Más allá de la luz del Sol

Amanda Seorney siempre ha sido la primera en muchas cosas, pero ninguna tan espectacular como la que está llevando a cabo en los últimos años. Nacida en Uganda, es la persona con el mayor coeficiente intelectual en la historia de la humanidad: ya dominaba ocho idiomas antes de los diez años y estudió seis carreras de manera simultánea, todas concluidas con honores antes de los dieciséis, en el MIT, Harvard, Oxford, UNAM, Stanford y UPM. Ingresó en la Agencia Mundial Espacial a principios de la década de los noventa y dirigió con rotundo éxito la primera colonia permanente en suelo marciano. Esto ocurrió hace diez años. Después, se presentó voluntaria para capitanear el primer vuelo tripulado a Júpiter, en una misión que tenía una duración prevista de tres años y aterrizaría en todas sus lunas, con el objetivo de evaluar la posibilidad de instalar una o más bases que permitieran a la humanidad expandirse por los confines del Sistema Solar. La nave, llamada Nuevo Horizonte, la fabricamos en tiempo récord y fue la primera que logró alcanzar la décima parte de la velocidad de la luz, una velocidad impensable hacía solamente cien años. Todos nos sentíamos muy orgullosos del logro. Al menos, lo estábamos hasta que se produjo el imprevisto —por así decirlo— que causó una avería irreparable en el sistema de impulsión, que impedía frenar el avance del motor de neutrinos. La tripulación no la pudo remediar por su cuenta y seguimos buscando una solución desde entonces. Esto tuvo lugar hace un año y medio.
A partir de este punto, empieza la información reservada a la opinión pública. Donde el mundo sólo vio una catástrofe, Amanda calculó una posibilidad, un desafío: el destino había puesto al alcance de la humanidad la opción de llegar hasta la estrella más próxima conocida, Alfa Centauri A.
La tripulación estaba formada por nueve personas y disponía de alimentos suficientes para cuatro años, en previsión de que la misión original a Júpiter pudiera alargarse o surgiera algún inconveniente manejable que excediera la duración programada. La idea de Amanda era simple, aunque tenía importantes connotaciones humanas y filosóficas: podían morir todos de camino a ninguna parte, alejándose de nuestro sistema solar cada vez más, atrapados en una nave errante, o tratar de alcanzar la estrella Alfa Centauri A, donde aguardaba el que podía ser el planeta habitable más cercano a nuestra querida y maltratada Tierra. Con las limitaciones de la nave, se tardarían cuarenta años en llegar al nuevo destino y sólo podría conseguirlo uno de ellos, puesto que necesitaría todos los alimentos disponibles en la nave para sobrevivir durante este extenso período y, aún así, el tripulante solitario tendría que buscar la manera de racionar las provisiones para sobrevivir por cuatro o cinco años más.
La idea parecía un disparate a priori y así se lo hicimos saber a Amanda desde la Tierra, aunque todos éramos conscientes de que, para cuando llegáramos a desarrollar una nave de rescate más rápida que pudiera socorrer a la tripulación perdida, la Nuevo Horizonte ya se encontraría fuera de nuestro alcance para siempre. En definitiva, estaban condenados, de una forma u otra.
Hoy sabemos que no lo echaron a suertes y que existió una votación. También sabemos que Amanda se negó a ser la única superviviente y asumir tan increíble carga sobre su conciencia, pero así lo acordaron entre todos. La única condición que puso el equipo fue disponer de un plazo de una semana para asumir el destino elegido y poder despedirse de sus seres queridos. Transcurrido este período, ingirieron una dosis letal de fármacos (procedentes del botiquín de la nave) y murieron. Amanda se encargó de lanzarnos uno por uno al espacio en las cápsulas mortuorias de titanio. Emitió un mensaje advirtiéndonos de esta situación, para que pudiéramos encontrar los ataúdes en el inmenso vacío espacial gracias a las balizas localizadoras, en algún punto entre Marte y el cinturón de asteroides. A pesar de esto, si no lográramos interceptarlas, al menos los mártires tendrían una despedida por todo lo alto, al convertirse en las primeras personas incineradas en el astro rey, pues Amanda había calculado el lanzamiento las cápsulas para que alcanzaran el sol.
Tras despedirse de sus amigos, puesto que el trato de compañeros tras el sacrificio que habían hecho se quedaba muy corto, Amanda comenzó a organizar su vida a bordo para llevar a buen término su idea. Por delante, un viaje de más de cuatro décadas la esperaba. Para cuando alcanzase su destino, contaría setenta y cuatro años.
Durante meses, Amanda nos ha enviado informes puntuales, en los que detallaba cada paso que seguía. Luego, se han ido espaciando cada vez más, a medida que se aleja de nosotros.
No sabemos si logrará alcanzar su destino. Quizás, en un soleado día entre el quince y el veinte de julio del año dos mil ciento cincuenta y uno, recibamos un mensaje de Amanda a la luz de una estrella distinta a nuestro sol. Por el momento, sólo nos queda esperar.

Imagen de Oleg Gamulinskiy en Pixabay

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