Guerra mundial GZ

La primera vez que se emplearon las palabras “gato” y “zombi” juntas fue en un whatsapp que tía Enriqueta envió a su hija Antonia, el 23 de abril de 2019. La tía Enriqueta vivía cerca de la base de Torrejón de Ardoz y estaba medio sorda por los despegues de los cazas, por eso no oyó a Elías, el gato, cuando empezó a dar órdenes al viejo conejo Chispa, que hacía mucho tiempo que no daba más de tres pasos seguidos sin tumbarse de nuevo, y obligarle a correr por toda la casa como alma que lleva el diablo. De hecho, la tía Enriqueta no vio mucho más porque se tropezó con Chispa cuando éste daba su segunda vuelta alocada por la cocina y la mujer se golpeó la crisma contra el borde de la encimera. Adiós, tía Enriqueta. Ella fue la primera víctima oficial de la Guerra Mundial GZ.

(Sé lo que estáis pensando: ¿quién puede ser capaz de tener un conejo suelto por la casa como mascota? Y que además, siendo macho, tenga un nombre de chica ¿no es también muy raro? Pero en ningún momento he dicho que la tía Enriqueta estuviera bien de la azotea ¿verdad? Pues eso.)

Han pasado más de dos años desde aquello y los gatozombis ya dominan el mundo. Al principio tratamos de contenerlos, pero fue una tarea inútil: en los pueblos y en las ciudades salieron gatozombis de todas partes, de cada oscuro rincón, de cada tejado de zinc, de cada balcón. El mundo no estaba preparado para una invasión de estas características. La voz de los gatozombis tiene el poder de subyugar a cualquier ser vivo que la escuche, con unas pocas excepciones: los peces y nosotros. Los humanos cayeron hechizados bajo las palabras sibilinas de los felinos, quienes llevaban centurias infiltrándose entre ellos, mientras formaban parte de la familia pero sin ser nunca uno más de ella. Tal vez ahora entendáis por qué los gatos siempre van a su aire y sólo hacen carantoñas cuando les interesa.
Porque sí, amigos, todo esto obedece a un macabro plan que ya comenzó a ser pergeñado en los tiempos de los faraones y de las pirámides, un elaborado golpe que ha tardado miles de años en ser puesto en práctica, no por abandono, sino porque ellos solamente estaban esperando el momento adecuado para llevarlo a cabo con absoluta garantía de éxito. Y esta oportunidad se la dio el virus que se escapó de China y que se esparció a lo largo y ancho del planeta: los confinamientos fueron la ocasión perfecta que habían ansiado durante tanto tiempo para lograr hacerse con el control de los hogares y también de las calles. La estampa fue aterradora, sin duda: gatos erigidos sobre sus patas traseras, caminando de un lado para otro en los hogares como pequeños Hitler furibundos, dando órdenes a todo ser vivo de la casa. Humanos y perros tuvieron suerte de contarlo, pero los pájaros que se creían vivir a salvo de todo dentro de sus jaulas inexpugnables… fueron los primeros mártires en caer en esta guerra. Junto con la tía Enriqueta, claro está.
Para cuando el mundo quiso luchar para recuperar su libertad, ya la había perdido para siempre: los gatozombis habían instaurado su reinado de terror en todo el planeta y se habían autoproclamado los líderes supremos del mundo civilizado. De acuerdo, puntualicemos: del mundo civilizado sobre tierra firme, no de las superficies cubiertas por el agua. Los gatos odian el agua y todo el mundo lo sabe.
Con este panorama, sólo nosotros podíamos hacer algo para defendernos de esta invasión y recuperar el reino perdido. Porque, seamos realistas, los peces poca ayuda nos pueden ofrecer: no tienen patas, no pueden respirar fuera del agua y, salvo un par de honrosas excepciones, tampoco destacan por su inteligencia. Serían carne de cañón y bocado de gato, y no necesariamente por ese orden.
Así que sí, ladies and gentlemen, estamos solos en esto, pero no sucumbiremos a la desesperanza. Y tendremos que ser nosotros, los perros, quienes salvemos la jodida situación como siempre hacemos todo, con una estúpida sonrisa y la lengua fuera. Somos optimistas por naturaleza y no nos asustan los gatos cabrones.
Venceremos.
Se despide el teniente coronel Hociquito, a vuestro servicio.
Posdata: Lo sé, menuda mierda de nombre para un salvador del mundo. Pero es el que me pusieron de nacimiento y yo soy muy tradicional, así que no me lo pienso cambiar, os guste o no.

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La gata en la caja

Estoy encerrada en una caja de metal, no muy grande. Puedo pasearme en cualquier dirección, pero no mide demasiados pasos. Si me arqueo, mi cola roza el techo. Sé que es de metal porque he chupado cada pared y sabe a metal. A continuación me he lamido las patas, porque me pareció que estaban sucias. Mis ojos no atrapan ni un mísero haz de claridad que pueda aprovechar para hacerme una idea mejor del entorno. No sé qué hago aquí, ni cómo he llegado. Tampoco sé cómo salir. Todo está negro, no veo nada, no huelo nada. Bueno, esto no es del todo exacto.

Hay un artefacto colgado en una de las paredes de la caja, que despide un leve olor a metal y también a madera (¿un martillo, tal vez?), lo he tocado con la pata y parece que hay una cuerda que lo sujeta, cosa que no me gusta en absoluto, aunque la cuerda está tensa y eso es buena señal, la tensión es mi amiga; también he encontrado algo de cristal, en el suelo, bajo el martillo; sé que es de cristal porque lo he lamido y sabe como el cristal; también sé que las cosas de cristal se rompen con facilidad y que cuando esto sucede se vuelven peligrosas, así que mejor no tocarla más. Por último, hay una cajita en la pared, junto al ¿martillo? muy pequeña. También es de metal. También la he lamido. Todo aquí parece muy resistente salvo la cosa de cristal. Esa cajita en especial me da más mala espina que una sardina vieja, pero no sé por qué. He decidido que es mejor no estar cerca. No me gusta. Es algo siniestra.

No tengo conciencia ni manera de saber el tiempo que llevo aquí encerrada, así que no sé si han transcurrido unos pocos segundos o llevo varios días sin poder salir. Bueno, entiendo que días no serán porque si no tendría un arenero en alguna parte y aquí no hay nada de eso. Así que voy a suponer que debo llevar aquí atrapada entre unos segundos y un par de horas, no más. Si llevara más tiempo, alguien me habría puesto agua, al menos. No sé, esto tiene pinta de ser un juego o algún loco experimento de adultos. Espero que sea de adultos porque si es cosa de unos niños, el tema puede acabar muy mal. Esas pequeñas criaturas malignas no son de fiar, siempre están tratando de buscarme los tres pies.

En fin, por ahora me armaré de paciencia y esperaré acontecimientos, aunque la paciencia no es mi mayor virtud. Sólo espero que no tarden mucho en sacarme, porque como se eternicen ya no sabré si me encuentro viva o muerta…

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Voz

El inspector Mita tamborileaba la madera de la mesa con sus uñas recortadas con pulcritud, mientras observaba con atención las fotografías de cuatro sospechosos con malas pintas y peor carrera delictiva: todos eran conocedores del color de la sangre derramada con violencia. Para cometer sus crímenes, dos de ellos habían utilizado cuchillos de cocina, el tercero un martillo y el último una pistola. Éste era, a priori, el candidato al premio al asesino en serie del año. El reguero de cadáveres desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela tenía el sello de Zorin, el personaje en cuestión. Su firma en los dos asesinatos que había cometido era inconfundible: un primer tiro entre ceja y ceja, un segundo disparo en el corazón y un tercero en la ingle. Todos los muertos que habían aparecido en el último mes y medio presentaban señales parecidas, aunque no iguales: las heridas parecían orificios realizados con algún otro objeto punzante al rojo vivo, en lugar de balas, ya que aparecían cauterizadas y sin una sola gota de sangre. Un par de detalles adicionales desconcertaban al policía: no se trataba de un imitador (los pormenores acerca de la disposición de los balazos jamás habían trascendido a la opinión pública) y el asesino, de nombre Judas Martínez había estado encerrado en la cárcel de Villabona, en Asturias, más de diez años. Nunca había disfrutado de un permiso. Los otros tres sospechosos no tenían una conexión tan evidente con las personas fallecidas. Para terminar de rizar el rizo, el director de la prisión le había informado dos horas antes de que al convicto Judas Martínez lo habían encontrado muerto a primera hora de la mañana, en su celda, con signos de asfixia. Todavía se estaba realizando la autopsia para determinar las causas reales de su muerte.
Mita observó el mapa de la pared, donde había señalado los lugares en los que habían aparecido los cadáveres, quince en total. Había algo muy extraño en aquel asunto que no lograba definir y tenía la sensación de tener la respuesta ante sus narices.
En el papel se encontraban señalados los puntos donde habían aparecido los cuerpos: un alfiler rojo para hombres y uno amarillo para mujeres. Los alfileres rojos sumaban uno más que los amarillos: el asesino estaba siendo muy ecuánime en este aspecto. Siguió la línea de la ruta desde Roncesvalles con el dedo y, por vez primera, cayó en un detalle: daba la impresión de que los puntos señalados eran equidistantes entre sí, o casi. Si se obviaban algunos huecos, la mayoría de los cuerpos habían sido encontrados a unos sesenta y seis kilómetros unos de los otros, una enigmática cifra sin ningún sentido para Mita, pero que alguno debía tener. Los crímenes se desperdigaban por todas las provincias, siguiendo la ruta del Camino de Santiago, aunque algunos se encontraban alejados de la ruta principal en un radio de hasta treinta kilómetros. Fueron las heridas de los dos primeros cuerpos, hallados en Burgos y León, las que establecieron la conexión entre ambas muertes. Después, el goteo de víctimas fue constante: Roncesvalles, Burgos y Santiago de Compostela fueron las siguientes ciudades en sumarse a la lista. El patrón ya estaba claro.

Mita se levantó del sillón de cuero negro, rozado por el uso. El asiento recuperó un poco la forma, con lentitud, como desganado. El inspector observó un punto que aparecía señalado en el mapa y que hasta entonces no había calado con suficiente intensidad en su subconsciente: se trataba del lugar donde había aparecido el sexto cadáver, de una mujer de setenta años, vecina del pueblo de Curtis. Su cuerpo había sido hallado por un repartidor que cubría su ruta habitual, a las cinco de la mañana de hacía tres días. La mujer estaba recostaba contra el hito del punto kilométrico 666 de la carretera N-634, como si estuviera descansando, cuando las luces iluminaron el lugar en el que se encontraba. El hombre se llevó tal susto que casi estampa la furgoneta contra la casa de en frente. Sesenta y seis kilómetros. Punto kilométrico 666. Una secta. O un pirado adorador del diablo. Sí, parecía un indicio a tener en cuenta y quizás arrojara algo de luz sobre el caso.
En ese momento sonó la estridente melodía de su teléfono, que vino a interrumpir sus pensamientos.
—Le ha costado un poco dar conmigo, inspector —dijo una voz de hombre, inexplicablemente sensual y atractiva, al otro lado de la línea.
—¿Perdón? —dijo el inspector. Miró la pantalla, pero se trataba de una llamada desde un número oculto—. ¿Quién es usted? —preguntó.
—Vamos, inspector, sabe de sobra quién soy yo. Lo ha tenido delante de usted, en ese mapa tan bonito que cuelga de la pared, todo el tiempo —aseguró la voz—. Espero que se haya divertido con este juego. Yo, al menos, lo he hecho. Por cierto, le he dejado unos últimos regalos, escuche con atención —el desconocido enumeró una serie de lugares y poblaciones que se extendían desde Santiago hasta Roncesvalles y Mita supo que se trataba de localizaciones de nuevos cadáveres—. Atienda a la agente Nieva, inspector.
Mita escuchó el tono de otra llamada entrante, en espera. Miró la pantalla y vio que se trataba de Raquel Nieva, la coordinadora del caso en Navarra. No podían ser buenas noticias.
—Adiós, inspector. Nos veremos pronto —se despidió la voz.
—¿…inspector? ¿Se encuentra ahí? ¿Inspector Mita? —llamaba Raquel, al otro lado de la línea—. Le digo que ha aparecido otro cuerpo. ¿Me oye?
Pero el policía escuchaba la voz de la agente como si se encontrara a mil kilómetros de distancia, traumatizado. Su único pensamiento se centraba en saber a qué se había referido el desconocido, de voz atrayente y maligna a un tiempo, con que se volverían a encontrar pronto. No podía sacarse aquella voz de su cabeza.
El diablo existía y estaba haciendo el Camino de Santiago a su modo, aprovechando que era Año Jubilar.

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Paralizados

Cada vez que el director grita «Tres, dos, uno… luces, ¡acción!», me echo a temblar. Bueno, en realidad, es lo contrario. Porque cuando él habla, nosotros dejamos de temblar, de reír, de hablar, de respirar, de actuar, de vivir. Todo se detiene y no sabemos si el mundo sigue girando sin nosotros ahí fuera. Y nos quedamos así, en un limbo, paralizados en esta escena perpetua e inacabable. Cuando el director grita «¡Corten!» volvemos a revivir. Pasan treinta y dos segundos y todo vuelve a empezar, porque la toma nunca es buena. Creedme, son treinta y dos, los he contado una infinidad de veces. Pienso que nos hemos quedado atrapados en un pliegue temporal por alguna causa desconocida. Tal vez el universo ha comenzado a implosionar de repente. No sé si sólo nos afecta a nosotros o a más gente allá afuera, nunca tenemos tiempo para hacer una llamada de móvil y verificar lo que ocurre. Tampoco querría descubrir que al otro lado de la línea no hay nadie para contestar. Casi todos nos damos cuenta de lo que sucede, menos el director: él va a lo suyo, a su película. La realidad es que estamos a punto de perder nuestra cordura, si es que no ha sucedido ya. Hemos repetido el mismo bucle novecientas cincuenta y tres veces.
Vamos a por la toma novecientos cincuenta y cuatro.
Que Dios nos asista.

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Algodón de azúcar

Relato seleccionado en el Concurso de Relatos #VocesdeUcrania 2022. Puedes leer los seleccionados aquí y leer los relatos ganadores aquí.

Cuando el primer misil estalló a pocas manzanas de su habitación, Daryna se tapó las orejas con sus pequeñas manos y cerró los ojos, apretando con fuerza los párpados. Imaginó que era un día de verano y que el sol brillaba en lo alto, mientras arrancaba trozos de un enorme algodón de azúcar rosado. Cada vez que uno de los pedazos se deshacía de manera instantánea en su boca, no podía contener una sonrisa. La siguiente explosión lo convirtió en un verano eterno.

Imagen Pixabay. Autor b13923790.

Una larga mañana

La mañana en la que Julio, el profesor de matemáticas, entró látigo en mano por la puerta del aula levantó de inmediato algunas risas. Estábamos acostumbrados a sus bromas (era legendaria la que había pergeñado hacía tres cursos, cuando apareció en una reunión de padres vestido de vaquero), pero el buen humor duró poco. Sin decir palabra, cerró la puerta tras él y corrió el pestillo, cosa muy rara ya que solía dejarla entreabierta para controlar quién andaba por los pasillos durante la clase. Su rostro, dominado por la afilada nariz y el lunar en la mejilla, aparecía serio y afectado. El cabello gris, que le caía hasta los hombros y normalmente lo traía peinado hacia atrás, estaba enmarañado y sucio. Parecía que no se había duchado.
Desconcertados, tomamos asiento y guardamos silencio. Él no pronunció ni una palabra y también se acomodó en su silla, tras la mesa, de espaldas al encerado verde. Nos miró pero sin vernos: parecía más interesado en apreciar los detalles de la pared del fondo que en nuestra presencia. Se llevó la mano al bolsillo del abrigo de cuero marrón, con aire despistado, y sacó algo pesado que depositó con suavidad sobre el tablero de la mesa, junto al látigo, sin apartar la vista de la pared. Todos centramos nuestra atención en el objeto y alguien soltó una carcajada. Entonces, Julio miró con fiereza al alumno y éste guardó silencio inmediatamente. Todavía no sabíamos si se trataba de otra de sus actuaciones, pero aquello tenía un punto peligroso: el objeto en cuestión era un revólver. Los de las primeras filas apreciaron que estaba cargado, porque distinguían las balas en las cámaras del tambor. Si eran balas de fogueo o no, no podíamos saberlo, aunque íbamos a tardar muy poco en comprobarlo.
—Buenos días —saludó él. Su voz era inexpresiva, nada que ver con la habitual jovialidad con la que se dirigía a nosotros. Señaló el par de cosas que había dejado sobre la mesa—. Sabéis lo que es esto, ¿verdad?
—¡Un consolador para…! —comenzó a chillar Carlos, el gracioso del aula.
No terminó la frase. Julio se hizo con el revólver a tal velocidad que apenas logramos distinguir sus movimientos y disparó contra el chico. El estampido resonó en la sala y a muchos nos comenzaron a pitar los oídos. Durante una fracción de segundo quisimos creer que la bala era de fogueo, pero el agujero que se abrió en el cristal de la ventana detrás de Carlos deshizo la ilusión. El chico miraba a Julio con la boca abierta y se tapó con la mano la oreja izquierda. Entre sus dedos corría sangre.
—¡Está loco, hijo de puta! ¿Me ha disparado? ¡Está loco como una puta cabra! —gritó, haciendo ademán de levantarse.
Julio lo encañonó de nuevo con el arma.
—Siéntate y cierra el pico —ordenó, y luego se dirigió al resto: —Vosotros tampoco tratéis de escapar.
Unos golpes aporrearon en ese momento la puerta y escuchamos, con alivio, la voz de Ana. Se trataba de la profesora de francés y estaba en la clase de al lado, por lo que era la que antes había acudido para ver qué pasaba. La explosión había sido tan sonora que varias personas empezaban a asomarse a las ventanas en otras partes del edificio. Julio apuntó hacia la puerta.
—Buenos días, Ana. Eso que has oído ha sido un disparo de advertencia. Carlos, el gracioso, puede dar testimonio de que las balas son auténticas.
—¿Balas? ¿Pero qué cojones dices, Julio? ¡Abre inmediatamente!
—Querida, si no quieres comprobarlo por ti misma, mejor te apartas de la puerta y dejas de golpearla.
La mujer del otro lado siguió dando puñetazos y parecía que se había congregado un grupo de gente al otro lado. No tardarían en echar la puerta abajo. Julio amartilló el arma.
—¡Por favor, señorita Ana! ¡Haga lo que le dice! —era la voz de Cristina, la chica más aplicada de la clase. Hasta entonces estábamos tan paralizados por el terror que ni se nos había pasado por la cabeza advertirla del peligro.
—Muy bien, Cristina. Buena chica —alabó Julio—. Siempre tan amable y atenta. Actitudes magníficas para la vida pero que a mí, personalmente, me dan bastante repelús.
Sin pestañear, Julio apretó de nuevo el gatillo y esta vez hizo blanco de lleno en el pecho de la joven, que salió despedida. Estaba muerta. La clase estalló en gritos de horror y fuera, en el pasillo, los esfuerzos por tratar de abrir la puerta regresaron.
—¿Ana? —llamó Julio—. Creo que tenemos nuestra primera fallecida. Si no dejáis esa maldita puerta en paz, dispararé otra vez. Y no queréis que eso ocurra, ¿verdad? Y ahora todos en silencio. Necesito pensar.
Nos callamos de inmediato, a pesar de que queríamos salir de allí a toda costa, aunque fuera arrojándonos por las ventanas. Mejor una pierna rota que un tiro en la cabeza. Estuvimos unos minutos observando al profesor, quien mantenía los ojos cerrados, como si meditara. Quizás hubiéramos podido intentar reducirlo entonces, pero el arma en su mano nos disuadía.
—No tiene balas para todos. Tarde o temprano podremos con usted —dijo Pablo. Era el de mayor envergadura y fuerza de la clase.
Julio lo miró, como si sopesara disparar otra vez. No lo hizo. En cambio, se llevó la mano a uno de aquellos interminables bolsillos de la chaqueta y extrajo dos cajas de cartón.
—Doscientas balas más —informó—. Tranquilos, hay suficientes para todos. Y ahora, silencio.
Pablo obedeció y el resto, también. No volvimos a abrir la boca.
Esto ocurrió hace tres horas. Desde entonces, la policía ha acordonado el instituto y poco más. Un par de chicos y una chica han tenido que orinarse encima porque no aguantaban y Julio no les ha permitido salir. No sabemos en qué piensa. No sabemos qué quiere. Sólo está ahí con los ojos cerrados mientras el revólver permanece en su mano, al acecho, listo para rugir de nuevo.

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Verdades

En las aulas de la universidad de los años noventa, la tiza y la pizarra todavía reinaban sobre todo lo demás. Yo asistí a las clases de mi carrera en el turno de tarde, que empezaba a las tres o las cuatro (según el día) y —en teoría— terminaba a las diez de la noche. Como a esas horas tardías apenas había transporte público, existía el acuerdo tácito pero no escrito de dar por finalizada la jornada a las nueve y media. Para facilitar un poco la vida de los alumnos, el rectorado había hecho encaje de bolillos y agrupado las dos últimas horas del día en una sola materia: así, teníamos Cálculo los lunes, Dibujo Técnico los martes, Electrotecnia los miércoles, y Concentración de Menas los jueves. Los viernes eran otra cuestión: la última asignatura del día era Sondeos y Prospecciones Mineras y el profesor que nos impartía la clase no perdonaba ni un minuto. Nos tenía hasta las diez y siempre nos tocaba coger el último autobús del día, a la carrera, que partía a las diez y veinte. Si lo perdíamos, no teníamos otra forma de volver a casa que no pasara por llamar a nuestros padres para que fueran a recogernos (la mayoría aún no nos habíamos sacado el carnet de conducir). Aquel hombre era catedrático y la universidad le pagaba el billete de avión, ida y vuelta, desde Madrid, cada viernes, solamente para impartir aquella clase. El tipo era una eminencia y tenía ciertos privilegios que, por entonces, no entendíamos.
Pero no es de él de quien quiero hablar, sino de uno de los dos profesores de Electrotecnia que tuvimos en segundo año. Tenía muy malas pulgas y también era un número uno en su especialidad. Era (o es, porque no se ha muerto hasta donde yo sé) ingeniero de Minas y, en aquella época, también era el director de la central térmica de La Pereda, en Asturias. Sólo nos daba las dos horas de los miércoles (hora y media en realidad, ya sabéis) y asistir a sus clases era como estar entre el público de un concierto de música clásica, donde no se podía ni respirar para no romper la concentración de los ejecutantes y focalizar la ira del director y su batuta.
Al principio del curso, allá por octubre, apenas cabíamos en el aula magna del edificio, espacio pensado para casi doscientos alumnos. En enero, tres meses después, apenas éramos una docena los que soportábamos, estoicos e impertérritos, las disertaciones acerca de vatios, resistencias, transistores, conexiones en estrella y triángulo y un largo etcétera.
Fue por ese entonces, un miércoles de mediados de febrero, cuando Antonio, que así se llamaba, dejó la tiza sobre la pequeña repisa del encerado y, sin más explicación, se sentó sobre la mesa. El hecho en sí mismo de que el profesor adoptara una postura tan informal ya era muy extraño, habida cuenta de que siempre vestía de traje y corbata y caminaba como si se hubiera tragado el palo de una escoba, además de que siempre exhibía una expresión de mala leche permanente dibujada en su rostro. Por ese motivo, nos preparamos para recibir la revelación del apocalipsis o un evento de carácter similar. Y, en cierta manera, eso fue lo que tuvimos: una dosis de realidad que no entendimos hasta varios años después.
El hombre suspiró y se quedó con la mirada perdida a través de los ventanales, sin ver nada excepto algunas luces procedentes de las farolas de la calle y la oscuridad: hacía mucho rato que había caído la noche, esa oscuridad de nubes y carbón que sólo se conoce en la cuenca minera. Se le veía cansado, como si hubiera arrojado definitivamente la toalla y fuera presa de grandes preocupaciones irresolubles. La calva le brillaba bajo los fluorescentes del aula, iluminado por la posesión de la verdad y el conocimiento absolutos. Nos miró durante unos instantes, como si no supiera a ciencia cierta qué diablos estaba haciendo allí.
—La verdad —empezó—, no sé para qué me molesto en explicaros todas estas cosas. No necesitáis nada de esto para terminar vendiendo lavadoras en algún gran almacén. Eso en el mejor de los casos. En el peor, ni siquiera terminaréis los estudios y acabaréis matándoos por cuatro perras durante doce horas al día en cualquier trabajo de mierda. A veces me pregunto si tanto esfuerzo merece la pena.
La docena de supervivientes que asistíamos a la clase nos quedamos mudos —más de lo que era habitual, quiero decir—, sin tener el valor necesario para aseverar o refutar tal afirmación en voz alta. Las palabras de Antonio eran tan extrañas como resultaba contemplar a un perro verde o escuchar con atención las palabras emitidas por una piedra. Y nos quedamos en silencio, hipnotizados.
Nos miró como quien contempla el discurrir del agua de un río o la siesta placentera de un chucho en una tarde de verano sobre la hierba del prado, es decir, con el interés justo y nada más. Como nadie osó hacer ningún comentario (salvo alguien que carraspeó en alguna parte del aula y nada más) continuó con la clase como si nada hubiera ocurrido.
A veces, creo que fue una revelación y que Antonio me miraba a mí cuando pronunció aquellas palabras. En otras ocasiones, me convenzo de que tal vez fue cosa de mi imaginación. Lo que sí puedo asegurar es que nunca terminé la carrera y que hoy en día trabajo en unos grandes almacenes, en Oviedo. Y, de vez en cuando, vendo alguna lavadora.

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El robo no es lo sorprendente

Relato finalista en el V Concurso de Microrrelatos Carmen Alborch de Fundación Montemadrid 2021. Puedes consultar el fallo y leer los microrrelatos ganadores aquí.

Las joyas, el oro y el dinero habían desaparecido del interior de la cámara acorazada. Era un misterio el cómo y el cuándo. También importaba quién era el artífice. O quiénes. Pero ese asunto era secundario, al igual que la ausencia de las riquezas. El verdadero asunto, el auténtico enigma a resolver, era averiguar qué hacía allí adentro aquel elefante.

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Un robo a deshora

El policía de guardia observaba a la niña y a su padre desde el otro lado del escritorio, donde tomaba declaración a la pequeña de siete años quien, con la autorización expresa de su progenitor y en contra de toda lógica, se personaba como la parte denunciante. Al principio, el sargento Pinar se lo había tomado a broma. Al fin y al cabo, eran las dos de la madrugada del veinticinco de diciembre cuando padre e hija hicieron su aparición triunfal por la puerta de la comisaría, a pesar de que lo más lógico sería que estuvieran en sus respectivas camas aguardando la llegada de Papá Noel. Y de eso trataba, precisamente, todo el asunto.
—Quiero denunciar un robo —fue lo primero que dijo la niña que se llamaba Sara, de precioso pelo color castaño claro y ojos negros, tras tomar asiento. La serenidad de la voz de la pequeña sorprendió al veterano agente, que rondaba los sesenta y pensaba que ya lo había visto todo.
—¿Un robo? ¿Qué clase de robo? —se interesó él, todavía receloso por si estaba siendo objeto de alguna clase de broma navideña.
—Se han llevado mis regalos, que Papá Noel ya había dejado colocados bajo el árbol —respondió, con una seriedad tan intensa que resultaba cómica.
Y así había comenzado todo el asunto. La niña acusaba a tres personas, que por la descripción bien podían ser los Reyes Magos, de ser los usurpadores de los regalos. En cualquier otro mes, en cualquier otro día, a cualquier otra hora, el sargento Pinar hubiera guiñado un ojo al adulto mientras adoptaba su pose más seria y fingía teclear para tomar buena nota de las palabras de la pequeña. Pero eso hubiera sido otro día, no éste. En la descripción de los hechos que la pequeña le refería había dos aspectos que sí encajaban: el primero era que la entrada del piso no había sido forzada (y la puerta estaba cerrada con llave, con dos vueltas, como siempre hacía la madre de la niña) y el segundo, que eran tres los sospechosos del robo.
El agente Pinar golpeteaba la mesa con un bolígrafo Bic azul, con aire pensativo, como si le estuviera dando vueltas a un dilema en su cabeza y no terminara de elegir la opción adecuada. Al final, centró su atención en la niña.
—Dígame, pequeña señorita, si viera a esos tres hombres ¿sería capaz de identificarlos?
Sin tan siquiera intercambiar una mirada para buscar la aprobación de su padre, la niña asintió con un rotundo sí y vigorosos movimientos afirmativos de su linda cabecita. El policía miró al adulto, quien se encogió de hombros sin comprender muy bien qué era lo que el sargento se proponía.
—Acompáñenme —ordenó el agente, mientras se levantaba de su escritorio.
Padre e hija se pusieron en pie al unísono y esperaron a que el policía los guiara. Él se dirigió con paso rápido al fondo de la sala, hacia una puerta de las que se abren cuando se empuja una barra metálica. El policía empujó la barra con firmeza y les franqueó el paso en primer lugar.
—Bajen por ahí, por favor —indicó, refiriéndose a un tramo de escaleras—. Con cuidado, es muy empinada.
Los tres descendieron la docena de escalones hasta llegar a un pasillo delimitado con celdas a ambos lados. No era nada espectacular, como en las películas, apenas seis habitaciones en las que se había sustituido la pared que daba al pasillo por rejas metálicas.
—Continúen hasta la última celda del fondo, la de la izquierda —ordenó el sargento, escoltándolos. Padre e hija hicieron lo que el policía indicaba sin rechistar.
Llegaron a la mencionada estancia en unos cuantos pasos más.
—Muy bien, jovencita. ¿Son estos los hombres que han robado tus regalos? —preguntó el sargento, mientras señalaba a los tres ocupantes del calabozo, tras las rejas.
La niña no dudó ni un solo momento.
—Son ellos, sí.
Uno de los hombres, de barba rubia, se mesaba los largos cabellos de color pajizo sentado en el banco que se anclaba a la pared. Observó a la niña en silencio, durante varios segundos y, a continuación, se dirigió al que parecía más anciano de los tres. Lucía una frondosa barba blanca.
—Te lo advertí, Melchor. Te dije que no era una buena idea robar los regalos de Noel, que nos iba a traer problemas —dijo el rubio, mientras movía un dedo acusador en dirección al hombre mayor.
—A toro pasado, es muy fácil hablar —replicó el hombre, sin volverse. Parecía muy concentrado en examinar la pared sur de la celda—. Cuando os propuse mi idea, bien que os callasteis los dos.
—A mí no me metas en el mismo saco —advirtió Baltasar—. Yo nunca estuve de acuerdo con este plan. No veo la necesidad de cambiar algo que ha funcionado durante tanto tiempo.
—Es que su majestad se aburría —dijo Gaspar, haciendo énfasis en sus palabras, a modo de burla.
—Bueno, basta ya —ordenó Pinar, elevando el tono de voz—. Quiero silencio aquí, ¿me han entendido?
Los otros tres no dijeron ni una palabra más.
—En cuanto llegue el principal afectado, podrán aclarar este asunto —indicó el policía, mientras hacía una seña a Sara y su padre para abandonar el pasillo en dirección a la escalera.
—¿Quién es esa persona que comenta? La que va a llegar, me refiero —se interesó el padre de la niña, mientras subía los peldaños y agarraba de la mano a su hija.
El policía contestó tras él, con voz afectada.
—Papá Noel. Ya viene de camino en un Uber. No puede acercarse con el trineo hasta aquí y está cabreado como una mona. No sabe el mal genio que se gasta ese hombre cuando las cosas no salen como planea…

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La terrible noche del cinco de enero

Odio y me aterroriza, a partes iguales, la noche del cinco de enero. No deseo que llegue nunca y, sin embargo, aquí está de nuevo, fiel a su inexorable cita anual. Y aquí me encuentro yo otra vez , obediente, metido en la cama y tapado con las pesadas mantas hasta rozarme la barbilla. En unos instantes, también me cubriré la cabeza, como hago siempre en esta noche del año. Y no querré ver nada de lo que sucede, ni podré pegar ojo hasta que amanezca, de puros nervios y miedo.
Hemos ido a ver la cabalgata por la tarde y después vuelto a casa. También hemos disfrutado de una gran cena junto con los abuelos. Una vez que terminamos y recogimos todo, mamá me dijo que era el momento de acostarse. Yo me resistí, siempre lo hago esta noche, y dije que no quería ir a la cama tan temprano, que no tenía nada de sueño, aunque ya eran las once y media.
Los adultos intercambiaron miradas comprensivas entre ellos, como si fueran partícipes de un oscuro secreto y les hubiera pillado con las manos en la masa. Me sonrieron, pero mis papás se mantuvieron inflexibles. Los abuelos me dieron las buenas noches y me dijeron que tenía que acostarme pronto si quería que los Reyes Magos dejaran sus regalos. Obedecí sin oponer resistencia, no podía hacer otra cosa. Armar un escándalo tampoco hubiera servido para nada, salvo para llevarme una buena reprimenda. Mamá me acompañó hasta la habitación y, mientras me arropaba, me dio un beso en la frente; papá se quedó a mi lado un largo rato, sentado en el borde de la cama, hasta que escuchó mi respiración acompasada que le hizo pensar que ya me había quedado dormido. Entonces, salió de la habitación con sigilo y entornó la puerta hasta que apenas se vislumbró una tenue rendija por la que se colaba algo de claridad de las luces del salón, pero que era insuficiente para iluminar la habitación y disipar la oscuridad por completo.
Cuando papá se hubo marchado, abrí los ojos: siempre se me ha dado muy bien hacerme el dormido. En un rato empezarían los ruidos misteriosos, de cosas que se arrastran, y escucharía los susurros de conversaciones ininteligibles, pronunciadas en lenguas arcanas que desconocía. Sí, no tardaría demasiado en suceder: en cuanto mis papás y los abuelos se fueran a dormir y toda la casa se quedara en silencio, con la oscuridad sólo quebrada por las luces de tonos cálidos del árbol de navidad.
Un rato después, a pesar de todo, había comenzado a adormilarme. Cerré los ojos por un segundo. O tal vez transcurrió una hora, no lo sé, el sueño es así de inesperado. Cuando los abrí de nuevo, ellos ya se encontraban dentro de la habitación, los tres, observándome con aquellos ojos de gato que centelleaban en la oscuridad cada vez que los movían. También distinguía a la perfección sus dientes, blanqueados por el paso del tiempo y la falta de carne, atrapados en una permanente sonrisa desquiciada. Y luego me asaltó el olor de sus cuerpos muertos, de sus ropajes podridos, de los animales en descomposición, una peste que ya me empezaba a resultar familiar y, no por ello, menos temida. Aquellos tres seres habían emergido de debajo de mi cama unos segundos antes, como formas bidimensionales, planas, y después —tras cobrar volumen— se habían puesto en pie. Siempre ocurría así.
Se limitaron a observarme durante unos instantes, mientras emitían unos sonidos sibilantes que trataban de imitar el acto de la respiración con unos pulmones de los que carecían y de unas narices inexistentes, roídas por las alimañas mucho tiempo atrás. Tras esto, salieron de la habitación y ya no regresaron. O tal vez no los vi porque me tapé hasta la coronilla y metí la cabeza debajo de la almohada para ahogar cualquier sonido que quisiera huir de mi propia garganta.
Sé que cuando me levante al amanecer me estarán esperando en el salón unos regalos fantásticos y mis papás y los abuelos se mostrarán entusiasmados y contentos al ver mi cara de felicidad. No sé, creo que un año de estos voy a tener que contarles quiénes son los verdaderos Reyes Magos y que tampoco vienen de Oriente. Seguro que no se lo esperan.

Imagen de Larisa Koshkina en Pixabay