Una larga mañana

La mañana en la que Julio, el profesor de matemáticas, entró látigo en mano por la puerta del aula levantó de inmediato algunas risas. Estábamos acostumbrados a sus bromas (era legendaria la que había pergeñado hacía tres cursos, cuando apareció en una reunión de padres vestido de vaquero), pero el buen humor duró poco. Sin decir palabra, cerró la puerta tras él y corrió el pestillo, cosa muy rara ya que solía dejarla entreabierta para controlar quién andaba por los pasillos durante la clase. Su rostro, dominado por la afilada nariz y el lunar en la mejilla, aparecía serio y afectado. El cabello gris, que le caía hasta los hombros y normalmente lo traía peinado hacia atrás, estaba enmarañado y sucio. Parecía que no se había duchado.
Desconcertados, tomamos asiento y guardamos silencio. Él no pronunció ni una palabra y también se acomodó en su silla, tras la mesa, de espaldas al encerado verde. Nos miró pero sin vernos: parecía más interesado en apreciar los detalles de la pared del fondo que en nuestra presencia. Se llevó la mano al bolsillo del abrigo de cuero marrón, con aire despistado, y sacó algo pesado que depositó con suavidad sobre el tablero de la mesa, junto al látigo, sin apartar la vista de la pared. Todos centramos nuestra atención en el objeto y alguien soltó una carcajada. Entonces, Julio miró con fiereza al alumno y éste guardó silencio inmediatamente. Todavía no sabíamos si se trataba de otra de sus actuaciones, pero aquello tenía un punto peligroso: el objeto en cuestión era un revólver. Los de las primeras filas apreciaron que estaba cargado, porque distinguían las balas en las cámaras del tambor. Si eran balas de fogueo o no, no podíamos saberlo, aunque íbamos a tardar muy poco en comprobarlo.
—Buenos días —saludó él. Su voz era inexpresiva, nada que ver con la habitual jovialidad con la que se dirigía a nosotros. Señaló el par de cosas que había dejado sobre la mesa—. Sabéis lo que es esto, ¿verdad?
—¡Un consolador para…! —comenzó a chillar Carlos, el gracioso del aula.
No terminó la frase. Julio se hizo con el revólver a tal velocidad que apenas logramos distinguir sus movimientos y disparó contra el chico. El estampido resonó en la sala y a muchos nos comenzaron a pitar los oídos. Durante una fracción de segundo quisimos creer que la bala era de fogueo, pero el agujero que se abrió en el cristal de la ventana detrás de Carlos deshizo la ilusión. El chico miraba a Julio con la boca abierta y se tapó con la mano la oreja izquierda. Entre sus dedos corría sangre.
—¡Está loco, hijo de puta! ¿Me ha disparado? ¡Está loco como una puta cabra! —gritó, haciendo ademán de levantarse.
Julio lo encañonó de nuevo con el arma.
—Siéntate y cierra el pico —ordenó, y luego se dirigió al resto: —Vosotros tampoco tratéis de escapar.
Unos golpes aporrearon en ese momento la puerta y escuchamos, con alivio, la voz de Ana. Se trataba de la profesora de francés y estaba en la clase de al lado, por lo que era la que antes había acudido para ver qué pasaba. La explosión había sido tan sonora que varias personas empezaban a asomarse a las ventanas en otras partes del edificio. Julio apuntó hacia la puerta.
—Buenos días, Ana. Eso que has oído ha sido un disparo de advertencia. Carlos, el gracioso, puede dar testimonio de que las balas son auténticas.
—¿Balas? ¿Pero qué cojones dices, Julio? ¡Abre inmediatamente!
—Querida, si no quieres comprobarlo por ti misma, mejor te apartas de la puerta y dejas de golpearla.
La mujer del otro lado siguió dando puñetazos y parecía que se había congregado un grupo de gente al otro lado. No tardarían en echar la puerta abajo. Julio amartilló el arma.
—¡Por favor, señorita Ana! ¡Haga lo que le dice! —era la voz de Cristina, la chica más aplicada de la clase. Hasta entonces estábamos tan paralizados por el terror que ni se nos había pasado por la cabeza advertirla del peligro.
—Muy bien, Cristina. Buena chica —alabó Julio—. Siempre tan amable y atenta. Actitudes magníficas para la vida pero que a mí, personalmente, me dan bastante repelús.
Sin pestañear, Julio apretó de nuevo el gatillo y esta vez hizo blanco de lleno en el pecho de la joven, que salió despedida. Estaba muerta. La clase estalló en gritos de horror y fuera, en el pasillo, los esfuerzos por tratar de abrir la puerta regresaron.
—¿Ana? —llamó Julio—. Creo que tenemos nuestra primera fallecida. Si no dejáis esa maldita puerta en paz, dispararé otra vez. Y no queréis que eso ocurra, ¿verdad? Y ahora todos en silencio. Necesito pensar.
Nos callamos de inmediato, a pesar de que queríamos salir de allí a toda costa, aunque fuera arrojándonos por las ventanas. Mejor una pierna rota que un tiro en la cabeza. Estuvimos unos minutos observando al profesor, quien mantenía los ojos cerrados, como si meditara. Quizás hubiéramos podido intentar reducirlo entonces, pero el arma en su mano nos disuadía.
—No tiene balas para todos. Tarde o temprano podremos con usted —dijo Pablo. Era el de mayor envergadura y fuerza de la clase.
Julio lo miró, como si sopesara disparar otra vez. No lo hizo. En cambio, se llevó la mano a uno de aquellos interminables bolsillos de la chaqueta y extrajo dos cajas de cartón.
—Doscientas balas más —informó—. Tranquilos, hay suficientes para todos. Y ahora, silencio.
Pablo obedeció y el resto, también. No volvimos a abrir la boca.
Esto ocurrió hace tres horas. Desde entonces, la policía ha acordonado el instituto y poco más. Un par de chicos y una chica han tenido que orinarse encima porque no aguantaban y Julio no les ha permitido salir. No sabemos en qué piensa. No sabemos qué quiere. Sólo está ahí con los ojos cerrados mientras el revólver permanece en su mano, al acecho, listo para rugir de nuevo.

Imagen de perictione en Pixabay

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