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Estamos aquí abajo en la oscuridad, atrapados, y en cierto modo también libres. Querríamos salir del pozo para encontrarnos con nuestras familias porque seguro que estarán muy preocupadas para cuando se enteren, allá arriba. Aquí la oscuridad reina y se ha hecho el silencio total, ese silencio que sólo se puede descubrir en las entrañas de la tierra, lejos del alcance de los sonidos de la naturaleza y también de los originados por el hombre. Aquí abajo reina la calma tras la tempestad, tras la explosión. El suceso ha tenido lugar al realizar la voladura, cerca de las siete de la tarde: una bolsa de grisú ha amplificado la detonación controlada y ha sembrado el caos y el desastre, la destrucción y la muerte. Todo se ha venido abajo.
Nos hallábamos aquí veintidós hombres al comienzo del turno, entre las capas Vieja y Carbonera de Agapita, como cada día, en la lucha por extraer este sucio mineral que tantas vidas se ha llevado por delante, el maldito carbón. Ahora nueve contemplamos nuestros maltrechos cuerpos, sin vida. También hay cuatro mulas muertas, pobrecillas, tremendos animales. Ocho compañeros más se encuentran muy malheridos, sufren graves quemaduras y tienen huesos fracturados, algunos gritan de dolor pero ninguno llora porque no quieren que el polvo de la hulla impregne sus lágrimas y las vuelva negras, como si se tratara de una burla final del destino. Cuatro de ellos ya nos miran directamente a los ojos, nos ven, saben que están más cerca del mundo de los muertos que del de los vivos. Comprenden lo que ha sucedido y se resignan. Así es la vida en la mina de carbón: sucia, oscura, difícil. Muy dura. Los que estamos muertos podríamos irnos ya, pero no lo haremos: vamos a esperar por nuestros compañeros y saldremos juntos de esto.
Otros cinco mineros se han salvado de milagro y han podido huir para dar la voz de alarma sobre lo ocurrido. Los equipos de rescate no tardarán en aparecer y comenzarán a llevarse a los heridos primero y, a nosotros, después. Para cuando lleguemos a la superficie, nuestras familias y amigos ya estarán aguardando noticias en las inmediaciones de este pozo María Luisa, con los nervios a flor de piel y temiendo el peor de todos los desenlaces posibles, con los corazones encogidos, como siempre ha sucedido en cada tragedia minera, en un silencio aterrador sólo roto por los llantos y los gritos de desconsuelo de los familiares de los muertos.
Pero para ese momento, que ya será mañana, comenzado el quince de julio de este año 1949, aún nos restan algunas horas de espera en las tinieblas.

Imagen de hangela en Pixabay

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