VISITANTES INDESEADOS

En el fondo, nunca quisimos establecer contacto con una civilización alienígena. Sí, se especuló mucho acerca de las consecuencias de un encuentro de este tipo y sobre qué ocurriría en caso de producirse. Los más agoreros afirmaban que cualquier civilización que contactara con otra menos avanzada, terminaría por someterla.
Por eso ahora tenemos miedo, un pánico atroz, de los seres que se están aproximando hacia nosotros, procedentes del interior de la nave espacial. Son cinco y caminan muy despacio, como si les costara trabajo levantar los pies del suelo. Su aspecto es monstruoso: tienen largas extremidades, un tronco más bien reducido y unas cabezas pequeñas en proporción al resto de su cuerpo. Visten unos trajes espaciales que los protegen de nuestra atmósfera y portan unos cascos que ocultan su las facciones de su rostro, así que sólo alcanzamos a imaginar el horroroso aspecto que tendrán sus caras.
Se acaban de detener frente a nosotros, a una distancia prudencial pero intimidante: sé que mi amiga está al borde del pánico y que saldría a la carrera si no me fuera a dejar solo ante el peligro.
Es entonces cuando uno de los visitantes se adelanta y emite unos sonidos, a buen seguro su lengua, aunque no podamos entender lo que dice. La fonética de su habla suena más o menos así a nuestros oídos:
—Venimos del planeta Tierra, en son de paz. Por favor, no os asustéis.
Seguro que nos están diciendo que son la avanzadilla de un ejército de miles de naves que vienen a invadirnos. Sin perder un momento, transmito una llamada de emergencia telepática a todos los habitantes de nuestro planeta. Pronto nos socorrerán y, entre todos, acabaremos con estos visitantes indeseados y hostiles.

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Estamos aquí abajo en la oscuridad, atrapados, y en cierto modo también libres. Querríamos salir del pozo para encontrarnos con nuestras familias porque seguro que estarán muy preocupadas para cuando se enteren, allá arriba. Aquí la oscuridad reina y se ha hecho el silencio total, ese silencio que sólo se puede descubrir en las entrañas de la tierra, lejos del alcance de los sonidos de la naturaleza y también de los originados por el hombre. Aquí abajo reina la calma tras la tempestad, tras la explosión. El suceso ha tenido lugar al realizar la voladura, cerca de las siete de la tarde: una bolsa de grisú ha amplificado la detonación controlada y ha sembrado el caos y el desastre, la destrucción y la muerte. Todo se ha venido abajo.
Nos hallábamos aquí veintidós hombres al comienzo del turno, entre las capas Vieja y Carbonera de Agapita, como cada día, en la lucha por extraer este sucio mineral que tantas vidas se ha llevado por delante, el maldito carbón. Ahora nueve contemplamos nuestros maltrechos cuerpos, sin vida. También hay cuatro mulas muertas, pobrecillas, tremendos animales. Ocho compañeros más se encuentran muy malheridos, sufren graves quemaduras y tienen huesos fracturados, algunos gritan de dolor pero ninguno llora porque no quieren que el polvo de la hulla impregne sus lágrimas y las vuelva negras, como si se tratara de una burla final del destino. Cuatro de ellos ya nos miran directamente a los ojos, nos ven, saben que están más cerca del mundo de los muertos que del de los vivos. Comprenden lo que ha sucedido y se resignan. Así es la vida en la mina de carbón: sucia, oscura, difícil. Muy dura. Los que estamos muertos podríamos irnos ya, pero no lo haremos: vamos a esperar por nuestros compañeros y saldremos juntos de esto.
Otros cinco mineros se han salvado de milagro y han podido huir para dar la voz de alarma sobre lo ocurrido. Los equipos de rescate no tardarán en aparecer y comenzarán a llevarse a los heridos primero y, a nosotros, después. Para cuando lleguemos a la superficie, nuestras familias y amigos ya estarán aguardando noticias en las inmediaciones de este pozo María Luisa, con los nervios a flor de piel y temiendo el peor de todos los desenlaces posibles, con los corazones encogidos, como siempre ha sucedido en cada tragedia minera, en un silencio aterrador sólo roto por los llantos y los gritos de desconsuelo de los familiares de los muertos.
Pero para ese momento, que ya será mañana, comenzado el quince de julio de este año 1949, aún nos restan algunas horas de espera en las tinieblas.

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Huida a ninguna parte

Relato seleccionado en el concurso de relatos #HistoriasdelaHistoria organizado por Zenda e Iberdrola. Puedes consultar los diez seleccionados aquí y los ganadores aquí.

Marco corría a la máxima velocidad que le permitían sus cáligas y las rocas que se acumulaban en la calle, mientras trataba a toda costa de refugiarse de las piedras que llovían del cielo y que le golpeaban sin misericordia ni descanso, cada vez con mayor intensidad. La erupción del volcán había comenzado pasado el mediodía y de forma muy virulenta, aunque ya la tarde anterior Marco se había encontrado con un pastor de cabras, que solía acompañar a su rebaño por los campos vecinos a la falda del Vesubio, y quien le había advertido que la montaña se estaba despertando y que era mejor que se fuera cuanto antes de allí. Marco, que no creía en supercherías, ignoró las palabras de advertencia del viejo y continuó su camino en dirección a Pompeya. Llevaba demasiadas jornadas de camino a pie desde Roma como para regresar ahora, cuando tenía a la vista los tejados de su ciudad natal.

En esos instantes, mientras volaba por las calles de Pompeya, recordó las proféticas palabras del hombre. Pero, aunque sentía un miedo atroz que le atenazaba el estómago por la situación en la que se hallaba inmerso, lo que más desasosiego le causaba era no poder encontrarse junto a su amada en aquellos momentos tan trágicos y aterradores. Deseaba estar en su compañía con auténtica desesperación. Por fortuna, ya alcanzaba a ver la hacienda de su querida Alejandra. Sólo le faltaba salvar los últimos metros, sorteando la lluvia de ceniza y piedra pómez, y estaría a salvo. Apretó un poco más el ritmo, mientras resollaba como un caballo agotado que se ha pasado el día galopando por el campo. De un manotazo, apartó unas gruesas gotas de sudor que le resbalaban por la frente y que se le metían en los ojos, que le escocían y le impedían ver con claridad. Tenía su objetivo casi al alcance de la mano, a unas escasas docenas de pasos.

Fue en ese intervalo cuando comenzaron a caer piedras de un tamaño mayor, aunque él estaba tan concentrado en llegar a la casa de Alejandra que ni siquiera fue consciente del momento en el que las primeras rocas comenzaron a golpearle la espalda con tanta fuerza, que lograron hacerle perder el equilibrio. Se cayó al suelo y trató de incorporarse otra vez, ignorando por completo los cortes sangrantes que la piedra abrasiva le había causado en piernas, brazos y espalda. También tenía una brecha en el cabeza por la que le manaba abundante sangre que se deslizaba por el cuello, viscosa y caliente, y empapaba su ropaje, pero ni tan siquiera esta enorme herida hizo que su determinación se viniera abajo ni un ápice.

Hizo un último acopio de fuerzas y corrió de nuevo, con los ojos entrecerrados para evitar que la fina ceniza que flotaba en el ambiente lo cegara. Cuando estaba a punto de alcanzar su destino, a escasas zancadas del portal, un silbido comenzó a sonar sobre su cabeza y fue en aumento con extremada rapidez. Marco se detuvo, sobrecogido. Algo en su interior le dijo que no debía dar un paso más, que su empeño ya era inútil. Se dejó caer de rodillas en el suelo cubierto de cenizas de su querida ciudad, a la vez que una aterradora sombra crecía sobre su cabeza, como un oscuro abismo que acudiera a su encuentro a velocidad indescriptible, mientras el ruido agudo aumentaba hasta hacerse insoportable y se le echaba encima. Tras esto, se sintió aplastado por la fuerza de la mano de un gigante y después todo se volvió oscuridad.

Imagen de ELG21 en Pixabay                             

¡Acaba tu plato!

Microrrelato seleccionado en el CONCURSO DE MICRORRELATOS «RELATOS QUE ALIMENTAN», organizado por Justicia Alimentaria de Valencia. Puedes consultar el acta del fallo del jurado aquí.

Adriana removió con el tenedor el contenido del plato, sin apetito. Suspiró. Miró a su madre, quien le lanzó una severa mirada desde el otro extremo de la mesa.
—Come —ordenó la mujer, mientras ella misma daba buena cuenta de su alimento.
—Pero…
—No hay peros.
—¡Es que no me gusta! —se quejó la niña, posando el tenedor con tanta fuerza sobre la mesa que dio un bote.
—¡Adriana! ¡Haz el favor de acabarte el revuelto de saltamontes de una vez!
—¡Está asqueroso!
—Es lo único que había hoy a la venta en el mercado con proteína animal —explicó su madre—. Así que, si no quieres volver a comer insípidos vegetales, acaba ese plato.
Adriana, enfurruñada, agarró el tenedor con furia manifiesta y dio una atroz pinchada al montón de insectos cocinados, llevándoselos a la boca con idéntico gesto de contrariedad. Masticó un par de veces el bocado y se lo tragó sin más. Juana miró a su hija. Ahora fue ella quien suspiró. Ojalá pudiera retroceder un siglo para ver de nuevo los mares llenos de peces, las tierras cubiertas por cultivos exuberantes y las granjas abarrotadas de animales, pero era algo que pertenecía a un pasado de recursos agotados.

Imagen de Devon Breen en Pixabay.

La corporación

Microrrelato finalista en el XII CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS SAN FERMÍN 2020. Puedes consultar el palmarés aquí.

Los toros sintéticos comenzaron a utilizarse en los encierros de Pamplona mucho antes de lo que la gente se imagina. El primero se llamaba Quintanillo e incluso corneó a un mozo (por supuesto, sin consecuencias), tal y como estaba programado. Nadie notó la diferencia con uno biológico porque Quintanillo respiraba, corría y embestía igual que si fuera de carne y hueso.

Al acabar el encierro, fue separado del resto de astados para examinar su software y hardware a fondo, con minuciosidad forense. Comprobamos que todo estaba en perfecto estado: habíamos recopilado casi dos mil terabytes de datos muy valiosos. Esto nos animó a continuar con el experimento: al año siguiente, la mitad de los toros eran máquinas y, tres sanfermines después, todos procedían de nuestra cadena de montaje. Nadie, salvo unos pocos elegidos, conocía el secreto.

Este año hemos ido más allá, a pesar de que la junta directiva no alcanzó la unanimidad para afrontar el reto. Hoy, entre los mozos que se están preparando para el último encierro, hay uno muy especial: cualquiera que se relacione con él comprobará que respira, grita y corre como los demás. En realidad, estas reacciones son programadas. Estamos seguros de que nadie notará la diferencia.

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

Mientras camino por el cielo

Ya escucho a lo lejos el estrepitoso ulular de las sirenas que se acercan a toda velocidad, ansiosas por llegar a mi encuentro, muy abajo. Deben de estar a un par de calles de distancia, no más. Pero no me afecta su presencia, es más: en los próximos minutos, nada tendrá importancia para mí salvo el acero y las nubes.
Inspiro una bocanada de aire fresco del amanecer y me siento reconfortado, mientras miro hacia el horizonte, hacia la bahía, que ya se tiñe de rojos y naranjas, justo unos minutos antes de que despunte el sol y comience a recalentarlo todo. Esta ciudad es inhóspita y dura, pero siempre ha ofrecido todo al que la visita o vive en ella, tanto lo bueno como lo malo. Quizás, nunca debí llegar a pisar sus calles pero aquí estoy, en el verano más interesante de mis veinticuatro años de vida. Para mí ha sido un buen verano, de hecho, es el mejor de todos los que recuerdo. Muchísimos nervios contenidos y no contenidos, años de preparativos secretos, un largo plan revisado una y mil veces. Y después, el asalto final.

A mis pies se extiende un profundo abismo y los más madrugadores comienzan a emerger de las bocas de metro, mientras corren de un lado a otro como hormiguitas atareadas. Desde mi posición, es lo que parecen: pequeños insectos absortos en su cotidianeidad y sin ser en absoluto conscientes de lo que acontece sobre sus cabezas, a más de cuatrocientos metros de altura. Vista desde aquí arriba, la ciudad parece mucho más pequeña, apenas como un pequeño cogollo de edificios altos rodeados de nubes, y se asemeja más a un gran juguete a escala de un niño.
Corre el viento, fresco, como no podía ser de otra manera a esta altitud sobrecogedora, pero está dentro de lo que había calculado y es un riesgo asumible. Vuelvo a inspirar serenamente y fijo la vista en el otro lado, mientras obligo a mi cerebro a ignorar el vacío sobre el que estoy a punto de cruzar. Miro abajo por última vez y veo montones de luces azules. Y gente que empieza a preguntarse qué es lo que ocurre en esta anodina mañana de agosto. Ya han llegado los refuerzos, como dicen en las películas, pero lo hacen un poco tarde, no llegarán a tiempo para impedir lo que me propongo. Pongo el pie derecho sobre el cable de acero y después el izquierdo, mientras equilibro mi cuerpo con la ayuda de la esbelta pértiga que hará de contrapeso. Minutos después, ya me encuentro a medio camino entre las dos torres de acero y cristal y, mientras camino por el cielo, me siento libre como un pájaro.

Imagen de Free-Photos en Pixabay

Nuevo mundo

Microrrelato seleccionado en el I CERTAMEN RUBRIC DE MICRORRELATOS. Puedes leer el fallo aquí.

Llevaba toda la noche encaramado a los obenques, soportando el cansancio. El cambio de turno estaba cada vez más próximo, a medida que la noche clareaba hacia el este. Nicasio no deseaba abandonar su puesto antes de tiempo —quería ser él el primero en verla— y soñaba despierto con pasar a la historia. El problema era que la cena, escasa y en muy mal estado, se había cruzado en su camino. Y no podía aguantar más sin volver a aliviarse en el enrejado de proa.
Descubrió que su relevo diurno ya estaba despierto y Nicasio le pidió que lo sustituyera el tiempo suficiente como para solventar su problema fisiológico. El otro, a regañadientes, trepó por las maromas.
Apenas había Nicasio alcanzado la proa del barco cuando Rodrigo Pérez, el de Lepe, gritó:
—¡Tierra! ¡Tierra a la vista!
Nicasio maldijo su mala fortuna, mientras sus tripas se burlaban de él.

Imagen de Terri Sharp en Pixabay

¡Me voy de vacaciones!

Este verano está siendo el más emocionante de toda mi vida, sin lugar a dudas. Debéis saber que vivo a orillas del Cantábrico, donde los días de invierno son grises y lluviosos y el mar suele estar enojado casi siempre, como si estuviera a punto de liarse a golpes con la accidentada costa. Además, hace frío una buena parte del tiempo. Pero es la tierra donde he nacido y la adoro, aunque haya decidido cambiar de aires por el momento y es que, después de mucho tiempo de espera, por fin me he venido de vacaciones al sur, para alejarme durante unos días de la rutina: ha estado cayendo agua todo el mes de junio y ya se hacía muy pesado ese clima tan tristón, tan propio del norte por más que parezca un desgastado cliché.
Así que, cuando anteayer llegó el momento de partir, apenas conseguí disimular de mala forma mi alegría: por fin iba a disfrutar de unos días de sol y secano. Así son las cosas de raras: los que vivimos en la costa queremos irnos al interior y los que viven en el interior se mueren por venir a la playa. Y es que el mundo está mal repartido.
Llegué a Madrid después de un largo (aunque bastante cómodo, la verdad sea dicha) viaje. Entramos por la A6 y pude ver a lo lejos el perfil de la ciudad, con esas torres enormes presidiéndola desde uno de los extremos, muy cucas ellas. Y altísimas, casi se pierden entre las nubes. Me pregunto cómo será la vida en su interior. Después, hemos seguido por la M30 hasta meternos en el casco urbano, donde pasamos por un montón de calles, mientras esquivábamos vehículos que parecían emerger desde todos los lados, hasta que hemos conseguido llegar a mi alojamiento vacacional después de tan largo periplo.
La verdad es que cuando he visto el cuchitril que me esperaba se me ha caído el alma a los pies: es un piso patera donde nos amontonamos por lo menos doce. No es muy amplio, vaya, aunque supongo que aquí en la capital el precio por metro cuadrado es tan elevado que uno no puede exigir (o permitirse) mucho más. Pero no me parece bien que se juegue así con las ilusiones de una, porque ya voy teniendo una edad y no me gusta que me engañen. Al menos, estaré entretenida mientras contemplo el trajín de la gente desde mi habitación. Hay muchas personas por aquí, parecen todas bastante estresadas, siempre corriendo de un lado a otro, sin detenerse a contemplar el paisaje más que un par de minutos. ¡Ah, la ciudad y sus prisas!
De vez en cuando, alguien señala en nuestra dirección y una de mis vecinas se va con la persona que la elige, muy contenta. A lo mejor les han encontrado un hotel mejor, de esos con piscina en la azotea y spa. De todas maneras, pienso poner una reclamación a la agencia de viajes porque me siento un poco engañada, no se vayan a pensar esos tipos que todo el monte es orégano y todo vale.
Espera un momento: un señor acaba de apuntar con su dedo, primero hacía el cartel con el nombre de nuestro hotel («Langostas del Cantábrico. Oferta. Cocidas en treinta minutos.» dice el rótulo) y después me ha señalado a mí. En seguida me han sacado del piso, para llevarme a otro más grande, casi parece un palacio de lo enorme que es. Noto que hace un poco de calor aquí, pero supongo que será que no han conectado el aire acondicionado. La verdad es que me siento muy contenta porque seguro que este señor tan amable me lleva a conocer la ciudad. Se ve que es una buena persona. ¡Qué calor hace en este sitio que me han dejado! Espero que no se haya estropeado el aire acondicionado porque me han dicho que los veranos en Madrid son terriblemente calurosos. Ya estoy deseando visitar el estanque del Parque del Retiro, donde me aseguran que viven unas carpas enormes. Después, estaría bien acercarse a ver algún museo, para ver algunos cuadros famosos. ¡Madre santa, qué calor más insoportable hace aquí dentro! Como no pongan en marcha el aire acondicionado me va a dar algo…

Imagen de Alberto Sanchez en Pixabay

Hoy es mi día

Siempre envidié a los más rápidos del grupo, no tiene ningún sentido negar esta evidencia. Cuando llegaba el tiempo de moverse rápido, yo ni siquiera estaba entre los de la parte media, aquellos que no destacaban especialmente, sino que siempre fui el más lento de todos, el que se quedaba atrás, el objeto de todas las burlas de mis compañeros. No recuerdo ni una sola vez que no fuera el último del grupo en alcanzar la meta, el que cerraba el pelotón, siempre muy alejado de los puestos de cabeza. Para cuando finalizaba el recorrido, los demás ya disfrutaban de una magnífica comida hacía largo rato y me miraban con cierto desprecio contenido cuando pasaba por su lado.
Fue en uno de esos días de máxima humillación cuando pergeñé el audaz plan que ahora llevo a cabo, con un único objetivo: ser, por una vez, el ganador de la carrera, el más rápido, el primero en darse el festín.
Con mucho esfuerzo y sufrimiento he conseguido encaramarme a una de las enormes ruedas de este tractor y me aferro a ella con todas mis fuerzas para no acabar con mi caparazón contra el suelo. Desde aquí, puedo observar a los dos que marchan en cabeza, orgullosos, seguros de sí mismos y de una nueva victoria. Pero esta vez yo seré el vencedor de esta carrera hacia las verdes, frescas y sabrosas lechugas. El tractor se ha puesto en marcha y ya noto la vibración del motor monstruoso bajo mi piel resbaladiza. En cuanto la rueda comience a girar, me caeré por el otro lado y adelantaré a esos malditos caracoles de inagotables ansias de grandeza. Sólo espero haber calculado todo bien y que la rueda no me aplaste en el intento.

Imagen de hans janssens en Pixabay

A por el próximo siglo

No necesito hacer realidad ningún sueño de gloria porque ya se ha cumplido todo aquello que podía desear. Disfruto de una vida larga, plena de fama y reconocimiento, mucho más allá de lo que jamás imaginé. He tenido la inmensa fortuna de residir en dos continentes, cosa de la que no todo el mundo puede presumir. Cierto es que en el primero no fue por mucho tiempo pero ¿qué mejor ciudad que París para vivir en Europa? Después me surgió la gran oportunidad de cruzar el charco, el océano Atlántico, en busca del cálido horizonte donde siempre se pone el sol, para llegar a la tierra de las oportunidades, para llegar a América. ¡Oh, América!

Me establecí cerca de Nueva York, a un paso de la gran ciudad que por ese entonces comenzaba a despertar, igual que un oso emerge de su letargo tras el duro invierno. Desde mi atalaya la he visto crecer a pasos agigantados, mientras quedaba atrás la miseria del siglo diecinueve y evolucionaba hacia lo que es hoy en día, una urbe cosmopolita más cercana a mis sueños que a la realidad mundana. Mi destino original quizás era otro, diferente, al lado de mis compatriotas, pero aquí me siento de igual manera integrada y querida. Y así ha sido durante el último siglo y pico.

La verdad, no me siento vieja para nada. Deseo contemplar las próximas décadas desde mi pequeña isla, en paz y tranquilidad: quiero ver cómo este mundo se hace todavía más grande mientras me aproximo a mi siglo y medio de vida.

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