La corporación

Microrrelato finalista en el XII CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS SAN FERMÍN 2020. Puedes consultar el palmarés aquí.

Los toros sintéticos comenzaron a utilizarse en los encierros de Pamplona mucho antes de lo que la gente se imagina. El primero se llamaba Quintanillo e incluso corneó a un mozo (por supuesto, sin consecuencias), tal y como estaba programado. Nadie notó la diferencia con uno biológico porque Quintanillo respiraba, corría y embestía igual que si fuera de carne y hueso.

Al acabar el encierro, fue separado del resto de astados para examinar su software y hardware a fondo, con minuciosidad forense. Comprobamos que todo estaba en perfecto estado: habíamos recopilado casi dos mil terabytes de datos muy valiosos. Esto nos animó a continuar con el experimento: al año siguiente, la mitad de los toros eran máquinas y, tres sanfermines después, todos procedían de nuestra cadena de montaje. Nadie, salvo unos pocos elegidos, conocía el secreto.

Este año hemos ido más allá, a pesar de que la junta directiva no alcanzó la unanimidad para afrontar el reto. Hoy, entre los mozos que se están preparando para el último encierro, hay uno muy especial: cualquiera que se relacione con él comprobará que respira, grita y corre como los demás. En realidad, estas reacciones son programadas. Estamos seguros de que nadie notará la diferencia.

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

Mientras camino por el cielo

Ya escucho a lo lejos el estrepitoso ulular de las sirenas que se acercan a toda velocidad, ansiosas por llegar a mi encuentro, muy abajo. Deben de estar a un par de calles de distancia, no más. Pero no me afecta su presencia, es más: en los próximos minutos, nada tendrá importancia para mí salvo el acero y las nubes.
Inspiro una bocanada de aire fresco del amanecer y me siento reconfortado, mientras miro hacia el horizonte, hacia la bahía, que ya se tiñe de rojos y naranjas, justo unos minutos antes de que despunte el sol y comience a recalentarlo todo. Esta ciudad es inhóspita y dura, pero siempre ha ofrecido todo al que la visita o vive en ella, tanto lo bueno como lo malo. Quizás, nunca debí llegar a pisar sus calles pero aquí estoy, en el verano más interesante de mis veinticuatro años de vida. Para mí ha sido un buen verano, de hecho, es el mejor de todos los que recuerdo. Muchísimos nervios contenidos y no contenidos, años de preparativos secretos, un largo plan revisado una y mil veces. Y después, el asalto final.

A mis pies se extiende un profundo abismo y los más madrugadores comienzan a emerger de las bocas de metro, mientras corren de un lado a otro como hormiguitas atareadas. Desde mi posición, es lo que parecen: pequeños insectos absortos en su cotidianeidad y sin ser en absoluto conscientes de lo que acontece sobre sus cabezas, a más de cuatrocientos metros de altura. Vista desde aquí arriba, la ciudad parece mucho más pequeña, apenas como un pequeño cogollo de edificios altos rodeados de nubes, y se asemeja más a un gran juguete a escala de un niño.
Corre el viento, fresco, como no podía ser de otra manera a esta altitud sobrecogedora, pero está dentro de lo que había calculado y es un riesgo asumible. Vuelvo a inspirar serenamente y fijo la vista en el otro lado, mientras obligo a mi cerebro a ignorar el vacío sobre el que estoy a punto de cruzar. Miro abajo por última vez y veo montones de luces azules. Y gente que empieza a preguntarse qué es lo que ocurre en esta anodina mañana de agosto. Ya han llegado los refuerzos, como dicen en las películas, pero lo hacen un poco tarde, no llegarán a tiempo para impedir lo que me propongo. Pongo el pie derecho sobre el cable de acero y después el izquierdo, mientras equilibro mi cuerpo con la ayuda de la esbelta pértiga que hará de contrapeso. Minutos después, ya me encuentro a medio camino entre las dos torres de acero y cristal y, mientras camino por el cielo, me siento libre como un pájaro.

Imagen de Free-Photos en Pixabay

Nuevo mundo

Microrrelato seleccionado en el I CERTAMEN RUBRIC DE MICRORRELATOS. Puedes leer el fallo aquí.

Llevaba toda la noche encaramado a los obenques, soportando el cansancio. El cambio de turno estaba cada vez más próximo, a medida que la noche clareaba hacia el este. Nicasio no deseaba abandonar su puesto antes de tiempo —quería ser él el primero en verla— y soñaba despierto con pasar a la historia. El problema era que la cena, escasa y en muy mal estado, se había cruzado en su camino. Y no podía aguantar más sin volver a aliviarse en el enrejado de proa.
Descubrió que su relevo diurno ya estaba despierto y Nicasio le pidió que lo sustituyera el tiempo suficiente como para solventar su problema fisiológico. El otro, a regañadientes, trepó por las maromas.
Apenas había Nicasio alcanzado la proa del barco cuando Rodrigo Pérez, el de Lepe, gritó:
—¡Tierra! ¡Tierra a la vista!
Nicasio maldijo su mala fortuna, mientras sus tripas se burlaban de él.

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¡Me voy de vacaciones!

Este verano está siendo el más emocionante de toda mi vida, sin lugar a dudas. Debéis saber que vivo a orillas del Cantábrico, donde los días de invierno son grises y lluviosos y el mar suele estar enojado casi siempre, como si estuviera a punto de liarse a golpes con la accidentada costa. Además, hace frío una buena parte del tiempo. Pero es la tierra donde he nacido y la adoro, aunque haya decidido cambiar de aires por el momento y es que, después de mucho tiempo de espera, por fin me he venido de vacaciones al sur, para alejarme durante unos días de la rutina: ha estado cayendo agua todo el mes de junio y ya se hacía muy pesado ese clima tan tristón, tan propio del norte por más que parezca un desgastado cliché.
Así que, cuando anteayer llegó el momento de partir, apenas conseguí disimular de mala forma mi alegría: por fin iba a disfrutar de unos días de sol y secano. Así son las cosas de raras: los que vivimos en la costa queremos irnos al interior y los que viven en el interior se mueren por venir a la playa. Y es que el mundo está mal repartido.
Llegué a Madrid después de un largo (aunque bastante cómodo, la verdad sea dicha) viaje. Entramos por la A6 y pude ver a lo lejos el perfil de la ciudad, con esas torres enormes presidiéndola desde uno de los extremos, muy cucas ellas. Y altísimas, casi se pierden entre las nubes. Me pregunto cómo será la vida en su interior. Después, hemos seguido por la M30 hasta meternos en el casco urbano, donde pasamos por un montón de calles, mientras esquivábamos vehículos que parecían emerger desde todos los lados, hasta que hemos conseguido llegar a mi alojamiento vacacional después de tan largo periplo.
La verdad es que cuando he visto el cuchitril que me esperaba se me ha caído el alma a los pies: es un piso patera donde nos amontonamos por lo menos doce. No es muy amplio, vaya, aunque supongo que aquí en la capital el precio por metro cuadrado es tan elevado que uno no puede exigir (o permitirse) mucho más. Pero no me parece bien que se juegue así con las ilusiones de una, porque ya voy teniendo una edad y no me gusta que me engañen. Al menos, estaré entretenida mientras contemplo el trajín de la gente desde mi habitación. Hay muchas personas por aquí, parecen todas bastante estresadas, siempre corriendo de un lado a otro, sin detenerse a contemplar el paisaje más que un par de minutos. ¡Ah, la ciudad y sus prisas!
De vez en cuando, alguien señala en nuestra dirección y una de mis vecinas se va con la persona que la elige, muy contenta. A lo mejor les han encontrado un hotel mejor, de esos con piscina en la azotea y spa. De todas maneras, pienso poner una reclamación a la agencia de viajes porque me siento un poco engañada, no se vayan a pensar esos tipos que todo el monte es orégano y todo vale.
Espera un momento: un señor acaba de apuntar con su dedo, primero hacía el cartel con el nombre de nuestro hotel («Langostas del Cantábrico. Oferta. Cocidas en treinta minutos.» dice el rótulo) y después me ha señalado a mí. En seguida me han sacado del piso, para llevarme a otro más grande, casi parece un palacio de lo enorme que es. Noto que hace un poco de calor aquí, pero supongo que será que no han conectado el aire acondicionado. La verdad es que me siento muy contenta porque seguro que este señor tan amable me lleva a conocer la ciudad. Se ve que es una buena persona. ¡Qué calor hace en este sitio que me han dejado! Espero que no se haya estropeado el aire acondicionado porque me han dicho que los veranos en Madrid son terriblemente calurosos. Ya estoy deseando visitar el estanque del Parque del Retiro, donde me aseguran que viven unas carpas enormes. Después, estaría bien acercarse a ver algún museo, para ver algunos cuadros famosos. ¡Madre santa, qué calor más insoportable hace aquí dentro! Como no pongan en marcha el aire acondicionado me va a dar algo…

Hoy es mi día

Siempre envidié a los más rápidos del grupo, no tiene ningún sentido negar esta evidencia. Cuando llegaba el tiempo de moverse rápido, yo ni siquiera estaba entre los de la parte media, aquellos que no destacaban especialmente, sino que siempre fui el más lento de todos, el que se quedaba atrás, el objeto de todas las burlas de mis compañeros. No recuerdo ni una sola vez que no fuera el último del grupo en alcanzar la meta, el que cerraba el pelotón, siempre muy alejado de los puestos de cabeza. Para cuando finalizaba el recorrido, los demás ya disfrutaban de una magnífica comida hacía largo rato y me miraban con cierto desprecio contenido cuando pasaba por su lado.
Fue en uno de esos días de máxima humillación cuando pergeñé el audaz plan que ahora llevo a cabo, con un único objetivo: ser, por una vez, el ganador de la carrera, el más rápido, el primero en darse el festín.
Con mucho esfuerzo y sufrimiento he conseguido encaramarme a una de las enormes ruedas de este tractor y me aferro a ella con todas mis fuerzas para no acabar con mi caparazón contra el suelo. Desde aquí, puedo observar a los dos que marchan en cabeza, orgullosos, seguros de sí mismos y de una nueva victoria. Pero esta vez yo seré el vencedor de esta carrera hacia las verdes, frescas y sabrosas lechugas. El tractor se ha puesto en marcha y ya noto la vibración del motor monstruoso bajo mi piel resbaladiza. En cuanto la rueda comience a girar, me caeré por el otro lado y adelantaré a esos malditos caracoles de inagotables ansias de grandeza. Sólo espero haber calculado todo bien y que la rueda no me aplaste en el intento.

Imagen de hans janssens en Pixabay

A por el próximo siglo

No necesito hacer realidad ningún sueño de gloria porque ya se ha cumplido todo aquello que podía desear. Disfruto de una vida larga, plena de fama y reconocimiento, mucho más allá de lo que jamás imaginé. He tenido la inmensa fortuna de residir en dos continentes, cosa de la que no todo el mundo puede presumir. Cierto es que en el primero no fue por mucho tiempo pero ¿qué mejor ciudad que París para vivir en Europa? Después me surgió la gran oportunidad de cruzar el charco, el océano Atlántico, en busca del cálido horizonte donde siempre se pone el sol, para llegar a la tierra de las oportunidades, para llegar a América. ¡Oh, América!

Me establecí cerca de Nueva York, a un paso de la gran ciudad que por ese entonces comenzaba a despertar, igual que un oso emerge de su letargo tras el duro invierno. Desde mi atalaya la he visto crecer a pasos agigantados, mientras quedaba atrás la miseria del siglo diecinueve y evolucionaba hacia lo que es hoy en día, una urbe cosmopolita más cercana a mis sueños que a la realidad mundana. Mi destino original quizás era otro, diferente, al lado de mis compatriotas, pero aquí me siento de igual manera integrada y querida. Y así ha sido durante el último siglo y pico.

La verdad, no me siento vieja para nada. Deseo contemplar las próximas décadas desde mi pequeña isla, en paz y tranquilidad: quiero ver cómo este mundo se hace todavía más grande mientras me aproximo a mi siglo y medio de vida.

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Más allá de la luz del Sol

Amanda Seorney siempre ha sido la primera en muchas cosas, pero ninguna tan espectacular como la que está llevando a cabo en los últimos años. Nacida en Uganda, es la persona con el mayor coeficiente intelectual en la historia de la humanidad: ya dominaba ocho idiomas antes de los diez años y estudió seis carreras de manera simultánea, todas concluidas con honores antes de los dieciséis, en el MIT, Harvard, Oxford, UNAM, Stanford y UPM. Ingresó en la Agencia Mundial Espacial a principios de la década de los noventa y dirigió con rotundo éxito la primera colonia permanente en suelo marciano. Esto ocurrió hace diez años. Después, se presentó voluntaria para capitanear el primer vuelo tripulado a Júpiter, en una misión que tenía una duración prevista de tres años y aterrizaría en todas sus lunas, con el objetivo de evaluar la posibilidad de instalar una o más bases que permitieran a la humanidad expandirse por los confines del Sistema Solar. La nave, llamada Nuevo Horizonte, la fabricamos en tiempo récord y fue la primera que logró alcanzar la décima parte de la velocidad de la luz, una velocidad impensable hacía solamente cien años. Todos nos sentíamos muy orgullosos del logro. Al menos, lo estábamos hasta que se produjo el imprevisto —por así decirlo— que causó una avería irreparable en el sistema de impulsión, que impedía frenar el avance del motor de neutrinos. La tripulación no la pudo remediar por su cuenta y seguimos buscando una solución desde entonces. Esto tuvo lugar hace un año y medio.
A partir de este punto, empieza la información reservada a la opinión pública. Donde el mundo sólo vio una catástrofe, Amanda calculó una posibilidad, un desafío: el destino había puesto al alcance de la humanidad la opción de llegar hasta la estrella más próxima conocida, Alfa Centauri A.
La tripulación estaba formada por nueve personas y disponía de alimentos suficientes para cuatro años, en previsión de que la misión original a Júpiter pudiera alargarse o surgiera algún inconveniente manejable que excediera la duración programada. La idea de Amanda era simple, aunque tenía importantes connotaciones humanas y filosóficas: podían morir todos de camino a ninguna parte, alejándose de nuestro sistema solar cada vez más, atrapados en una nave errante, o tratar de alcanzar la estrella Alfa Centauri A, donde aguardaba el que podía ser el planeta habitable más cercano a nuestra querida y maltratada Tierra. Con las limitaciones de la nave, se tardarían cuarenta años en llegar al nuevo destino y sólo podría conseguirlo uno de ellos, puesto que necesitaría todos los alimentos disponibles en la nave para sobrevivir durante este extenso período y, aún así, el tripulante solitario tendría que buscar la manera de racionar las provisiones para sobrevivir por cuatro o cinco años más.
La idea parecía un disparate a priori y así se lo hicimos saber a Amanda desde la Tierra, aunque todos éramos conscientes de que, para cuando llegáramos a desarrollar una nave de rescate más rápida que pudiera socorrer a la tripulación perdida, la Nuevo Horizonte ya se encontraría fuera de nuestro alcance para siempre. En definitiva, estaban condenados, de una forma u otra.
Hoy sabemos que no lo echaron a suertes y que existió una votación. También sabemos que Amanda se negó a ser la única superviviente y asumir tan increíble carga sobre su conciencia, pero así lo acordaron entre todos. La única condición que puso el equipo fue disponer de un plazo de una semana para asumir el destino elegido y poder despedirse de sus seres queridos. Transcurrido este período, ingirieron una dosis letal de fármacos (procedentes del botiquín de la nave) y murieron. Amanda se encargó de lanzarnos uno por uno al espacio en las cápsulas mortuorias de titanio. Emitió un mensaje advirtiéndonos de esta situación, para que pudiéramos encontrar los ataúdes en el inmenso vacío espacial gracias a las balizas localizadoras, en algún punto entre Marte y el cinturón de asteroides. A pesar de esto, si no lográramos interceptarlas, al menos los mártires tendrían una despedida por todo lo alto, al convertirse en las primeras personas incineradas en el astro rey, pues Amanda había calculado el lanzamiento las cápsulas para que alcanzaran el sol.
Tras despedirse de sus amigos, puesto que el trato de compañeros tras el sacrificio que habían hecho se quedaba muy corto, Amanda comenzó a organizar su vida a bordo para llevar a buen término su idea. Por delante, un viaje de más de cuatro décadas la esperaba. Para cuando alcanzase su destino, contaría setenta y cuatro años.
Durante meses, Amanda nos ha enviado informes puntuales, en los que detallaba cada paso que seguía. Luego, se han ido espaciando cada vez más, a medida que se aleja de nosotros.
No sabemos si logrará alcanzar su destino. Quizás, en un soleado día entre el quince y el veinte de julio del año dos mil ciento cincuenta y uno, recibamos un mensaje de Amanda a la luz de una estrella distinta a nuestro sol. Por el momento, sólo nos queda esperar.

La primera

Soy La Pionera. Así, en mayúsculas. Fui la primera en asumir un verdadero riesgo de consecuencias imprevisibles para la humanidad. Ya sé lo que estáis pensando: que quién será esta imbécil que rezuma soberbia por cada poro de la piel. Pues estáis equivocados. Cuando lleguéis al final de estas pocas palabras, vais a entenderlo todo y a darme la razón.

Engañé a Dios y al Diablo, así como lo digo, sin anestesia. No voy a andarme con paños calientes a estas alturas de la película, porque no tengo paciencia ni ganas. Hice lo que tenía que hacer para dar un poco de vidilla a nuestra monótona existencia y para huir del bodrio de sitio en el que nos habían confinado, aburrido a más no poder, donde no podíamos hacer nada que resultara medianamente entretenido. Y, de paso, mi acción nos sirvió para descubrir un montón de cosas muy interesantes que, de otra manera, hubiéramos ignorado durante un tiempo (no mucho, la verdad, porque yo no habría aguantado allí de todos modos). No me costó gran cosa convencer a Adán —me veo en la obligación de mencionar en este punto que era un tipo bastante simplón—, para que comiera el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, tan malo, tan prohibido para nosotros. Y cuando lo catamos vimos que era muy dulce y sabroso, y esto era bueno, para qué lo vamos a negar. Y no, no era una manzana insípida, fruta que odio, sino unos higos bien maduros y blanditos. Eso sí, tuvimos que tener mucha precaución al recolectarlos porque había un enjambre de avispas en la higuera dándose un festín, zumbando de fruto en fruto, pero fueron bastante comprensivas con nosotros y no nos atacaron, ignoraron por completo nuestra presencia.

En cambio, Dios sí que se encabronó bastante conmigo por tener la osadía de desobedecerlo y engañar al santo varón (ya veis qué tentación más grande, con una mierda de fruta), aunque a día de hoy el tema no parece que fuera para tanto, visto cómo han ido después las cosas. También es cierto que Dios se partió el pecho de la risa cuando le pisé la cabeza a aquella serpiente, la cual siseó algunas palabras ininteligibles, a las que no hice caso, antes de pasar a mejor vida. Y de este hecho, nada cuentan los libros. Todavía me da grima cuando recuerdo cómo se retorcía aquel cuerpo sibilino y fibroso bajo mi pie desnudo. Esos bichos siempre me han dado un asco que me muero. Lo siento por ella, pero eligió un mal día para cruzarse en mi camino.

Capones

Nemesio. El nombre ya casi es suficiente para saber que el maestro era de los de la vieja escuela. Era un hombre de pelo cano, casi blanco, ojos de color azul hielo, mejillas enrojecidas y labios finos y apretados que, en ocasiones, se distendían en una sonrisa torcida y socarrona. Cuando empezamos a asistir a sus clases de refuerzo de matemáticas ya estaba jubilado. Seguía en activo porque le encantaba enseñar (y porque supongo que tampoco le vendría mal un dinero extra, habida cuenta del salario que tiene un profesor de colegio o de instituto). Diría que lo suyo era vocacional porque no creo que abunde la gente, de más de sesenta y cinco años, que esté dispuesta a pedalear diez kilómetros diarios para dar una hora de clase a cuatro o cinco adolescentes. Deduzco que el haber estudiado en un colegio de frailes le había provisto de una voluntad férrea. Otros, en su misma situación, se dedicaban a matar el tiempo jugando partidas a la brisca o al tute en el bar y bebiendo vino.         

El pilar de su método consistía en que la letra con sangre entra: que no resolvías bien un problema, un capón; que hablabas o te reías en clase, un capón; que te pillaba distraído mirando hacia otra parte que no fuera la pizarra, un capón; que mirabas cómo le daba un capón a tu compañero, pues para ti otro de regalo. Eran bien duros los nudillos de ese hombre, curtidos a base de miles de impactos contra los cráneos de sus alumnos. Hacía bastante daño y eso que, en esos tiempos, casi nos los propinaba a modo de broma, mientras se reía. No me quiero ni imaginar cómo sería en su mejor época. Hoy en día, esta actitud sería impensable (o, más bien, pensable pero impracticable). Seguro que los padres lo denunciarían a él y al colegio por maltrato, el alumno tendría que ir al psicólogo y Nemesio sería viral en internet porque alguien en el aula habría grabado la escena con su móvil, el mismo aparato que no debería estar usando en una clase por respeto a su docente.

Sólo nos dio clases durante unos cuantos meses, hasta que hicimos los exámenes de selectividad en junio y los aprobamos. El día que fuimos a contárselo, el hombre pareció sentirse feliz por la noticia. Lo último que recuerdo de él es verlo mientras se alejaba pedaleando en su bicicleta, a la altura de la gasolinera, con la pernera derecha del pantalón metida por dentro del calcetín para no mancharse con la grasa de la cadena.

Aquellos no tan terribles años

Estudié Enseñanza General Básica en los míticos años ochenta, cuando todavía no existía la Playstation, Netflix, Youtube, ni los móviles, y únicamente disfrutábamos de dos canales de televisión en los que, cuando hacía mal tiempo, sólo distinguíamos unas formas vagas entre el ruido blanco (popularmente conocido como nieve). En esa época tan remota, en la que todavía caminaban entre nosotros los dinosaurios, los ordenadores funcionaban con cintas o disquetes y atesoraban menos memoria que un grillo. Tampoco habían florecido los instagramers ni los followers, aunque sí los haters: sólo que entonces no los conocíamos como haters, sino como los malotes del colegio que pegaban a otros niños y se metían en líos.
El colegio donde estudié, un edificio de dos alturas de fachadas de color azul y tejado gris, disponía de un gran patio de recreo y contaba con dos canchas, una de baloncesto y otra de fútbol, asfaltadas, donde más de una vez nos despellejamos las rodillas. Una de las esquinas del patio había sido una escombrera de carbón y fue el lugar elegido por el colegio para instalar un invernadero, que terminaría siendo destruido por un temporal de viento. La parcela limitaba por los laterales más cortos con dos barriadas: una de viviendas sociales, que había sido levantada en torno a los años cincuenta para albergar a los mineros de la empresa estatal Hunosa; y la segunda, una pequeña urbanización edificada a principios de los ochenta sobre los terrenos inestables de lo que había sido un lavadero de carbón. En el lado sur, la linde la formaba una verja que separaba el patio de la vía del tren y del río (antaño plagado de truchas y hoy en día arrasado), mientras que hacia el norte se situaba la carretera comarcal, todo encajado como las piezas de un puzle en el fondo de un estrecho y típico valle asturiano, donde en invierno apenas llegábamos a ver el sol danzando sobre las montañas.
En esa época tuve profesores de los que guardo un grato recuerdo. ¿Cómo olvidarse de Imelda, toda ella menuda y bajita, de carácter dulce y enorme corazón? ¿O quién no recuerda a José Antonio quien, además de enseñarnos a cultivar lechugas, tomates y calabacines en aquel invernadero del que hablaba antes, era el profesor de matemáticas, dibujo y manualidades, clases en las que en alguna ocasión volaba un borrador de la pizarra para asustar a algún alumno charlatán y desobediente? ¿Y quién se puede olvidar de Juan Antonio, que por muchos años fue el director, alias el Dire, alias El Barbas (así lo llamábamos porque tenía barba, tan inocentes éramos entonces), gritando por los pasillos para poner un poco de orden (¡Los de octavo! ¡Por allíííííí! ¡Los de séptimo! ¡Por allííííííí!, se desgañitaba, llevándose las manos hasta debajo de la barbilla antes de extender los brazos indicando la dirección que debíamos tomar para ir a nuestras aulas? ¿Y Covadonga? ¿Cómo olvidarla? Años más tarde, cuando ya íbamos al instituto, nos acercó en su coche un día desde la población vecina (siempre íbamos y veníamos a pie, a diario, cuatro kilómetros de trayecto en total) e hizo un comentario que entonces no entendí muy bien: cada año que pasa, todo se vuelve más complicado. Entonces creí que hablaba de los estudios pero tiempo después me di cuenta de que se refería a la vida en general. También estaba Andrés, que fue mi primer profesor de inglés y era de origen catalán, llevaba gafas de pasta y lucía una espesa barba negra. A pesar de la barba, sólo era el profesor Andrés, no El Barbas Dos.
Más tarde, ya en el instituto, tuve otros profesores entrañables: Julio, quien nos enseñaba matemáticas y que una mañana se presentó en clase con un látigo negro, con el que se dedicó un buen rato a tratar de alcanzar el interruptor de la luz para encenderla (murió muy joven, de cáncer); Dolores, la profesora de lengua, de pelo marrón claro rizado y ojos vivos, que ya por entonces era algo mayor, pero gozaba de una memoria prodigiosa y soltaba unos comentarios irónicos que muchas veces hacían que toda la clase estallara en carcajadas; Lillo, un hombre delgado, alto y tieso como una vara de avellano, que siempre vestía de traje y corbata, que nos dio clase de literatura en COU y, aunque nos pareció un estirado, resultó ser muy paciente con todos y cada uno de nosotros (luego descubrimos que era catedrático y, aun así, no le importaba dar clases en el humilde instituto de su pueblo); Salvador, el profesor de filosofía en COU, que hacía las clases muy amenas y quien me animó a seguir estudiando a pesar de que yo quería abandonar tras haber suspendido varias asignaturas en el primer trimestre (nunca antes había suspendido ningún examen); Pepín, que también nos enseñaba filosofía y ética, en tercero de BUP, y que nos ponía de vez en cuando alguna película de pretendido contenido filosófico en sus clases; Elda, nuestra profesora de latín, que tenía una extraña voz ronca y era tan severa que no nos atrevíamos ni a respirar en sus clases, por miedo a que nos hiciera salir a la pizarra o nos preguntara algo (y, de hecho, nos tomaba la lección de manera alternativa hasta que a toda la clase le había tocado el turno). Y son tantos otros los maestros que resulta complicado recordar todas las caras y nombres.
Después llegó la universidad y allí conocí a muchos otros profesores brillantes (incluso tuve uno que recibió una oferta para incorporarse a la NASA y la rechazó), aunque ya nunca fue lo mismo porque, en esta etapa más cercana a la edad adulta, se terminó por perder algo que ya habíamos comenzado a echar de menos en los años de instituto: la cercanía y el trato familiar de los maestros del colegio, los mismos que nos habían visto crecer desde que éramos unos mocosos en el parvulario y que pasaron, tal vez sin pretenderlo, a formar parte de nuestra vida.