Una larga mañana

La mañana en la que Julio, el profesor de matemáticas, entró látigo en mano por la puerta del aula levantó de inmediato algunas risas. Estábamos acostumbrados a sus bromas (era legendaria la que había pergeñado hacía tres cursos, cuando apareció en una reunión de padres vestido de vaquero), pero el buen humor duró poco. Sin decir palabra, cerró la puerta tras él y corrió el pestillo, cosa muy rara ya que solía dejarla entreabierta para controlar quién andaba por los pasillos durante la clase. Su rostro, dominado por la afilada nariz y el lunar en la mejilla, aparecía serio y afectado. El cabello gris, que le caía hasta los hombros y normalmente lo traía peinado hacia atrás, estaba enmarañado y sucio. Parecía que no se había duchado.
Desconcertados, tomamos asiento y guardamos silencio. Él no pronunció ni una palabra y también se acomodó en su silla, tras la mesa, de espaldas al encerado verde. Nos miró pero sin vernos: parecía más interesado en apreciar los detalles de la pared del fondo que en nuestra presencia. Se llevó la mano al bolsillo del abrigo de cuero marrón, con aire despistado, y sacó algo pesado que depositó con suavidad sobre el tablero de la mesa, junto al látigo, sin apartar la vista de la pared. Todos centramos nuestra atención en el objeto y alguien soltó una carcajada. Entonces, Julio miró con fiereza al alumno y éste guardó silencio inmediatamente. Todavía no sabíamos si se trataba de otra de sus actuaciones, pero aquello tenía un punto peligroso: el objeto en cuestión era un revólver. Los de las primeras filas apreciaron que estaba cargado, porque distinguían las balas en las cámaras del tambor. Si eran balas de fogueo o no, no podíamos saberlo, aunque íbamos a tardar muy poco en comprobarlo.
—Buenos días —saludó él. Su voz era inexpresiva, nada que ver con la habitual jovialidad con la que se dirigía a nosotros. Señaló el par de cosas que había dejado sobre la mesa—. Sabéis lo que es esto, ¿verdad?
—¡Un consolador para…! —comenzó a chillar Carlos, el gracioso del aula.
No terminó la frase. Julio se hizo con el revólver a tal velocidad que apenas logramos distinguir sus movimientos y disparó contra el chico. El estampido resonó en la sala y a muchos nos comenzaron a pitar los oídos. Durante una fracción de segundo quisimos creer que la bala era de fogueo, pero el agujero que se abrió en el cristal de la ventana detrás de Carlos deshizo la ilusión. El chico miraba a Julio con la boca abierta y se tapó con la mano la oreja izquierda. Entre sus dedos corría sangre.
—¡Está loco, hijo de puta! ¿Me ha disparado? ¡Está loco como una puta cabra! —gritó, haciendo ademán de levantarse.
Julio lo encañonó de nuevo con el arma.
—Siéntate y cierra el pico —ordenó, y luego se dirigió al resto: —Vosotros tampoco tratéis de escapar.
Unos golpes aporrearon en ese momento la puerta y escuchamos, con alivio, la voz de Ana. Se trataba de la profesora de francés y estaba en la clase de al lado, por lo que era la que antes había acudido para ver qué pasaba. La explosión había sido tan sonora que varias personas empezaban a asomarse a las ventanas en otras partes del edificio. Julio apuntó hacia la puerta.
—Buenos días, Ana. Eso que has oído ha sido un disparo de advertencia. Carlos, el gracioso, puede dar testimonio de que las balas son auténticas.
—¿Balas? ¿Pero qué cojones dices, Julio? ¡Abre inmediatamente!
—Querida, si no quieres comprobarlo por ti misma, mejor te apartas de la puerta y dejas de golpearla.
La mujer del otro lado siguió dando puñetazos y parecía que se había congregado un grupo de gente al otro lado. No tardarían en echar la puerta abajo. Julio amartilló el arma.
—¡Por favor, señorita Ana! ¡Haga lo que le dice! —era la voz de Cristina, la chica más aplicada de la clase. Hasta entonces estábamos tan paralizados por el terror que ni se nos había pasado por la cabeza advertirla del peligro.
—Muy bien, Cristina. Buena chica —alabó Julio—. Siempre tan amable y atenta. Actitudes magníficas para la vida pero que a mí, personalmente, me dan bastante repelús.
Sin pestañear, Julio apretó de nuevo el gatillo y esta vez hizo blanco de lleno en el pecho de la joven, que salió despedida. Estaba muerta. La clase estalló en gritos de horror y fuera, en el pasillo, los esfuerzos por tratar de abrir la puerta regresaron.
—¿Ana? —llamó Julio—. Creo que tenemos nuestra primera fallecida. Si no dejáis esa maldita puerta en paz, dispararé otra vez. Y no queréis que eso ocurra, ¿verdad? Y ahora todos en silencio. Necesito pensar.
Nos callamos de inmediato, a pesar de que queríamos salir de allí a toda costa, aunque fuera arrojándonos por las ventanas. Mejor una pierna rota que un tiro en la cabeza. Estuvimos unos minutos observando al profesor, quien mantenía los ojos cerrados, como si meditara. Quizás hubiéramos podido intentar reducirlo entonces, pero el arma en su mano nos disuadía.
—No tiene balas para todos. Tarde o temprano podremos con usted —dijo Pablo. Era el de mayor envergadura y fuerza de la clase.
Julio lo miró, como si sopesara disparar otra vez. No lo hizo. En cambio, se llevó la mano a uno de aquellos interminables bolsillos de la chaqueta y extrajo dos cajas de cartón.
—Doscientas balas más —informó—. Tranquilos, hay suficientes para todos. Y ahora, silencio.
Pablo obedeció y el resto, también. No volvimos a abrir la boca.
Esto ocurrió hace tres horas. Desde entonces, la policía ha acordonado el instituto y poco más. Un par de chicos y una chica han tenido que orinarse encima porque no aguantaban y Julio no les ha permitido salir. No sabemos en qué piensa. No sabemos qué quiere. Sólo está ahí con los ojos cerrados mientras el revólver permanece en su mano, al acecho, listo para rugir de nuevo.

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VERDADES

En las aulas de la universidad de los años noventa, la tiza y la pizarra todavía reinaban sobre todo lo demás. Yo asistí a las clases de mi carrera en el turno de tarde, que empezaba a las tres o las cuatro (según el día) y —en teoría— terminaba a las diez de la noche. Como a esas horas tardías apenas había transporte público, existía el acuerdo tácito pero no escrito de dar por finalizada la jornada a las nueve y media. Para facilitar un poco la vida de los alumnos, el rectorado había hecho encaje de bolillos y agrupado las dos últimas horas del día en una sola materia: así, teníamos Cálculo los lunes, Dibujo Técnico los martes, Electrotecnia los miércoles, y Concentración de Menas los jueves. Los viernes eran otra cuestión: la última asignatura del día era Sondeos y Prospecciones Mineras y el profesor que nos impartía la clase no perdonaba ni un minuto. Nos tenía hasta las diez y siempre nos tocaba coger el último autobús del día, a la carrera, que partía a las diez y veinte. Si lo perdíamos, no teníamos otra forma de volver a casa que no pasara por llamar a nuestros padres para que fueran a recogernos (la mayoría aún no nos habíamos sacado el carnet de conducir). Aquel hombre era catedrático y la universidad le pagaba el billete de avión, ida y vuelta, desde Madrid, cada viernes, solamente para impartir aquella clase. El tipo era una eminencia y tenía ciertos privilegios que, por entonces, no entendíamos.
Pero no es de él de quien quiero hablar, sino de uno de los dos profesores de Electrotecnia que tuvimos en segundo año. Tenía muy malas pulgas y también era un número uno en su especialidad. Era (o es, porque no se ha muerto hasta donde yo sé) ingeniero de Minas y, en aquella época, también era el director de la central térmica de La Pereda, en Asturias. Sólo nos daba las dos horas de los miércoles (hora y media en realidad, ya sabéis) y asistir a sus clases era como estar entre el público de un concierto de música clásica, donde no se podía ni respirar para no romper la concentración de los ejecutantes y focalizar la ira del director y su batuta.
Al principio del curso, allá por octubre, apenas cabíamos en el aula magna del edificio, espacio pensado para casi doscientos alumnos. En enero, tres meses después, apenas éramos una docena los que soportábamos, estoicos e impertérritos, las disertaciones acerca de vatios, resistencias, transistores, conexiones en estrella y triángulo y un largo etcétera.
Fue por ese entonces, un miércoles de mediados de febrero, cuando Antonio, que así se llamaba, dejó la tiza sobre la pequeña repisa del encerado y, sin más explicación, se sentó sobre la mesa. El hecho en sí mismo de que el profesor adoptara una postura tan informal ya era muy extraño, habida cuenta de que siempre vestía de traje y corbata y caminaba como si se hubiera tragado el palo de una escoba, además de que siempre exhibía una expresión de mala leche permanente dibujada en su rostro. Por ese motivo, nos preparamos para recibir la revelación del apocalipsis o un evento de carácter similar. Y, en cierta manera, eso fue lo que tuvimos: una dosis de realidad que no entendimos hasta varios años después.
El hombre suspiró y se quedó con la mirada perdida a través de los ventanales, sin ver nada excepto algunas luces procedentes de las farolas de la calle y la oscuridad: hacía mucho rato que había caído la noche, esa oscuridad de nubes y carbón que sólo se conoce en la cuenca minera. Se le veía cansado, como si hubiera arrojado definitivamente la toalla y fuera presa de grandes preocupaciones irresolubles. La calva le brillaba bajo los fluorescentes del aula, iluminado por la posesión de la verdad y el conocimiento absolutos. Nos miró durante unos instantes, como si no supiera a ciencia cierta qué diablos estaba haciendo allí.
—La verdad —empezó—, no sé para qué me molesto en explicaros todas estas cosas. No necesitáis nada de esto para terminar vendiendo lavadoras en algún gran almacén. Eso en el mejor de los casos. En el peor, ni siquiera terminaréis los estudios y acabaréis matándoos por cuatro perras durante doce horas al día en cualquier trabajo de mierda. A veces me pregunto si tanto esfuerzo merece la pena.
La docena de supervivientes que asistíamos a la clase nos quedamos mudos —más de lo que era habitual, quiero decir—, sin tener el valor necesario para aseverar o refutar tal afirmación en voz alta. Las palabras de Antonio eran tan extrañas como resultaba contemplar a un perro verde o escuchar con atención las palabras emitidas por una piedra. Y nos quedamos en silencio, hipnotizados.
Nos miró como quien contempla el discurrir del agua de un río o la siesta placentera de un chucho en una tarde de verano sobre la hierba del prado, es decir, con el interés justo y nada más. Como nadie osó hacer ningún comentario (salvo alguien que carraspeó en alguna parte del aula y nada más) continuó con la clase como si nada hubiera ocurrido.
A veces, creo que fue una revelación y que Antonio me miraba a mí cuando pronunció aquellas palabras. En otras ocasiones, me convenzo de que tal vez fue cosa de mi imaginación. Lo que sí puedo asegurar es que nunca terminé la carrera y que hoy en día trabajo en unos grandes almacenes, en Oviedo. Y, de vez en cuando, vendo alguna lavadora.

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El robo no es lo sorprendente

Relato finalista en el V Concurso de Microrrelatos Carmen Alborch de Fundación Montemadrid 2021. Puedes consultar el fallo y leer los microrrelatos ganadores aquí.

Las joyas, el oro y el dinero habían desaparecido del interior de la cámara acorazada. Era un misterio el cómo y el cuándo. También importaba quién era el artífice. O quiénes. Pero ese asunto era secundario, al igual que la ausencia de las riquezas. El verdadero asunto, el auténtico enigma a resolver, era averiguar qué hacía allí adentro aquel elefante.

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Un robo a deshora

El policía de guardia observaba a la niña y a su padre desde el otro lado del escritorio, donde tomaba declaración a la pequeña de siete años quien, con la autorización expresa de su progenitor y en contra de toda lógica, se personaba como la parte denunciante. Al principio, el sargento Pinar se lo había tomado a broma. Al fin y al cabo, eran las dos de la madrugada del veinticinco de diciembre cuando padre e hija hicieron su aparición triunfal por la puerta de la comisaría, a pesar de que lo más lógico sería que estuvieran en sus respectivas camas aguardando la llegada de Papá Noel. Y de eso trataba, precisamente, todo el asunto.
—Quiero denunciar un robo —fue lo primero que dijo la niña que se llamaba Sara, de precioso pelo color castaño claro y ojos negros, tras tomar asiento. La serenidad de la voz de la pequeña sorprendió al veterano agente, que rondaba los sesenta y pensaba que ya lo había visto todo.
—¿Un robo? ¿Qué clase de robo? —se interesó él, todavía receloso por si estaba siendo objeto de alguna clase de broma navideña.
—Se han llevado mis regalos, que Papá Noel ya había dejado colocados bajo el árbol —respondió, con una seriedad tan intensa que resultaba cómica.
Y así había comenzado todo el asunto. La niña acusaba a tres personas, que por la descripción bien podían ser los Reyes Magos, de ser los usurpadores de los regalos. En cualquier otro mes, en cualquier otro día, a cualquier otra hora, el sargento Pinar hubiera guiñado un ojo al adulto mientras adoptaba su pose más seria y fingía teclear para tomar buena nota de las palabras de la pequeña. Pero eso hubiera sido otro día, no éste. En la descripción de los hechos que la pequeña le refería había dos aspectos que sí encajaban: el primero era que la entrada del piso no había sido forzada (y la puerta estaba cerrada con llave, con dos vueltas, como siempre hacía la madre de la niña) y el segundo, que eran tres los sospechosos del robo.
El agente Pinar golpeteaba la mesa con un bolígrafo Bic azul, con aire pensativo, como si le estuviera dando vueltas a un dilema en su cabeza y no terminara de elegir la opción adecuada. Al final, centró su atención en la niña.
—Dígame, pequeña señorita, si viera a esos tres hombres ¿sería capaz de identificarlos?
Sin tan siquiera intercambiar una mirada para buscar la aprobación de su padre, la niña asintió con un rotundo sí y vigorosos movimientos afirmativos de su linda cabecita. El policía miró al adulto, quien se encogió de hombros sin comprender muy bien qué era lo que el sargento se proponía.
—Acompáñenme —ordenó el agente, mientras se levantaba de su escritorio.
Padre e hija se pusieron en pie al unísono y esperaron a que el policía los guiara. Él se dirigió con paso rápido al fondo de la sala, hacia una puerta de las que se abren cuando se empuja una barra metálica. El policía empujó la barra con firmeza y les franqueó el paso en primer lugar.
—Bajen por ahí, por favor —indicó, refiriéndose a un tramo de escaleras—. Con cuidado, es muy empinada.
Los tres descendieron la docena de escalones hasta llegar a un pasillo delimitado con celdas a ambos lados. No era nada espectacular, como en las películas, apenas seis habitaciones en las que se había sustituido la pared que daba al pasillo por rejas metálicas.
—Continúen hasta la última celda del fondo, la de la izquierda —ordenó el sargento, escoltándolos. Padre e hija hicieron lo que el policía indicaba sin rechistar.
Llegaron a la mencionada estancia en unos cuantos pasos más.
—Muy bien, jovencita. ¿Son estos los hombres que han robado tus regalos? —preguntó el sargento, mientras señalaba a los tres ocupantes del calabozo, tras las rejas.
La niña no dudó ni un solo momento.
—Son ellos, sí.
Uno de los hombres, de barba rubia, se mesaba los largos cabellos de color pajizo sentado en el banco que se anclaba a la pared. Observó a la niña en silencio, durante varios segundos y, a continuación, se dirigió al que parecía más anciano de los tres. Lucía una frondosa barba blanca.
—Te lo advertí, Melchor. Te dije que no era una buena idea robar los regalos de Noel, que nos iba a traer problemas —dijo el rubio, mientras movía un dedo acusador en dirección al hombre mayor.
—A toro pasado, es muy fácil hablar —replicó el hombre, sin volverse. Parecía muy concentrado en examinar la pared sur de la celda—. Cuando os propuse mi idea, bien que os callasteis los dos.
—A mí no me metas en el mismo saco —advirtió Baltasar—. Yo nunca estuve de acuerdo con este plan. No veo la necesidad de cambiar algo que ha funcionado durante tanto tiempo.
—Es que su majestad se aburría —dijo Gaspar, haciendo énfasis en sus palabras, a modo de burla.
—Bueno, basta ya —ordenó Pinar, elevando el tono de voz—. Quiero silencio aquí, ¿me han entendido?
Los otros tres no dijeron ni una palabra más.
—En cuanto llegue el principal afectado, podrán aclarar este asunto —indicó el policía, mientras hacía una seña a Sara y su padre para abandonar el pasillo en dirección a la escalera.
—¿Quién es esa persona que comenta? La que va a llegar, me refiero —se interesó el padre de la niña, mientras subía los peldaños y agarraba de la mano a su hija.
El policía contestó tras él, con voz afectada.
—Papá Noel. Ya viene de camino en un Uber. No puede acercarse con el trineo hasta aquí y está cabreado como una mona. No sabe el mal genio que se gasta ese hombre cuando las cosas no salen como planea…

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La terrible noche del cinco de enero

Odio y me aterroriza, a partes iguales, la noche del cinco de enero. No deseo que llegue nunca y, sin embargo, aquí está de nuevo, fiel a su inexorable cita anual. Y aquí me encuentro yo otra vez , obediente, metido en la cama y tapado con las pesadas mantas hasta rozarme la barbilla. En unos instantes, también me cubriré la cabeza, como hago siempre en esta noche del año. Y no querré ver nada de lo que sucede, ni podré pegar ojo hasta que amanezca, de puros nervios y miedo.
Hemos ido a ver la cabalgata por la tarde y después vuelto a casa. También hemos disfrutado de una gran cena junto con los abuelos. Una vez que terminamos y recogimos todo, mamá me dijo que era el momento de acostarse. Yo me resistí, siempre lo hago esta noche, y dije que no quería ir a la cama tan temprano, que no tenía nada de sueño, aunque ya eran las once y media.
Los adultos intercambiaron miradas comprensivas entre ellos, como si fueran partícipes de un oscuro secreto y les hubiera pillado con las manos en la masa. Me sonrieron, pero mis papás se mantuvieron inflexibles. Los abuelos me dieron las buenas noches y me dijeron que tenía que acostarme pronto si quería que los Reyes Magos dejaran sus regalos. Obedecí sin oponer resistencia, no podía hacer otra cosa. Armar un escándalo tampoco hubiera servido para nada, salvo para llevarme una buena reprimenda. Mamá me acompañó hasta la habitación y, mientras me arropaba, me dio un beso en la frente; papá se quedó a mi lado un largo rato, sentado en el borde de la cama, hasta que escuchó mi respiración acompasada que le hizo pensar que ya me había quedado dormido. Entonces, salió de la habitación con sigilo y entornó la puerta hasta que apenas se vislumbró una tenue rendija por la que se colaba algo de claridad de las luces del salón, pero que era insuficiente para iluminar la habitación y disipar la oscuridad por completo.
Cuando papá se hubo marchado, abrí los ojos: siempre se me ha dado muy bien hacerme el dormido. En un rato empezarían los ruidos misteriosos, de cosas que se arrastran, y escucharía los susurros de conversaciones ininteligibles, pronunciadas en lenguas arcanas que desconocía. Sí, no tardaría demasiado en suceder: en cuanto mis papás y los abuelos se fueran a dormir y toda la casa se quedara en silencio, con la oscuridad sólo quebrada por las luces de tonos cálidos del árbol de navidad.
Un rato después, a pesar de todo, había comenzado a adormilarme. Cerré los ojos por un segundo. O tal vez transcurrió una hora, no lo sé, el sueño es así de inesperado. Cuando los abrí de nuevo, ellos ya se encontraban dentro de la habitación, los tres, observándome con aquellos ojos de gato que centelleaban en la oscuridad cada vez que los movían. También distinguía a la perfección sus dientes, blanqueados por el paso del tiempo y la falta de carne, atrapados en una permanente sonrisa desquiciada. Y luego me asaltó el olor de sus cuerpos muertos, de sus ropajes podridos, de los animales en descomposición, una peste que ya me empezaba a resultar familiar y, no por ello, menos temida. Aquellos tres seres habían emergido de debajo de mi cama unos segundos antes, como formas bidimensionales, planas, y después —tras cobrar volumen— se habían puesto en pie. Siempre ocurría así.
Se limitaron a observarme durante unos instantes, mientras emitían unos sonidos sibilantes que trataban de imitar el acto de la respiración con unos pulmones de los que carecían y de unas narices inexistentes, roídas por las alimañas mucho tiempo atrás. Tras esto, salieron de la habitación y ya no regresaron. O tal vez no los vi porque me tapé hasta la coronilla y metí la cabeza debajo de la almohada para ahogar cualquier sonido que quisiera huir de mi propia garganta.
Sé que cuando me levante al amanecer me estarán esperando en el salón unos regalos fantásticos y mis papás y los abuelos se mostrarán entusiasmados y contentos al ver mi cara de felicidad. No sé, creo que un año de estos voy a tener que contarles quiénes son los verdaderos Reyes Magos y que tampoco vienen de Oriente. Seguro que no se lo esperan.

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Visitantes indeseados

En el fondo, nunca quisimos establecer contacto con una civilización alienígena. Sí, se especuló mucho acerca de las consecuencias de un encuentro de este tipo y sobre qué ocurriría en caso de producirse. Los más agoreros afirmaban que cualquier civilización que contactara con otra menos avanzada, terminaría por someterla.
Por eso ahora tenemos miedo, un pánico atroz, de los seres que se están aproximando hacia nosotros, procedentes del interior de la nave espacial. Son cinco y caminan muy despacio, como si les costara trabajo levantar los pies del suelo. Su aspecto es monstruoso: tienen largas extremidades, un tronco más bien reducido y unas cabezas pequeñas en proporción al resto de su cuerpo. Visten unos trajes espaciales que los protegen de nuestra atmósfera y portan unos cascos que ocultan su las facciones de su rostro, así que sólo alcanzamos a imaginar el horroroso aspecto que tendrán sus caras.
Se acaban de detener frente a nosotros, a una distancia prudencial pero intimidante: sé que mi amiga está al borde del pánico y que saldría a la carrera si no me fuera a dejar solo ante el peligro.
Es entonces cuando uno de los visitantes se adelanta y emite unos sonidos, a buen seguro su lengua, aunque no podamos entender lo que dice. La fonética de su habla suena más o menos así a nuestros oídos:
—Venimos del planeta Tierra, en son de paz. Por favor, no os asustéis.
Seguro que nos están diciendo que son la avanzadilla de un ejército de miles de naves que vienen a invadirnos. Sin perder un momento, transmito una llamada de emergencia telepática a todos los habitantes de nuestro planeta. Pronto nos socorrerán y, entre todos, acabaremos con estos visitantes indeseados y hostiles.

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17

Estamos aquí abajo en la oscuridad, atrapados, y en cierto modo también libres. Querríamos salir del pozo para encontrarnos con nuestras familias porque seguro que estarán muy preocupadas para cuando se enteren, allá arriba. Aquí la oscuridad reina y se ha hecho el silencio total, ese silencio que sólo se puede descubrir en las entrañas de la tierra, lejos del alcance de los sonidos de la naturaleza y también de los originados por el hombre. Aquí abajo reina la calma tras la tempestad, tras la explosión. El suceso ha tenido lugar al realizar la voladura, cerca de las siete de la tarde: una bolsa de grisú ha amplificado la detonación controlada y ha sembrado el caos y el desastre, la destrucción y la muerte. Todo se ha venido abajo.
Nos hallábamos aquí veintidós hombres al comienzo del turno, entre las capas Vieja y Carbonera de Agapita, como cada día, en la lucha por extraer este sucio mineral que tantas vidas se ha llevado por delante, el maldito carbón. Ahora nueve contemplamos nuestros maltrechos cuerpos, sin vida. También hay cuatro mulas muertas, pobrecillas, tremendos animales. Ocho compañeros más se encuentran muy malheridos, sufren graves quemaduras y tienen huesos fracturados, algunos gritan de dolor pero ninguno llora porque no quieren que el polvo de la hulla impregne sus lágrimas y las vuelva negras, como si se tratara de una burla final del destino. Cuatro de ellos ya nos miran directamente a los ojos, nos ven, saben que están más cerca del mundo de los muertos que del de los vivos. Comprenden lo que ha sucedido y se resignan. Así es la vida en la mina de carbón: sucia, oscura, difícil. Muy dura. Los que estamos muertos podríamos irnos ya, pero no lo haremos: vamos a esperar por nuestros compañeros y saldremos juntos de esto.
Otros cinco mineros se han salvado de milagro y han podido huir para dar la voz de alarma sobre lo ocurrido. Los equipos de rescate no tardarán en aparecer y comenzarán a llevarse a los heridos primero y, a nosotros, después. Para cuando lleguemos a la superficie, nuestras familias y amigos ya estarán aguardando noticias en las inmediaciones de este pozo María Luisa, con los nervios a flor de piel y temiendo el peor de todos los desenlaces posibles, con los corazones encogidos, como siempre ha sucedido en cada tragedia minera, en un silencio aterrador sólo roto por los llantos y los gritos de desconsuelo de los familiares de los muertos.
Pero para ese momento, que ya será mañana, comenzado el quince de julio de este año 1949, aún nos restan algunas horas de espera en las tinieblas.

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Huida a ninguna parte

Relato seleccionado en el concurso de relatos #HistoriasdelaHistoria organizado por Zenda e Iberdrola. Puedes consultar los diez seleccionados aquí y los ganadores aquí.

Marco corría a la máxima velocidad que le permitían sus cáligas y las rocas que se acumulaban en la calle, mientras trataba a toda costa de refugiarse de las piedras que llovían del cielo y que le golpeaban sin misericordia ni descanso, cada vez con mayor intensidad. La erupción del volcán había comenzado pasado el mediodía y de forma muy virulenta, aunque ya la tarde anterior Marco se había encontrado con un pastor de cabras, que solía acompañar a su rebaño por los campos vecinos a la falda del Vesubio, y quien le había advertido que la montaña se estaba despertando y que era mejor que se fuera cuanto antes de allí. Marco, que no creía en supercherías, ignoró las palabras de advertencia del viejo y continuó su camino en dirección a Pompeya. Llevaba demasiadas jornadas de camino a pie desde Roma como para regresar ahora, cuando tenía a la vista los tejados de su ciudad natal.

En esos instantes, mientras volaba por las calles de Pompeya, recordó las proféticas palabras del hombre. Pero, aunque sentía un miedo atroz que le atenazaba el estómago por la situación en la que se hallaba inmerso, lo que más desasosiego le causaba era no poder encontrarse junto a su amada en aquellos momentos tan trágicos y aterradores. Deseaba estar en su compañía con auténtica desesperación. Por fortuna, ya alcanzaba a ver la hacienda de su querida Alejandra. Sólo le faltaba salvar los últimos metros, sorteando la lluvia de ceniza y piedra pómez, y estaría a salvo. Apretó un poco más el ritmo, mientras resollaba como un caballo agotado que se ha pasado el día galopando por el campo. De un manotazo, apartó unas gruesas gotas de sudor que le resbalaban por la frente y que se le metían en los ojos, que le escocían y le impedían ver con claridad. Tenía su objetivo casi al alcance de la mano, a unas escasas docenas de pasos.

Fue en ese intervalo cuando comenzaron a caer piedras de un tamaño mayor, aunque él estaba tan concentrado en llegar a la casa de Alejandra que ni siquiera fue consciente del momento en el que las primeras rocas comenzaron a golpearle la espalda con tanta fuerza, que lograron hacerle perder el equilibrio. Se cayó al suelo y trató de incorporarse otra vez, ignorando por completo los cortes sangrantes que la piedra abrasiva le había causado en piernas, brazos y espalda. También tenía una brecha en el cabeza por la que le manaba abundante sangre que se deslizaba por el cuello, viscosa y caliente, y empapaba su ropaje, pero ni tan siquiera esta enorme herida hizo que su determinación se viniera abajo ni un ápice.

Hizo un último acopio de fuerzas y corrió de nuevo, con los ojos entrecerrados para evitar que la fina ceniza que flotaba en el ambiente lo cegara. Cuando estaba a punto de alcanzar su destino, a escasas zancadas del portal, un silbido comenzó a sonar sobre su cabeza y fue en aumento con extremada rapidez. Marco se detuvo, sobrecogido. Algo en su interior le dijo que no debía dar un paso más, que su empeño ya era inútil. Se dejó caer de rodillas en el suelo cubierto de cenizas de su querida ciudad, a la vez que una aterradora sombra crecía sobre su cabeza, como un oscuro abismo que acudiera a su encuentro a velocidad indescriptible, mientras el ruido agudo aumentaba hasta hacerse insoportable y se le echaba encima. Tras esto, se sintió aplastado por la fuerza de la mano de un gigante y después todo se volvió oscuridad.

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¡Acaba tu plato!

Microrrelato seleccionado en el CONCURSO DE MICRORRELATOS «RELATOS QUE ALIMENTAN», organizado por Justicia Alimentaria de Valencia. Puedes consultar el acta del fallo del jurado aquí.

Adriana removió con el tenedor el contenido del plato, sin apetito. Suspiró. Miró a su madre, quien le lanzó una severa mirada desde el otro extremo de la mesa.
—Come —ordenó la mujer, mientras ella misma daba buena cuenta de su alimento.
—Pero…
—No hay peros.
—¡Es que no me gusta! —se quejó la niña, posando el tenedor con tanta fuerza sobre la mesa que dio un bote.
—¡Adriana! ¡Haz el favor de acabarte el revuelto de saltamontes de una vez!
—¡Está asqueroso!
—Es lo único que había hoy a la venta en el mercado con proteína animal —explicó su madre—. Así que, si no quieres volver a comer insípidos vegetales, acaba ese plato.
Adriana, enfurruñada, agarró el tenedor con furia manifiesta y dio una atroz pinchada al montón de insectos cocinados, llevándoselos a la boca con idéntico gesto de contrariedad. Masticó un par de veces el bocado y se lo tragó sin más. Juana miró a su hija. Ahora fue ella quien suspiró. Ojalá pudiera retroceder un siglo para ver de nuevo los mares llenos de peces, las tierras cubiertas por cultivos exuberantes y las granjas abarrotadas de animales, pero era algo que pertenecía a un pasado de recursos agotados.

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La corporación

Microrrelato finalista en el XII CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS SAN FERMÍN 2020. Puedes consultar el palmarés aquí.

Los toros sintéticos comenzaron a utilizarse en los encierros de Pamplona mucho antes de lo que la gente se imagina. El primero se llamaba Quintanillo e incluso corneó a un mozo (por supuesto, sin consecuencias), tal y como estaba programado. Nadie notó la diferencia con uno biológico porque Quintanillo respiraba, corría y embestía igual que si fuera de carne y hueso.

Al acabar el encierro, fue separado del resto de astados para examinar su software y hardware a fondo, con minuciosidad forense. Comprobamos que todo estaba en perfecto estado: habíamos recopilado casi dos mil terabytes de datos muy valiosos. Esto nos animó a continuar con el experimento: al año siguiente, la mitad de los toros eran máquinas y, tres sanfermines después, todos procedían de nuestra cadena de montaje. Nadie, salvo unos pocos elegidos, conocía el secreto.

Este año hemos ido más allá, a pesar de que la junta directiva no alcanzó la unanimidad para afrontar el reto. Hoy, entre los mozos que se están preparando para el último encierro, hay uno muy especial: cualquiera que se relacione con él comprobará que respira, grita y corre como los demás. En realidad, estas reacciones son programadas. Estamos seguros de que nadie notará la diferencia.

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