COVID INC.: Comunicado del CEO a todo el grupo

Estimados compañeros:

Estas navidades están siendo un poco diferentes, según nos cuentan los que llevan más tiempo en activo. Como ya sabéis, nosotros apenas acabamos de aterrizar en este negocio, por lo que carecemos de un amplio conocimiento acerca de lo ocurrido en el sector en los ejercicios precedentes.

Nuestra empresa nació hace poco más de un año y, en nuestros orígenes, se trataba de una compañía con una visión puramente local y sin grandes planes de expansión; más tarde, detectamos una clara oportunidad de negocio en un nicho de mercado que no podíamos dejar escapar y que permitió la expansión de nuestra compañía. Y logramos alcanzar uno de los crecimientos más altos del sector. Tanto, que nos convertimos en multinacional.

El primer semestre del año nos ha ido muy bien: abrimos miles de delegaciones, al principio en Asia y después también en Europa, continente que era nuestra salida más rápida y directa. El crecimiento de la empresa fue tan perfecto, tan digno de estudio en los futuros libros de economía, que nos permitió iniciar también operaciones en América y Oceanía en pocas semanas. En el continente africano, donde hemos entrado un tiempo después, no logramos obtener los resultados esperados: se trata de un mercado muy complejo y se necesitan demasiados recursos para desarrollar nuestra unidad de negocio con éxito. Pero seguimos con la idea de expandirnos allí aunque, si la situación no mejora en los próximos meses, es posible que tengamos que abandonar las operaciones en estos países. El equipo de estrategia de mercado se encuentra estudiando la viabilidad del negocio en esta parte del mundo.

Por otro lado, Papá Noel ha llegado con un poco de adelanto para nuestra compañía: los chicos de I+D+i han realizado un esfuerzo encomiable y nos han permitido lanzar al mercado un par de nuevos productos, justo a tiempo para la campaña navideña, en los que tenemos depositadas muchas esperanzas de cara al nuevo año que comienza. El primero lo hemos probado con éxito en Inglaterra, con la idea de concluir un estudio de mercado representativo, incluso a pesar del brexit y todo lo que esta situación tan desagradable conlleva. Por ahora, la nueva línea se está vendiendo muy bien, aunque esperaremos hasta después de las fiestas navideñas para anunciar el éxito a bombo y platillo.

El otro producto es más difícil de evaluar, porque depende en parte de los movimientos de nuestros competidores. Ellos están desarrollando una línea nueva con características diametralmente opuestas a nuestra unidad principal de negocio y que está teniendo una enorme aceptación en todo el globo. Podría sacarnos del mercado en escaso tiempo si no actuamos con rapidez, pero tenemos grandes esperanzas depositadas en nuestras nuevas alianzas con perros y gatos. Ya tenemos algunos acuerdos-marco firmados a nivel mundial, aunque es pronto para realizar un anuncio institucional en este sentido. Ellos van a ser nuestros nuevos agentes, nuestra renovada fuerza de ventas, los que nos abrirán el camino a millones de nuevos clientes potenciales. Sin duda, este año que empieza será igual de excitante que el que terminamos y promete nuevos retos para nuestra empresa, que esperemos continúe por la senda del crecimiento como hasta ahora.

Recibid un fuerte abrazo.

Felices fiestas.

Visita esperada en Nochebuena

Este año que termina ha sido un año de mierda, para qué negar la evidencia, aunque para mí no haya tenido excesivas diferencias con los años anteriores. Dicen que hay un virus que anda suelto por ahí, pero a mí ni me va, ni me viene.  Hay temas por los que dejé de preocuparme hace mucho tiempo como, por ejemplo, quién ganará la liga, si los intereses de las hipotecas suben o bajan, si hoy el súper cierra porque es festivo y no me quedan huevos en la nevera, o si el presidente del gobierno ha hecho una nueva promesa que todo el mundo sabe de sobra que no cumplirá.

En cambio, sí me interesan otros asuntos menos trascendentales, como son el tiempo que va a hacer y si Adela vendrá a verme en Nochebuena, como cada invierno. Lo del tiempo tiene más fácil explicación: por estos lares suele llover a menudo (cosas del norte) y se pone todo hecho unos zorros en cuanto jarrea dos o tres días seguidos. Para Nochebuena los del tiempo dan cielos despejados, así que brillará el sol durante el día, a pesar de que haga un frío que pele en cuanto oscurezca.

Hace meses que la echo de menos, más o menos desde mediados de marzo, aunque intuyo que estaría ocupada con otros asuntos más importantes y le habrá sido imposible venir hasta aquí. Si es que vivo en mitad de la nada ¡qué le voy a hacer! Por otro lado, tampoco la he visto entre mis vecinos, así que entiendo que debe de encontrarse bien de salud. Además, en este lugar ni siquiera hay cobertura, por lo que tengo un poco difícil llamarla, y tampoco es que me mueva demasiado fuera del pueblo: admito que soy un poco sedentario y me cuesta salir y relacionarme.

Adela es una mujer previsora y seguro que viene medio oculta bajo algún abrigo grueso cuando aparezca por aquí. No le gusta el frío y odia la lluvia porque siempre ha sido más de secano y de calor (cosas de su sangre andaluza). Cuando nos trasladaron a ambos a la fábrica de Vigo, se le vino el mundo un poco abajo y no tuvo más remedio que hacerse a la idea de que tendría menos sol y muchas más nubes que en su Cádiz natal. Nunca terminó de gustarle del todo esta tierra, pero se lo tomó como un mal necesario que debía padecer para seguir adelante. Ahora sé que vive otra vez en Andalucía, cerca de Córdoba, y ha conocido a alguien. Lo sé porque ella me lo ha contado. Yo me alegro de que haya conseguido rehacer su vida, dado que para mí esto es una quimera. Al fin y al cabo, he pasado a un segundo plano, me guste o no. Al principio no lo llevaba nada bien, he de admitirlo, pero luego uno se termina acostumbrando a ser una especie de reliquia necesaria a la que, de cuando en cuando, hay que limpiar el polvo.

Eso suele ocurrir la primera vez del año a finales de abril, si todo va bien. Y, por supuesto, en Nochebuena. En este día, Adela siempre lo deja todo como los chorros del oro: me trae unas flores frescas, limpia el granito (lo del brillo ya es otro cantar, por eso os decía lo de la lluvia; el paso de millones de gotas de agua a lo largo de los años, ha hecho que la piedra haya perdido su antiguo lustre) y me da un poco de conversación, de la que ando tan necesitado por estos lares.

Sí, la verdad es que el día de Nochebuena es un buen día. Para ella, quizás no lo sea tanto, pues muchas veces observo que los ojos se le llenan de lágrimas cuando me habla, mitad de las cuales son de tristeza y la otra mitad, de rabia. La tristeza es por mi pérdida, eso lo sé. Y la rabia, por haberme ido antes de tiempo. Este día los recuerdos ganan el terreno a la realidad, por unas horas, y algunos no son agradables.

En fin, creo que es hora de dejar aparcada esta charla. Adela ha asomado hace un par de minutos por la puerta del cementerio y camina en mi dirección, está a punto de llegar. Y sí, viste un abrigo, ese rojo hasta las rodillas que tanto que me gusta. Fue el último regalo que le hice.

#unaNavidaddiferente

Corre conmigo

Donde yo vivo, hay días buenos y días malos. Hoy es uno de éstos últimos, el primero de muchos que vendrán después. A partir de ahora, vuelven las prisas y el no saber si regresaré viva a casa o no volveré a pisarla jamás.
¡Qué dura y estresante es la vida de la liebre durante la temporada de caza!

El huerto

Mi tío Luis manejaba la azada como si fuera una extensión de sus brazos: con cada golpe, habría un profundo tajo en la tierra del huerto, lanzando diminutos guijarros y generando enojadas nubecillas de polvo.
En la comisura de los labios, como si siempre hubiera pertenecido a aquel sitio, descansaba un cigarrillo, que unas veces aparecía vigoroso cuando mi tío daba una profunda calada, mientras que en otras ocasiones perdía todo su fuelle hasta casi apagarse. De hecho, no eran pocas las veces que Luis se olvidaba de su existencia y tenía que emplearse a fondo con el mechero para revivir de nuevo aquellos Celtas que, años más tarde, fueron sustituidos por Ducados. Con su porte fibroso, el semblante serio protegido bajo un sombrero de paja y el pitillo en la boca, guardaba cierto parecido con Humphrey Bogart, si es que alguna vez éste se hubiera dedicado a la horticultura.
Cuando veía a mi tío pasar por la calle, desde la diminuta ventana de la cocina de la casa de mi abuela, me apresuraba a salir tras sus pasos: si estaba haciendo alguna tarea del colegio, movía el lápiz a la velocidad del rayo; si veía algún programa en la televisión, me faltaba tiempo para saltar de la silla y pulsar el botón de apagado del aparato; si estaba absorto dando buena cuenta de la merienda (por lo general, un bocadillo de Nocilla o de queso), asestaba unos enormes mordiscos y sólo quedaban unas pocas migas sobre la mesa para cuando salía por la puerta…
Sin duda, los veranos eran lo mejor del año. No puedo describir la sensación de felicidad que me invadía al llegar al huerto de mi tío, un solar que siempre daba la impresión de estar a pleno rendimiento, donde cultivaba patatas, alfalfa (para alimentar a las cuatro vacas que tenía), pimientos, calabacines y cebollas. Además, tenía un cerezo, un peral, un manzano y un ciruelo, con lo que se aseguraba fruta fresca desde mayo hasta octubre. Desde siempre, lo que más me gustaban eran las ciruelas claudias, tan dulces que parecía que alguien les había inyectado azúcar; las numerosas avispas que rondaban el árbol a finales de verano opinaban también lo mismo.
Uno de los motivos por los que el huerto resultaba tan fructífero era por el pozo de agua, excavado a pico y pala por él. Tenía una profundidad de unos cuatro metros y todo el brocal estaba construido con ladrillos macizos. En el fondo, el agua cristalina y fría del manantial subterráneo se filtraba por un lecho de guijarros. Siempre me había sorprendido que no se apreciara en la superficie vestigio alguno de aquel tesoro líquido que corría bajo nuestros pies: las tierras que se extendían más allá de la tapia de adobe, en las que se plantaba cereal, no conocían el verdor de ninguna planta desde finales de julio, con la excepción de algún que otro cardo borriquero aislado.
Una mañana de julio, pescamos unas truchas en el arroyo que discurría a las afueras del pueblo y conseguimos mantenerlas vivas hasta liberarlas en el pozo. Allí vivieron durante varias semanas, hasta que mi tío sacó toda el agua para regar una tarde de finales de agosto y, sin perder tiempo, metió una escalera de mano por el agujero y descendió hasta el fondo, para atrapar la media docena de peces que habían quedado confinados en apenas un círculo de un metro de diámetro y treinta centímetros de profundidad. No podía demorarse mucho porque el agua entraba con rapidez y, en cuestión de una hora, volvería a alcanzar los dos metros de altura.
Aquella noche cenamos las truchas, fritas con lonchas de jamón. Los peces me dieron un poco de pena al principio, pero el sentimiento se me pasó enseguida al morder la piel crujiente y saborear su fina y deliciosa carne. Estábamos a la mesa mi abuela, mi tío y yo. Mi abuela había enviudado muy joven, hacía ya casi veinte años. Desde entonces, la única compañía ocasional que tenía era la de mi tío (que, en realidad, era un tío segundo porque era el hermano de mi abuela) quien vivía un par de casas más arriba, en la misma calle.
Él disfrutó de aquella cena como si se tratara de un banquete compuesto de los más deliciosos manjares. Tras dar buena cuenta de las truchas, sacó una cuña de queso de oveja bien curado de una bolsa que había traído consigo y, con la navaja que siempre llevaba encima (mi abuela contaba que mi abuelo la había encontrado en una cuneta, al poco de acabar la guerra), cortó un generoso pedazo y me lo tendió. Esbozaba una amplia sonrisa, aunque unas ojeras de cansancio deslucían un poco su expresión. Creo que entonces ya sospechaba que estaba gravemente enfermo y, por este motivo, en las últimas tardes se había mostrado más alegre y despreocupado de lo habitual.
Tras saborear el queso y apurar los últimos tragos del vino tinto que quedaba en su vaso, se recostó un poco en la silla y encendió un pitillo. Tosió un par de veces antes de recuperar la compostura, mientras lanzaba una mirada recelosa a la cajetilla, como si supiera que era la culpable de su mal.
Fumó un par de cigarrillos más hasta que, a eso de las once y media de la noche, se levantó de la mesa, se guardó la cajetilla y el mechero en el bolsillo de la camisa y se despidió de mi abuela y de mí, deseándonos buenas noches. Fue la última vez que lo vi salir por la puerta del patio en el que compartíamos mesa los tres, en las apacibles noches de verano.
Moriría a la tarde siguiente a causa de un infarto, mientras labraba el huerto que tanto amaba. El cáncer de pulmón no llegó a tiempo.

Por fin

Por fin puedo caminar sobre la arena húmeda de la playa y deleitarme viendo cómo el agua borra mis huellas. Por fin puedo sentir las frescas salpicaduras de la espuma de las olas en mi rostro. Por fin puedo disfrutar del olor a salitre y del azul profundo.
Pero, de momento, sólo puedo imaginar este viaje. Me tengo que conformar con el aire enlatado que me proporciona el respirador y con repudiar los anodinos colores de las paredes de la UCI.

El desconocido

El tío Nilo (diminutivo que viene de Petronilo, nombre raro donde los haya) vive con nosotros desde hace años. Es muy alto para lo que solía ser la media de España en el año mil novecientos cuarenta y cuatro, cuando nació: desde su privilegiada estatura de metro ochenta y cinco siempre parece mirar por encima de uno, hacia lo que le viene de frente. Es delgado, casi parece un saco de huesos, y tiene más arrugas que una bola de papel de las que tiras a una papelera. Sus ojos, a pesar de la edad, conservan un límpido color azul, casi el mismo que tenía en sus tiempos de juventud y que encandiló a la tía Daniela, que en paz descanse (y, me atrevo a decir, que a otras mujeres antes que a ella).

Pero hoy esos ojos azules están ausentes, como demasiadas veces lo han estado a lo largo de las últimas semanas. Este confinamiento tan extraño causado por el virus ha provocado un efecto en mi tío que nadie en la familia esperaba: ha avivado sus recuerdos de lo sucedido una madrugada de hace cuarenta y tantos años, cuando se vio retenido en un calabozo por formar parte de una huelga. Revive esas pocas horas una y otra vez, y no porque los policías le dieran una buena tunda, sino por la atípica compañía que tuvo en la celda: un hombre misterioso del que nunca supo su nombre.

El tipo era de complexión media y parecía un poco entrado en kilos, pero nada en él resultaba estridente ni llamativo: si te lo cruzaras por la calle, te olvidarías de su aspecto un minuto después. Hablaba un castellano perfecto, pero sin acento que delatara su provincia de origen, lo que llamó la atención de Nilo. Pero lo más sorprendente era que no le habían puesto la mano encima, mientras que el ojo derecho de mi tío estaba adquiriendo un bonito tono morado.
Nilo le preguntó entonces de dónde era y el hombre, con una media sonrisa un poco cínica, le respondió que era extranjero y añadió que no tardaría mucho en salir de allí. A continuación, quiso saber el motivo por el que lo habían retenido; el desconocido le respondió que, si se lo contara, tendría que matarlo. Ante la rotundidad de su respuesta, mi tío se amedrentó un poco y guardó silencio. Por increíble que pareciera, daba la impresión de hablar en serio. Entonces el otro le preguntó qué había hecho él para que tuviera un ojo a la virulé; mi tío respondió que apoyar una huelga para tratar de mejorar las condiciones de los trabajadores de la mina. El otro meneó la cabeza con gesto de desaprobación y chasqueó la lengua. Mi tío bajó la mirada al suelo y se arrepintió de inmediato de habérselo dicho. Quizás había hablado más de la cuenta con aquel desconocido.
Estaba amaneciendo cuando dos policías, uno de los cuales era el mando de mayor rango en el cuartel, se acercaron a la reja. Abrieron la puerta para invitar al hombre a salir y, cuando estuvo a su lado, hicieron algo que ni en mil años mi tío hubiera imaginado que pudiera ocurrir: pidieron disculpas  al hombre, mientras inclinaban la cabeza en señal de respeto. No tenían valor para mirarle a los ojos.
El otro se volvió hacia mi tío y esbozó una sonrisa cargada de malicia, como diciendo: ¿Ves como no te mentía? Y, a continuación, ordenó algo que hizo que me tío lo mirara con absoluta perplejidad.
—Dejen en libertad a este hombre. Y no se les ocurra volver a tocarlo nunca más, si no quieren acabar metidos en el peor tugurio que puedan imaginar, ¿me han entendido? Nunca —se quedó pensando durante un instante—. Y a su familia, tampoco —añadió. Y, guiñando un ojo a mi tío, abandonó la estancia.
Ni que decir tiene que los policías, para su sorpresa, acataron la orden sin rechistar.
Mi tío nunca averiguó la identidad de aquel hombre, aunque le pareció reconocerlo en un programa de televisión americano mucho tiempo después, en la época de los atentados del 11-S. Entonces era un alto cargo dentro del gobierno de los Estados Unidos. Pero tampoco pudo asegurar con absoluta certeza de que se tratara del mismo hombre que había compartido celda con él, siempre se quedó con el resquemor de la duda.
Y así quedó la cosa, hasta la llegada del coronavirus.

El confinamiento le ha traído de vuelta esos viejos recuerdos, supongo que a causa de esta nueva privación de libertad, tan extraña como inesperada. Y mientras pasan los días, sigue tratando de imaginar quién sería de aquel tipo.

Una piedra en el camino

Hace una semana que mi abuela acaba de cumplir noventa años. Por el camino, ha superado una guerra civil, una posguerra, una dictadura, una transición, tres crisis económicas bastante gordas y un cáncer. De lo del cáncer, ya casi hace dos décadas. También es viuda desde que yo tenía seis (mi abuelo —que había ganado la batalla a la mina de carbón durante más de veinte años— murió joven apenas trece meses después de la jubilación, de un derrame cerebral) y ha sobrevivido a dos de sus hermanos.

Su buena salud y su longevidad supongo que son genéticas —mi bisabuela, nacida en el año en que se hundió el Titanic, vivió hasta los ochenta y cuatro— y, hasta hace nada, se apañaba ella para todo y no permitía que nadie la ayudase. Eso fue hasta hace un par de años, más o menos. Luego, ha empezado a fallarle un poco la cabeza y es mejor que no esté sola; o, al menos, no todo el tiempo. Pero, pero suerte, los períodos lúcidos todavía superan en número a las lagunas que sufre, aunque hay veces que se pasa largo rato hablando las mismas cosas. También es bastante cascarrabias, pero eso creo que nos viene impreso en algún gen a casi toda la familia (porque yo también lo soy).

Con todo este equipaje vital a sus espaldas y cuando parecía que ya no iba a ocurrir nada de especial trascendencia en el tramo final de su vida, aparece un virus chino de la nada y pone el mundo patas arriba. Un enemigo que no se ve ni se oye, que ha dejado miles de víctimas en el país, igual que lo haría una guerra civil, que nos hace sufrir penurias y que nos ha sumido en la dictadura del confinamiento durante semanas. Ahora parece que comienza la transición hacia la libertad perdida, mientras nos arrojan por el acantilado al oscuro océano de una nueva crisis económica, cuyas dimensiones son todavía desconocidas. El bagaje de toda una vida condensada en apenas dos meses.

A pesar de este panorama, mi abuela se ha tomado bastante bien lo de estar prisionera en su casa, aunque hay ratos en los que el tiempo se le hace eterno. A su edad ya no ve muy bien, aunque se ponga las gafas que tiene casi olvidadas en su funda marrón, y se entretiene barriendo, leyendo alguna revista vieja (viendo los santos, que dice ella) o con la tele, aunque tampoco es que la encienda mucho porque dice que no entiende nada de esos programas del corazón. Antes de la epidemia, se entretenía observando a la gente que paseaba por la acera del pueblo desde su ventana o aguardando a que llegara el panadero e hiciera sonar el claxon varias veces mientras bajaba por la cuesta de acceso a la barriada (todavía hay dos empresas que hacen reparto con furgonetas porque las tiendas más cercanas con panificadora están en la población vecina, a un kilómetro y pico de distancia). Como ahora no hay nadie por la calle, dice que no se ve un alma y que se aburre.

El otro día estaba con mi madre, hablando en la pequeña cocina, y en un momento de la conversación, mi abuela le soltó: “Como enfermes tú con el virus ese, no sé qué va a ser de mí”. Y se quedó tan ancha. A mi madre le hizo mucha gracia y a mí también (me lo contó por videoconferencia, claro, yo también estoy confinado). Ni por un momento a mi abuela se le ha pasado por la cabeza que la que pueda enfermar sea ella. Y es que, a pesar de los años que tiene, nunca piensa en cuándo le va a llegar la hora (ni ella, ni casi nadie, imagino). Quizás el haber vivido tantas situaciones difíciles le han otorgado una perspectiva de la vida que los que somos más jóvenes ni alcanzamos a imaginar y ve al coronavirus como una piedra más en el camino, que se salta (o se le da una patada para quitarla de en medio) y ya está. Benditos mayores.

Antihéroe

No soy ningún héroe, ni nunca he pretendido serlo. Es como si llevara muerto cuatro días.

Soy la consecuencia de las circunstancias adversas y de estos tiempos oscuros que nos han tocado vivir a todos, un daño colateral más, otro número para la fría estadística. He visto cosas muy duras estas jornadas, cosas que nadie debería ver nunca en su vida. Y esto es el resultado de la mala gestión, del egoísmo de nuestros gobernantes y, por qué no decirlo, de esta sociedad. Las mismas gentes que ahora son una piña, no hace tanto que se estaban sacando las tripas unos a otros. Sí, vivimos en un país de memoria demasiado frágil. Supongo que cuando acabe todo esto se inaugurarán unos cuantos monumentos, los políticos venderán que la sociedad ha cambiado, que hemos aprendido la lección… y dentro de un año, en el mejor de los casos, volveremos a las andadas.

Soy bombero y se me ha fundido el alma por completo. Esto ocurrió hace cuatro días. Desde esa mañana de lunes, ya no soy la misma persona, ni siquiera siento que pueda volver a considerarme parte de la humanidad, al menos, no de la humanidad que deja morir a veinticinco ancianos en una residencia, como perros abandonados, solos, sin ningún familiar cerca porque un virus se lo impide.

Pienso en mi padre, que tiene Alzheimer y solo se acuerda de las caras de sus hijos porque las neuronas hacen alguna buena conexión de vez en cuando, que cuando nos ve sonríe, aunque no sepa explicar el porqué. Pienso en lo que sentiría si muriera solo, sin ninguna cara conocida junto a él. Se sentiría perdido y triste. El lunes se produjo mi muerte interior. Y eso que se supone que debería estar acostumbrado a estas cosas, pero las imágenes de esas personas fallecidas siguen dando vueltas en mi cabeza, hora tras hora, como un tiovivo que se hubiera cortocircuitado.

He presentado mi renuncia al cuerpo de bomberos esta mañana, puesto que ya no podría seguir ni un día más en ese trabajo. Se salvan vidas, sí, pero necesito algo más. Necesito sentir que formo parte de una sociedad que no se olvida de sus mayores. Si me dejan, voy a hacerme voluntario para prestar mi ayuda en una de esas residencias, hoy mismo. No creo que me rechacen, porque no están muy sobrados de personal.

Y cuando esta pesadilla acabe, iré a visitar a mi padre. Cada día. Lo prometo.

 

Imaginando superhéroes

Relato finalista en el concurso HISTORIAS DE NUESTROS HÉROES, organizado por Zenda Libros e Iberdrola. Puedes leer la resolución aquí.

A medida que avanzaba por los lineales, le gustaba imaginar quiénes se ocultaban tras las mascarillas blancas y los guantes azules de cirujano, que habían convertido a las personas en rotros incompletos sin identidad propia. ¿Acaso no se parecía aquel reponedor al Capitán América? Cogió un bote de garbanzos cocidos y lo dejó en la cesta.

Se acercó hasta la carnicería y pidió unos filetes de cadera. El carnicero usó un cuchillo largo como un machete. Parecía muy afilado y brillaba de forma amenazadora. Ella se fijó un poco en el pelo y los ojos del hombre. ¿No era clavadito al Indiana Jones del Templo Maldito? El hombre le tendió un paquete metido en una bolsa, con el precio grapado, y ella lo añadió a la cesta de plástico verde.

Dejó atrás la carnicería y alguien pasó a su lado, a quien apenas logró ver. Casi parecía que volara. A lo mejor era Spiderman, que corría a comprar papel higiénico antes de que se agotara otra vez. No pudo evitar una sonrisa ante la idea del héroe arácnido en mitad de un apretón.

En la zona de las bebidas se cruzó con una mujer que fregaba el pasillo porque a alguien se le había caído una botella de vino tinto y se había hecho mil pedazos. El suelo parecía estar cubierto de sangre. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta y era alta; tenía un parecido razonable con Lara Croft. Cogió un par de latas de cerveza y dos refrescos de cola y los añadió a la cesta.

Continuó hasta la zona de cajas, donde nadie hacía cola. Cosas de la pandemia. Allí, la atendió una cajera que, bajo la máscara, podía ser idéntica a Viuda Negra, con aquella media melena pelirroja. Cuando hubo pasado toda la compra por el escáner, ella sacó la tarjeta de crédito del bolsillo y pagó. La cajera le tendió de vuelta el plástico y se quedó mirándola por un momento; bajo la mascarilla parecía sonreír, aunque tampoco podría jurarlo. ¿La cajera le acababa de guiñar el ojo? Seguro que era su imaginación, que le había jugado una mala pasada. Ella se despidió y salió del supermercado.

Caminó por la calle desierta, como hacía el doctor Robert Neville en el libro Soy Leyenda. Aunque con la diferencia de que, en la novela, el virus había convertido a la humanidad en vampiros e infectados. Menos mal que no había vampiros. Aunque, pensándolo bien, eran un poco como ella, que trasnochaba hasta las mil porque sabía que el siguiente día sería un calco del anterior. Para qué madrugar, si la monotonía lo había invadido todo.

Cuando llegó a casa eran las tres y cinco de la tarde. Mientras metía la compra en la nevera y sacaba una olla para cocer pasta, encendió la televisión, que ya estaba dando las noticias. Pedro Piqueras ocupó la pantalla, con ese aspecto de buenazo impecable que siempre lucía, aunque hoy parecía un poco cansado. Dirigió su mirada hacia la cámara para dar paso a la gran noticia del día, tras la actualización de los datos del coronavirus en el mundo.

—Y ahora conectamos con Nueva York, desde donde nuestra compañera Patricia Jiménez nos ampliará la noticia con la que abríamos este informativo. Buenos días, Patricia. ¿Se sabe algo ya acerca de la desaparición de todos los superhéroes?

Secretos

Mi madre siempre decía que las heroínas de cómic eran de ficción, que las verdaderas se encontraban en la vida real y que eran infinitamente más fuertes y poderosas que las de las viñetas.

Cuando a los doce años descubrí, en el sótano, escondido su escudo y también su armadura azul y roja, ella tuvo que explicarme algunas cosas…