Capones

Nemesio. El nombre ya casi es suficiente para saber que el maestro era de los de la vieja escuela. Era un hombre de pelo cano, casi blanco, ojos de color azul hielo, mejillas enrojecidas y labios finos y apretados que, en ocasiones, se distendían en una sonrisa torcida y socarrona. Cuando empezamos a asistir a sus clases de refuerzo de matemáticas ya estaba jubilado. Seguía en activo porque le encantaba enseñar (y porque supongo que tampoco le vendría mal un dinero extra, habida cuenta del salario que tiene un profesor de colegio o de instituto). Diría que lo suyo era vocacional porque no creo que abunde la gente, de más de sesenta y cinco años, que esté dispuesta a pedalear diez kilómetros diarios para dar una hora de clase a cuatro o cinco adolescentes. Deduzco que el haber estudiado en un colegio de frailes le había provisto de una voluntad férrea. Otros, en su misma situación, se dedicaban a matar el tiempo jugando partidas a la brisca o al tute en el bar y bebiendo vino.         

El pilar de su método consistía en que la letra con sangre entra: que no resolvías bien un problema, un capón; que hablabas o te reías en clase, un capón; que te pillaba distraído mirando hacia otra parte que no fuera la pizarra, un capón; que mirabas cómo le daba un capón a tu compañero, pues para ti otro de regalo. Eran bien duros los nudillos de ese hombre, curtidos a base de miles de impactos contra los cráneos de sus alumnos. Hacía bastante daño y eso que, en esos tiempos, casi nos los propinaba a modo de broma, mientras se reía. No me quiero ni imaginar cómo sería en su mejor época. Hoy en día, esta actitud sería impensable (o, más bien, pensable pero impracticable). Seguro que los padres lo denunciarían a él y al colegio por maltrato, el alumno tendría que ir al psicólogo y Nemesio sería viral en internet porque alguien en el aula habría grabado la escena con su móvil, el mismo aparato que no debería estar usando en una clase por respeto a su docente.

Sólo nos dio clases durante unos cuantos meses, hasta que hicimos los exámenes de selectividad en junio y los aprobamos. El día que fuimos a contárselo, el hombre pareció sentirse feliz por la noticia. Lo último que recuerdo de él es verlo mientras se alejaba pedaleando en su bicicleta, a la altura de la gasolinera, con la pernera derecha del pantalón metida por dentro del calcetín para no mancharse con la grasa de la cadena.

Imagen de Mykola Volkov en Pixabay

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