La terrible noche del cinco de enero

Odio y me aterroriza, a partes iguales, la noche del cinco de enero. No deseo que llegue nunca y, sin embargo, aquí está de nuevo, fiel a su inexorable cita anual. Y aquí me encuentro yo otra vez , obediente, metido en la cama y tapado con las pesadas mantas hasta rozarme la barbilla. En unos instantes, también me cubriré la cabeza, como hago siempre en esta noche del año. Y no querré ver nada de lo que sucede, ni podré pegar ojo hasta que amanezca, de puros nervios y miedo.
Hemos ido a ver la cabalgata por la tarde y después vuelto a casa. También hemos disfrutado de una gran cena junto con los abuelos. Una vez que terminamos y recogimos todo, mamá me dijo que era el momento de acostarse. Yo me resistí, siempre lo hago esta noche, y dije que no quería ir a la cama tan temprano, que no tenía nada de sueño, aunque ya eran las once y media.
Los adultos intercambiaron miradas comprensivas entre ellos, como si fueran partícipes de un oscuro secreto y les hubiera pillado con las manos en la masa. Me sonrieron, pero mis papás se mantuvieron inflexibles. Los abuelos me dieron las buenas noches y me dijeron que tenía que acostarme pronto si quería que los Reyes Magos dejaran sus regalos. Obedecí sin oponer resistencia, no podía hacer otra cosa. Armar un escándalo tampoco hubiera servido para nada, salvo para llevarme una buena reprimenda. Mamá me acompañó hasta la habitación y, mientras me arropaba, me dio un beso en la frente; papá se quedó a mi lado un largo rato, sentado en el borde de la cama, hasta que escuchó mi respiración acompasada que le hizo pensar que ya me había quedado dormido. Entonces, salió de la habitación con sigilo y entornó la puerta hasta que apenas se vislumbró una tenue rendija por la que se colaba algo de claridad de las luces del salón, pero que era insuficiente para iluminar la habitación y disipar la oscuridad por completo.
Cuando papá se hubo marchado, abrí los ojos: siempre se me ha dado muy bien hacerme el dormido. En un rato empezarían los ruidos misteriosos, de cosas que se arrastran, y escucharía los susurros de conversaciones ininteligibles, pronunciadas en lenguas arcanas que desconocía. Sí, no tardaría demasiado en suceder: en cuanto mis papás y los abuelos se fueran a dormir y toda la casa se quedara en silencio, con la oscuridad sólo quebrada por las luces de tonos cálidos del árbol de navidad.
Un rato después, a pesar de todo, había comenzado a adormilarme. Cerré los ojos por un segundo. O tal vez transcurrió una hora, no lo sé, el sueño es así de inesperado. Cuando los abrí de nuevo, ellos ya se encontraban dentro de la habitación, los tres, observándome con aquellos ojos de gato que centelleaban en la oscuridad cada vez que los movían. También distinguía a la perfección sus dientes, blanqueados por el paso del tiempo y la falta de carne, atrapados en una permanente sonrisa desquiciada. Y luego me asaltó el olor de sus cuerpos muertos, de sus ropajes podridos, de los animales en descomposición, una peste que ya me empezaba a resultar familiar y, no por ello, menos temida. Aquellos tres seres habían emergido de debajo de mi cama unos segundos antes, como formas bidimensionales, planas, y después —tras cobrar volumen— se habían puesto en pie. Siempre ocurría así.
Se limitaron a observarme durante unos instantes, mientras emitían unos sonidos sibilantes que trataban de imitar el acto de la respiración con unos pulmones de los que carecían y de unas narices inexistentes, roídas por las alimañas mucho tiempo atrás. Tras esto, salieron de la habitación y ya no regresaron. O tal vez no los vi porque me tapé hasta la coronilla y metí la cabeza debajo de la almohada para ahogar cualquier sonido que quisiera huir de mi propia garganta.
Sé que cuando me levante al amanecer me estarán esperando en el salón unos regalos fantásticos y mis papás y los abuelos se mostrarán entusiasmados y contentos al ver mi cara de felicidad. No sé, creo que un año de estos voy a tener que contarles quiénes son los verdaderos Reyes Magos y que tampoco vienen de Oriente. Seguro que no se lo esperan.

Imagen de Larisa Koshkina en Pixabay

11 respuestas a “La terrible noche del cinco de enero

  1. busaquita diciembre 18, 2021 / 9:23 am

    Muy bueno, me encanta. Mucha suerte en el concurso.

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    • ignaciocortina diciembre 18, 2021 / 1:39 pm

      Muchas gracias por tu tiempo. ¡Me alegro que te gustara!

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      • busaquita diciembre 18, 2021 / 2:42 pm

        Ya he leído el otro y me gusta mucho también. Encontrar estos tesoros escondidos es lo mejor de estos concursos. Yo he puesto el mío por ahí también, espero que te guste 🙂

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      • ignaciocortina diciembre 19, 2021 / 11:12 pm

        No lo encuentro. ¿Con qué nombre lo has publicado? ¿O cómo se titula?

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      • busaquita diciembre 20, 2021 / 2:47 pm

        Soy Lourdes Márquez. El cuento es “Maracaibo en la noche”, lo puedes leer en http://www.labusaca.com

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      • ignaciocortina diciembre 21, 2021 / 10:48 pm

        Muy realista, ¿quizás basado en una experiencia? Para nosotros, Navidad es sinónimo de frío y, a veces, nieve. Pero hay otras navidades de verano…😊 Por cierto, te comento por aquí porque si lo hago en tu blogger te voy a salir con un nick antiguo y no vas a saber quién soy. 😂

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      • busaquita diciembre 21, 2021 / 10:56 pm

        Si, siempre son en parte basados en experiencias. Ya conoces el blog, bienvenido. Un abrazo.

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      • ignaciocortina diciembre 21, 2021 / 11:09 pm

        Iré leyéndote estos días. Ya te voy contando. 🙂

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      • ignaciocortina diciembre 22, 2021 / 7:44 am

        HypermessiaH. Ese soy también (pero menos) 😂

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  2. Pedro Ruiz Rebollo diciembre 23, 2021 / 8:13 pm

    Muy bueno Ignacio, pero me temo que con este cuento vas a asustar a los niños. Espero que no al jurado.

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    • ignaciocortina diciembre 23, 2021 / 9:17 pm

      Esperemos que no asuste a nadie… ¡¡Ja ja ja!! Gracias por leerlo y dar tu opinión. ¡Felices fiestas!

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