La primera

Soy La Pionera. Así, en mayúsculas. Fui la primera en asumir un verdadero riesgo de consecuencias imprevisibles para la humanidad. Ya sé lo que estáis pensando: que quién será esta imbécil que rezuma soberbia por cada poro de la piel. Pues estáis equivocados. Cuando lleguéis al final de estas pocas palabras, vais a entenderlo todo y a darme la razón.

Engañé a Dios y al Diablo, así como lo digo, sin anestesia. No voy a andarme con paños calientes a estas alturas de la película, porque no tengo paciencia ni ganas. Hice lo que tenía que hacer para dar un poco de vidilla a nuestra monótona existencia y para huir del bodrio de sitio en el que nos habían confinado, aburrido a más no poder, donde no podíamos hacer nada que resultara medianamente entretenido. Y, de paso, mi acción nos sirvió para descubrir un montón de cosas muy interesantes que, de otra manera, hubiéramos ignorado durante un tiempo (no mucho, la verdad, porque yo no habría aguantado allí de todos modos). No me costó gran cosa convencer a Adán —me veo en la obligación de mencionar en este punto que era un tipo bastante simplón—, para que comiera el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, tan malo, tan prohibido para nosotros. Y cuando lo catamos vimos que era muy dulce y sabroso, y esto era bueno, para qué lo vamos a negar. Y no, no era una manzana insípida, fruta que odio, sino unos higos bien maduros y blanditos. Eso sí, tuvimos que tener mucha precaución al recolectarlos porque había un enjambre de avispas en la higuera dándose un festín, zumbando de fruto en fruto, pero fueron bastante comprensivas con nosotros y no nos atacaron, ignoraron por completo nuestra presencia.

En cambio, Dios sí que se encabronó bastante conmigo por tener la osadía de desobedecerlo y engañar al santo varón (ya veis qué tentación más grande, con una mierda de fruta), aunque a día de hoy el tema no parece que fuera para tanto, visto cómo han ido después las cosas. También es cierto que Dios se partió el pecho de la risa cuando le pisé la cabeza a aquella serpiente, la cual siseó algunas palabras ininteligibles, a las que no hice caso, antes de pasar a mejor vida. Y de este hecho, nada cuentan los libros. Todavía me da grima cuando recuerdo cómo se retorcía aquel cuerpo sibilino y fibroso bajo mi pie desnudo. Esos bichos siempre me han dado un asco que me muero. Lo siento por ella, pero eligió un mal día para cruzarse en mi camino.

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