir por cuatro o cinco años más.
La idea parecía un disparate a priori y así se lo hicimos saber a Amanda desde la Tierra, aunque todos éramos conscientes de que, para cuando llegáramos a desarrollar una nave de rescate más rápida que pudiera socorrer a la tripulación perdida, la Nuevo Horizonte ya se encontraría fuera de nuestro alcance para siempre. En definitiva, estaban condenados, de una forma u otra.
Hoy sabemos que no lo echaron a suertes y que existió una votación. También sabemos que Amanda se negó a ser la única superviviente y asumir tan increíble carga sobre su conciencia, pero así lo acordaron entre todos. La única condición que puso el equipo fue disponer de un plazo de una semana para asumir el destino elegido y poder despedirse de sus seres queridos. Transcurrido este período, ingirieron una dosis letal de fármacos (procedentes del botiquín de la nave) y murieron. Amanda se encargó de lanzarnos uno por uno al espacio en las cápsulas mortuorias de titanio. Emitió un mensaje advirtiéndonos de esta situación, para que pudiéramos encontrar los ataúdes en el inmenso vacío espacial gracias a las balizas localizadoras, en algún punto entre Marte y el cinturón de asteroides. A pesar de esto, si no lográramos interceptarlas, al menos los mártires tendrían una despedida por todo lo alto, al convertirse en las primeras personas incineradas en el astro rey, pues Amanda había calculado el lanzamiento las cápsulas para que alcanzaran el sol.
Tras despedirse de sus amigos, puesto que el trato de compañeros tras el sacrificio que habían hecho se quedaba muy corto, Amanda comenzó a organizar su vida a bordo para llevar a buen término su idea. Por delante, un viaje de más de cuatro décadas la esperaba. Para cuando alcanzase su destino, contaría setenta y cuatro años.
Durante meses, Amanda nos ha enviado informes puntuales, en los que detallaba cada paso que seguía. Luego, se han ido espaciando cada vez más, a medida que se aleja de nosotros.
No sabemos si logrará alcanzar su destino. Quizás, en un soleado día entre el quince y el veinte de julio del año dos mil ciento cincuenta y uno, recibamos un mensaje de Amanda a la luz de una estrella distinta a nuestro sol. Por el momento, sólo nos queda esperar.

LA PRIMERA

Soy La Pionera. Así, en mayúsculas. Fui la primera en asumir un verdadero riesgo de consecuencias imprevisibles para la humanidad. Ya sé lo que estáis pensando: que quién será esta imbécil que rezuma soberbia por cada poro de la piel. Pues estáis equivocados. Cuando lleguéis al final de estas pocas palabras, vais a entenderlo todo y a darme la razón.

Engañé a Dios y al Diablo, así como lo digo, sin anestesia. No voy a andarme con paños calientes a estas alturas de la película, porque no tengo paciencia ni ganas. Hice lo que tenía que hacer para dar un poco de vidilla a nuestra monótona existencia y para huir del bodrio de sitio en el que nos habían confinado, aburrido a más no poder, donde no podíamos hacer nada que resultara medianamente entretenido. Y, de paso, mi acción nos sirvió para descubrir un montón de cosas muy interesantes que, de otra manera, hubiéramos ignorado durante un tiempo (no mucho, la verdad, porque yo no habría aguantado allí de todos modos). No me costó gran cosa convencer a Adán —me veo en la obligación de mencionar en este punto que era un tipo bastante simplón—, para que comiera el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, tan malo, tan prohibido para nosotros. Y cuando lo catamos vimos que era muy dulce y sabroso, y esto era bueno, para qué lo vamos a negar. Y no, no era una manzana insípida, fruta que odio, sino unos higos bien maduros y blanditos. Eso sí, tuvimos que tener mucha precaución al recolectarlos porque había un enjambre de avispas en la higuera dándose un festín, zumbando de fruto en fruto, pero fueron bastante comprensivas con nosotros y no nos atacaron, ignoraron por completo nuestra presencia.

En cambio, Dios sí que se encabronó bastante conmigo por tener la osadía de desobedecerlo y engañar al santo varón (ya veis qué tentación más grande, con una mierda de fruta), aunque a día de hoy el tema no parece que fuera para tanto, visto cómo han ido después las cosas. También es cierto que Dios se partió el pecho de la risa cuando le pisé la cabeza a aquella serpiente, la cual siseó algunas palabras ininteligibles, a las que no hice caso, antes de pasar a mejor vida. Y de este hecho, nada cuentan los libros. Todavía me da grima cuando recuerdo cómo se retorcía aquel cuerpo sibilino y fibroso bajo mi pie desnudo. Esos bichos siempre me han dado un asco que me muero. Lo siento por ella, pero eligió un mal día para cruzarse en mi camino.

CAPONES

                Nemesio. El nombre ya casi es suficiente para saber que el maestro era de los de la vieja escuela. Era un hombre de pelo cano, casi blanco, ojos de color azul hielo, mejillas enrojecidas y labios finos y apretados que, en ocasiones, se distendían en una sonrisa torcida y socarrona. Cuando empezamos a asistir a sus clases de refuerzo de matemáticas ya estaba jubilado. Seguía en activo porque le encantaba enseñar (y porque supongo que tampoco le vendría mal un dinero extra, habida cuenta del salario que tiene un profesor de colegio o de instituto). Diría que lo suyo era vocacional porque no creo que abunde la gente, de más de sesenta y cinco años, que esté dispuesta a pedalear diez kilómetros diarios para dar una hora de clase a cuatro o cinco adolescentes. Deduzco que el haber estudiado en un colegio de frailes le había provisto de una voluntad férrea. Otros, en su misma situación, se dedicaban a matar el tiempo jugando partidas a la brisca o al tute en el bar y bebiendo vino.         

               El pilar de su método consistía en que la letra con sangre entra: que no resolvías bien un problema, un capón; que hablabas o te reías en clase, un capón; que te pillaba distraído mirando hacia otra parte que no fuera la pizarra, un capón; que mirabas cómo le daba un capón a tu compañero, pues para ti otro de regalo. Eran bien duros los nudillos de ese hombre, curtidos a base de miles de impactos contra los cráneos de sus alumnos. Hacía bastante daño y eso que, en esos tiempos, casi nos los propinaba a modo de broma, mientras se reía. No me quiero ni imaginar cómo sería en su mejor época. Hoy en día, esta actitud sería impensable (o, más bien, pensable pero impracticable). Seguro que los padres lo denunciarían a él y al colegio por maltrato, el alumno tendría que ir al psicólogo y Nemesio sería viral en internet porque alguien en el aula habría grabado la escena con su móvil, el mismo aparato que no debería estar usando en una clase por respeto a su docente.

                Sólo nos dio clases durante unos cuantos meses, hasta que hicimos los exámenes de selectividad en junio y los aprobamos. El día que fuimos a contárselo, el hombre pareció sentirse feliz por la noticia. Lo último que recuerdo de él es verlo mientras se alejaba pedaleando en su bicicleta, a la altura de la gasolinera, con la pernera derecha del pantalón metida por dentro del calcetín para no mancharse con la grasa de la cadena.

AQUELLOS NO TAN TERRIBLES AÑOS

Estudié Enseñanza General Básica en los míticos años ochenta, cuando todavía no existía la Playstation, Netflix, Youtube, ni los móviles, y únicamente disfrutábamos de dos canales de televisión en los que, cuando hacía mal tiempo, sólo distinguíamos unas formas vagas entre el ruido blanco (popularmente conocido como nieve). En esa época tan remota, en la que todavía caminaban entre nosotros los dinosaurios, los ordenadores funcionaban con cintas o disquetes y atesoraban menos memoria que un grillo. Tampoco habían florecido los instagramers ni los followers, aunque sí los haters: sólo que entonces no los conocíamos como haters, sino como los malotes del colegio que pegaban a otros niños y se metían en líos.
El colegio donde estudié, un edificio de dos alturas de fachadas de color azul y tejado gris, disponía de un gran patio de recreo y contaba con dos canchas, una de baloncesto y otra de fútbol, asfaltadas, donde más de una vez nos despellejamos las rodillas. Una de las esquinas del patio había sido una escombrera de carbón y fue el lugar elegido por el colegio para instalar un invernadero, que terminaría siendo destruido por un temporal de viento. La parcela limitaba por los laterales más cortos con dos barriadas: una de viviendas sociales, que había sido levantada en torno a los años cincuenta para albergar a los mineros de la empresa estatal Hunosa; y la segunda, una pequeña urbanización edificada a principios de los ochenta sobre los terrenos inestables de lo que había sido un lavadero de carbón. En el lado sur, la linde la formaba una verja que separaba el patio de la vía del tren y del río (antaño plagado de truchas y hoy en día arrasado), mientras que hacia el norte se situaba la carretera comarcal, todo encajado como las piezas de un puzle en el fondo de un estrecho y típico valle asturiano, donde en invierno apenas llegábamos a ver el sol danzando sobre las montañas.
En esa época tuve profesores de los que guardo un grato recuerdo. ¿Cómo olvidarse de Imelda, toda ella menuda y bajita, de carácter dulce y enorme corazón? ¿O quién no recuerda a José Antonio quien, además de enseñarnos a cultivar lechugas, tomates y calabacines en aquel invernadero del que hablaba antes, era el profesor de matemáticas, dibujo y manualidades, clases en las que en alguna ocasión volaba un borrador de la pizarra para asustar a algún alumno charlatán y desobediente? ¿Y quién se puede olvidar de Juan Antonio, que por muchos años fue el director, alias el Dire, alias El Barbas (así lo llamábamos porque tenía barba, tan inocentes éramos entonces), gritando por los pasillos para poner un poco de orden (¡Los de octavo! ¡Por allíííííí! ¡Los de séptimo! ¡Por allííííííí!, se desgañitaba, llevándose las manos hasta debajo de la barbilla antes de extender los brazos indicando la dirección que debíamos tomar para ir a nuestras aulas? ¿Y Covadonga? ¿Cómo olvidarla? Años más tarde, cuando ya íbamos al instituto, nos acercó en su coche un día desde la población vecina (siempre íbamos y veníamos a pie, a diario, cuatro kilómetros de trayecto en total) e hizo un comentario que entonces no entendí muy bien: cada año que pasa, todo se vuelve más complicado. Entonces creí que hablaba de los estudios pero tiempo después me di cuenta de que se refería a la vida en general. También estaba Andrés, que fue mi primer profesor de inglés y era de origen catalán, llevaba gafas de pasta y lucía una espesa barba negra. A pesar de la barba, sólo era el profesor Andrés, no El Barbas Dos.
Más tarde, ya en el instituto, tuve otros profesores entrañables: Julio, quien nos enseñaba matemáticas y que una mañana se presentó en clase con un látigo negro, con el que se dedicó un buen rato a tratar de alcanzar el interruptor de la luz para encenderla (murió muy joven, de cáncer); Dolores, la profesora de lengua, de pelo marrón claro rizado y ojos vivos, que ya por entonces era algo mayor, pero gozaba de una memoria prodigiosa y soltaba unos comentarios irónicos que muchas veces hacían que toda la clase estallara en carcajadas; Lillo, un hombre delgado, alto y tieso como una vara de avellano, que siempre vestía de traje y corbata, que nos dio clase de literatura en COU y, aunque nos pareció un estirado, resultó ser muy paciente con todos y cada uno de nosotros (luego descubrimos que era catedrático y, aun así, no le importaba dar clases en el humilde instituto de su pueblo); Salvador, el profesor de filosofía en COU, que hacía las clases muy amenas y quien me animó a seguir estudiando a pesar de que yo quería abandonar tras haber suspendido varias asignaturas en el primer trimestre (nunca antes había suspendido ningún examen); Pepín, que también nos enseñaba filosofía y ética, en tercero de BUP, y que nos ponía de vez en cuando alguna película de pretendido contenido filosófico en sus clases; Elda, nuestra profesora de latín, que tenía una extraña voz ronca y era tan severa que no nos atrevíamos ni a respirar en sus clases, por miedo a que nos hiciera salir a la pizarra o nos preguntara algo (y, de hecho, nos tomaba la lección de manera alternativa hasta que a toda la clase le había tocado el turno). Y son tantos otros los maestros que resulta complicado recordar todas las caras y nombres.
Después llegó la universidad y allí conocí a muchos otros profesores brillantes (incluso tuve uno que recibió una oferta para incorporarse a la NASA y la rechazó), aunque ya nunca fue lo mismo porque, en esta etapa más cercana a la edad adulta, se terminó por perder algo que ya habíamos comenzado a echar de menos en los años de instituto: la cercanía y el trato familiar de los maestros del colegio, los mismos que nos habían visto crecer desde que éramos unos mocosos en el parvulario y que pasaron, tal vez sin pretenderlo, a formar parte de nuestra vida.

COVID INC.: COMUNICACIÓN DEL CEO A TODO EL GRUPO

Estimados compañeros:

Estas navidades están siendo un poco diferentes, según nos cuentan los que llevan más tiempo en activo. Como ya sabéis, nosotros apenas acabamos de aterrizar en este negocio, por lo que carecemos de un amplio conocimiento acerca de lo ocurrido en el sector en los ejercicios precedentes.

Nuestra empresa nació hace poco más de un año y, en nuestros orígenes, se trataba de una compañía con una visión puramente local y sin grandes planes de expansión; más tarde, detectamos una clara oportunidad de negocio en un nicho de mercado que no podíamos dejar escapar y que nos permitió crecer. Y crecimos mucho. Tanto, que nos convertimos en multinacional.

El primer semestre del año nos fue muy bien: abrimos miles de delegaciones, al principio en Asia y después también en Europa, continente que era nuestra salida más rápida y directa. El crecimiento de la empresa fue tan perfecto, tan digno de estudio en los futuros libros de economía, que nos permitió iniciar también operaciones en América y Oceanía en pocas semanas. En el continente africano, donde hemos entrado un tiempo después, no hemos obtenido los resultados esperados: se trata de un mercado muy complejo y se necesitan demasiados recursos para desarrollar nuestra unidad de negocio con éxito. Pero seguimos con la idea de expandirnos allí aunque, si la situación no mejora en los próximos meses, es posible que tengamos que abandonar las operaciones en estos países. El equipo de estrategia de mercado se encuentra estudiando la viabilidad del negocio en esta parte del mundo.

Por otro lado, Papá Noel ha llegado con un poco de adelanto para nuestra compañía: los chicos de I+D+i han realizado un esfuerzo encomiable y nos han permitido lanzar al mercado un par de nuevos productos, justo a tiempo para la campaña navideña, en los que tenemos depositadas muchas esperanzas de cara al nuevo año que comienza. El primero lo hemos probado con éxito en Inglaterra, con la idea de concluir un estudio de mercado representativo, incluso a pesar del brexit y todo lo que esta situación tan desagradable conlleva. Por ahora, la nueva línea se está vendiendo muy bien, aunque esperaremos hasta después de las fiestas navideñas para anunciar el éxito a bombo y platillo.

El otro producto es más difícil de evaluar, porque depende en parte de los movimientos de nuestros competidores. Ellos están desarrollando una línea nueva con características diametralmente opuestas a nuestra unidad principal de negocio y que está teniendo una enorme aceptación en todo el globo. Podría sacarnos del mercado en escaso tiempo si no actuamos con rapidez, pero tenemos grandes esperanzas depositadas en nuestras nuevas alianzas con perros y gatos. Ya tenemos algunos acuerdos-marco firmados a nivel mundial, aunque es pronto para realizar un anuncio institucional en este sentido. Ellos van a ser nuestros nuevos agentes, nuestra renovada fuerza de ventas, los que nos abrirán el camino a millones de nuevos clientes potenciales. Sin duda, este año que empieza será igual de excitante que el que terminamos y promete nuevos retos para nuestra empresa, que esperemos continúe por la senda del crecimiento como hasta ahora.

Recibid un fuerte abrazo.

Felices fiestas.

VISITA ESPERADA EN NOCHEBUENA

Este año que termina ha sido un año de mierda, para qué negar la evidencia, aunque para mí no haya tenido excesivas diferencias con los años anteriores. Dicen que hay un virus que anda suelto por ahí, pero a mí ni me va, ni me viene.  Hay temas por los que dejé de preocuparme hace mucho tiempo como, por ejemplo, quién ganará la liga, si los intereses de las hipotecas suben o bajan, si hoy el súper cierra porque es festivo y no me quedan huevos en la nevera, o si el presidente del gobierno ha hecho una nueva promesa que todo el mundo sabe de sobra que no cumplirá.

En cambio, sí me interesan otros asuntos menos trascendentales, como son el tiempo que va a hacer y si Adela vendrá a verme en Nochebuena, como cada invierno. Lo del tiempo tiene más fácil explicación: por estos lares suele llover a menudo (cosas del norte) y se pone todo hecho unos zorros en cuanto jarrea dos o tres días seguidos. Para Nochebuena los del tiempo dan cielos despejados, así que brillará el sol durante el día, a pesar de que haga un frío que pele en cuanto oscurezca.

Hace meses que la echo de menos, más o menos desde mediados de marzo, aunque intuyo que estaría ocupada con otros asuntos más importantes y le habrá sido imposible venir hasta aquí. Si es que vivo en mitad de la nada ¡qué le voy a hacer! Por otro lado, tampoco la he visto entre mis vecinos, así que entiendo que debe de encontrarse bien de salud. Además, en este lugar ni siquiera hay cobertura, por lo que tengo un poco difícil llamarla, y tampoco es que me mueva demasiado fuera del pueblo: admito que soy un poco sedentario y me cuesta salir y relacionarme.

Adela es una mujer previsora y seguro que viene medio oculta bajo algún abrigo grueso cuando aparezca por aquí. No le gusta el frío y odia la lluvia porque siempre ha sido más de secano y de calor (cosas de su sangre andaluza). Cuando nos trasladaron a ambos a la fábrica de Vigo, se le vino el mundo un poco abajo y no tuvo más remedio que hacerse a la idea de que tendría menos sol y muchas más nubes que en su Cádiz natal. Nunca terminó de gustarle del todo esta tierra, pero se lo tomó como un mal necesario que debía padecer para seguir adelante. Ahora sé que vive otra vez en Andalucía, cerca de Córdoba, y ha conocido a alguien. Lo sé porque ella me lo ha contado. Yo me alegro de que haya conseguido rehacer su vida, dado que para mí esto es una quimera. Al fin y al cabo, he pasado a un segundo plano, me guste o no. Al principio no lo llevaba nada bien, he de admitirlo, pero luego uno se termina acostumbrando a ser una especie de reliquia necesaria a la que, de cuando en cuando, hay que limpiar el polvo.

Eso suele ocurrir la primera vez del año a finales de abril, si todo va bien. Y, por supuesto, en Nochebuena. En este día, Adela siempre lo deja todo como los chorros del oro: me trae unas flores frescas, limpia el granito (lo del brillo ya es otro cantar, por eso os decía lo de la lluvia; el paso de millones de gotas de agua a lo largo de los años, ha hecho que la piedra haya perdido su antiguo lustre) y me da un poco de conversación, de la que ando tan necesitado por estos lares.

Sí, la verdad es que el día de Nochebuena es un buen día. Para ella, quizás no lo sea tanto, pues muchas veces observo que los ojos se le llenan de lágrimas cuando me habla, mitad de las cuales son de tristeza y la otra mitad, de rabia. La tristeza es por mi pérdida, eso lo sé. Y la rabia, por haberme ido antes de tiempo. Este día los recuerdos ganan el terreno a la realidad, por unas horas, y algunos no son agradables.

En fin, creo que es hora de dejar aparcada esta charla. Adela ha asomado hace un par de minutos por la puerta del cementerio y camina en mi dirección, está a punto de llegar. Y sí, viste un abrigo, ese rojo hasta las rodillas que tanto que me gusta. Fue el último regalo que le hice.

CORRE CONMIGO

Donde yo vivo, hay días buenos y días malos. Hoy es uno de éstos últimos, el primero de muchos que vendrán después. A partir de ahora, vuelven las prisas y el no saber si regresaré viva a casa o no volveré a pisarla jamás.
¡Qué dura y estresante es la vida de la liebre durante la temporada de caza!

EL HUERTO

Mi tío Luis manejaba la azada como si fuera una extensión de sus brazos: con cada golpe, habría un profundo tajo en la tierra del huerto, lanzando diminutos guijarros y generando enojadas nubecillas de polvo.
En la comisura de los labios, como si siempre hubiera pertenecido a aquel sitio, descansaba un cigarrillo, que unas veces aparecía vigoroso cuando mi tío daba una profunda calada, mientras que en otras ocasiones perdía todo su fuelle hasta casi apagarse. De hecho, no eran pocas las veces que Luis se olvidaba de su existencia y tenía que emplearse a fondo con el mechero para revivir de nuevo aquellos Celtas que, años más tarde, fueron sustituidos por Ducados. Con su porte fibroso, el semblante serio protegido bajo un sombrero de paja y el pitillo en la boca, guardaba cierto parecido con Humphrey Bogart, si es que alguna vez éste se hubiera dedicado a la horticultura.
Cuando veía a mi tío pasar por la calle, desde la diminuta ventana de la cocina de la casa de mi abuela, me apresuraba a salir tras sus pasos: si estaba haciendo alguna tarea del colegio, movía el lápiz a la velocidad del rayo; si veía algún programa en la televisión, me faltaba tiempo para saltar de la silla y pulsar el botón de apagado del aparato; si estaba absorto dando buena cuenta de la merienda (por lo general, un bocadillo de Nocilla o de queso), asestaba unos enormes mordiscos y sólo quedaban unas pocas migas sobre la mesa para cuando salía por la puerta…
Sin duda, los veranos eran lo mejor del año. No puedo describir la sensación de felicidad que me invadía al llegar al huerto de mi tío, un solar que siempre daba la impresión de estar a pleno rendimiento, donde cultivaba patatas, alfalfa (para alimentar a las cuatro vacas que tenía), pimientos, calabacines y cebollas. Además, tenía un cerezo, un peral, un manzano y un ciruelo, con lo que se aseguraba fruta fresca desde mayo hasta octubre. Desde siempre, lo que más me gustaban eran las ciruelas claudias, tan dulces que parecía que alguien les había inyectado azúcar; las numerosas avispas que rondaban el árbol a finales de verano opinaban también lo mismo.
Uno de los motivos por los que el huerto resultaba tan fructífero era por el pozo de agua, excavado a pico y pala por él. Tenía una profundidad de unos cuatro metros y todo el brocal estaba construido con ladrillos macizos. En el fondo, el agua cristalina y fría del manantial subterráneo se filtraba por un lecho de guijarros. Siempre me había sorprendido que no se apreciara en la superficie vestigio alguno de aquel tesoro líquido que corría bajo nuestros pies: las tierras que se extendían más allá de la tapia de adobe, en las que se plantaba cereal, no conocían el verdor de ninguna planta desde finales de julio, con la excepción de algún que otro cardo borriquero aislado.
Una mañana de julio, pescamos unas truchas en el arroyo que discurría a las afueras del pueblo y conseguimos mantenerlas vivas hasta liberarlas en el pozo. Allí vivieron durante varias semanas, hasta que mi tío sacó toda el agua para regar una tarde de finales de agosto y, sin perder tiempo, metió una escalera de mano por el agujero y descendió hasta el fondo, para atrapar la media docena de peces que habían quedado confinados en apenas un círculo de un metro de diámetro y treinta centímetros de profundidad. No podía demorarse mucho porque el agua entraba con rapidez y, en cuestión de una hora, volvería a alcanzar los dos metros de altura.
Aquella noche cenamos las truchas, fritas con lonchas de jamón. Los peces me dieron un poco de pena al principio, pero el sentimiento se me pasó enseguida al morder la piel crujiente y saborear su fina y deliciosa carne. Estábamos a la mesa mi abuela, mi tío y yo. Mi abuela había enviudado muy joven, hacía ya casi veinte años. Desde entonces, la única compañía ocasional que tenía era la de mi tío (que, en realidad, era un tío segundo porque era el hermano de mi abuela) quien vivía un par de casas más arriba, en la misma calle.
Él disfrutó de aquella cena como si se tratara de un banquete compuesto de los más deliciosos manjares. Tras dar buena cuenta de las truchas, sacó una cuña de queso de oveja bien curado de una bolsa que había traído consigo y, con la navaja que siempre llevaba encima (mi abuela contaba que mi abuelo la había encontrado en una cuneta, al poco de acabar la guerra), cortó un generoso pedazo y me lo tendió. Esbozaba una amplia sonrisa, aunque unas ojeras de cansancio deslucían un poco su expresión. Creo que entonces ya sospechaba que estaba gravemente enfermo y, por este motivo, en las últimas tardes se había mostrado más alegre y despreocupado de lo habitual.
Tras saborear el queso y apurar los últimos tragos del vino tinto que quedaba en su vaso, se recostó un poco en la silla y encendió un pitillo. Tosió un par de veces antes de recuperar la compostura, mientras lanzaba una mirada recelosa a la cajetilla, como si supiera que era la culpable de su mal.
Fumó un par de cigarrillos más hasta que, a eso de las once y media de la noche, se levantó de la mesa, se guardó la cajetilla y el mechero en el bolsillo de la camisa y se despidió de mi abuela y de mí, deseándonos buenas noches. Fue la última vez que lo vi salir por la puerta del patio en el que compartíamos mesa los tres, en las apacibles noches de verano.
Moriría a la tarde siguiente a causa de un infarto, mientras labraba el huerto que tanto amaba. El cáncer de pulmón no llegó a tiempo.