Un robo a deshora

El policía de guardia observaba a la niña y a su padre desde el otro lado del escritorio, donde tomaba declaración a la pequeña de siete años quien, con la autorización expresa de su progenitor y en contra de toda lógica, se personaba como la parte denunciante. Al principio, el sargento Pinar se lo había tomado a broma. Al fin y al cabo, eran las dos de la madrugada del veinticinco de diciembre cuando padre e hija hicieron su aparición triunfal por la puerta de la comisaría, a pesar de que lo más lógico sería que estuvieran en sus respectivas camas aguardando la llegada de Papá Noel. Y de eso trataba, precisamente, todo el asunto.
—Quiero denunciar un robo —fue lo primero que dijo la niña que se llamaba Sara, de precioso pelo color castaño claro y ojos negros, tras tomar asiento. La serenidad de la voz de la pequeña sorprendió al veterano agente, que rondaba los sesenta y pensaba que ya lo había visto todo.
—¿Un robo? ¿Qué clase de robo? —se interesó él, todavía receloso por si estaba siendo objeto de alguna clase de broma navideña.
—Se han llevado mis regalos, que Papá Noel ya había dejado colocados bajo el árbol —respondió, con una seriedad tan intensa que resultaba cómica.
Y así había comenzado todo el asunto. La niña acusaba a tres personas, que por la descripción bien podían ser los Reyes Magos, de ser los usurpadores de los regalos. En cualquier otro mes, en cualquier otro día, a cualquier otra hora, el sargento Pinar hubiera guiñado un ojo al adulto mientras adoptaba su pose más seria y fingía teclear para tomar buena nota de las palabras de la pequeña. Pero eso hubiera sido otro día, no éste. En la descripción de los hechos que la pequeña le refería había dos aspectos que sí encajaban: el primero era que la entrada del piso no había sido forzada (y la puerta estaba cerrada con llave, con dos vueltas, como siempre hacía la madre de la niña) y el segundo, que eran tres los sospechosos del robo.
El agente Pinar golpeteaba la mesa con un bolígrafo Bic azul, con aire pensativo, como si le estuviera dando vueltas a un dilema en su cabeza y no terminara de elegir la opción adecuada. Al final, centró su atención en la niña.
—Dígame, pequeña señorita, si viera a esos tres hombres ¿sería capaz de identificarlos?
Sin tan siquiera intercambiar una mirada para buscar la aprobación de su padre, la niña asintió con un rotundo sí y vigorosos movimientos afirmativos de su linda cabecita. El policía miró al adulto, quien se encogió de hombros sin comprender muy bien qué era lo que el sargento se proponía.
—Acompáñenme —ordenó el agente, mientras se levantaba de su escritorio.
Padre e hija se pusieron en pie al unísono y esperaron a que el policía los guiara. Él se dirigió con paso rápido al fondo de la sala, hacia una puerta de las que se abren cuando se empuja una barra metálica. El policía empujó la barra con firmeza y les franqueó el paso en primer lugar.
—Bajen por ahí, por favor —indicó, refiriéndose a un tramo de escaleras—. Con cuidado, es muy empinada.
Los tres descendieron la docena de escalones hasta llegar a un pasillo delimitado con celdas a ambos lados. No era nada espectacular, como en las películas, apenas seis habitaciones en las que se había sustituido la pared que daba al pasillo por rejas metálicas.
—Continúen hasta la última celda del fondo, la de la izquierda —ordenó el sargento, escoltándolos. Padre e hija hicieron lo que el policía indicaba sin rechistar.
Llegaron a la mencionada estancia en unos cuantos pasos más.
—Muy bien, jovencita. ¿Son estos los hombres que han robado tus regalos? —preguntó el sargento, mientras señalaba a los tres ocupantes del calabozo, tras las rejas.
La niña no dudó ni un solo momento.
—Son ellos, sí.
Uno de los hombres, de barba rubia, se mesaba los largos cabellos de color pajizo sentado en el banco que se anclaba a la pared. Observó a la niña en silencio, durante varios segundos y, a continuación, se dirigió al que parecía más anciano de los tres. Lucía una frondosa barba blanca.
—Te lo advertí, Melchor. Te dije que no era una buena idea robar los regalos de Noel, que nos iba a traer problemas —dijo el rubio, mientras movía un dedo acusador en dirección al hombre mayor.
—A toro pasado, es muy fácil hablar —replicó el hombre, sin volverse. Parecía muy concentrado en examinar la pared sur de la celda—. Cuando os propuse mi idea, bien que os callasteis los dos.
—A mí no me metas en el mismo saco —advirtió Baltasar—. Yo nunca estuve de acuerdo con este plan. No veo la necesidad de cambiar algo que ha funcionado durante tanto tiempo.
—Es que su majestad se aburría —dijo Gaspar, haciendo énfasis en sus palabras, a modo de burla.
—Bueno, basta ya —ordenó Pinar, elevando el tono de voz—. Quiero silencio aquí, ¿me han entendido?
Los otros tres no dijeron ni una palabra más.
—En cuanto llegue el principal afectado, podrán aclarar este asunto —indicó el policía, mientras hacía una seña a Sara y su padre para abandonar el pasillo en dirección a la escalera.
—¿Quién es esa persona que comenta? La que va a llegar, me refiero —se interesó el padre de la niña, mientras subía los peldaños y agarraba de la mano a su hija.
El policía contestó tras él, con voz afectada.
—Papá Noel. Ya viene de camino en un Uber. No puede acercarse con el trineo hasta aquí y está cabreado como una mona. No sabe el mal genio que se gasta ese hombre cuando las cosas no salen como planea…

Imagen de James Timothy Peters en Pixabay

2 respuestas a “Un robo a deshora

  1. busaquita diciembre 18, 2021 / 9:39 am

    Genial, genial 🙂

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