Mientras camino por el cielo

Ya escucho a lo lejos el estrepitoso ulular de las sirenas que se acercan a toda velocidad, ansiosas por llegar a mi encuentro, muy abajo. Deben de estar a un par de calles de distancia, no más. Pero no me afecta su presencia, es más: en los próximos minutos, nada tendrá importancia para mí salvo el acero y las nubes.
Inspiro una bocanada de aire fresco del amanecer y me siento reconfortado, mientras miro hacia el horizonte, hacia la bahía, que ya se tiñe de rojos y naranjas, justo unos minutos antes de que despunte el sol y comience a recalentarlo todo. Esta ciudad es inhóspita y dura, pero siempre ha ofrecido todo al que la visita o vive en ella, tanto lo bueno como lo malo. Quizás, nunca debí llegar a pisar sus calles pero aquí estoy, en el verano más interesante de mis veinticuatro años de vida. Para mí ha sido un buen verano, de hecho, es el mejor de todos los que recuerdo. Muchísimos nervios contenidos y no contenidos, años de preparativos secretos, un largo plan revisado una y mil veces. Y después, el asalto final.

A mis pies se extiende un profundo abismo y los más madrugadores comienzan a emerger de las bocas de metro, mientras corren de un lado a otro como hormiguitas atareadas. Desde mi posición, es lo que parecen: pequeños insectos absortos en su cotidianeidad y sin ser en absoluto conscientes de lo que acontece sobre sus cabezas, a más de cuatrocientos metros de altura. Vista desde aquí arriba, la ciudad parece mucho más pequeña, apenas como un pequeño cogollo de edificios altos rodeados de nubes, y se asemeja más a un gran juguete a escala de un niño.
Corre el viento, fresco, como no podía ser de otra manera a esta altitud sobrecogedora, pero está dentro de lo que había calculado y es un riesgo asumible. Vuelvo a inspirar serenamente y fijo la vista en el otro lado, mientras obligo a mi cerebro a ignorar el vacío sobre el que estoy a punto de cruzar. Miro abajo por última vez y veo montones de luces azules. Y gente que empieza a preguntarse qué es lo que ocurre en esta anodina mañana de agosto. Ya han llegado los refuerzos, como dicen en las películas, pero lo hacen un poco tarde, no llegarán a tiempo para impedir lo que me propongo. Pongo el pie derecho sobre el cable de acero y después el izquierdo, mientras equilibro mi cuerpo con la ayuda de la esbelta pértiga que hará de contrapeso. Minutos después, ya me encuentro a medio camino entre las dos torres de acero y cristal y, mientras camino por el cielo, me siento libre como un pájaro.

Imagen de Free-Photos en Pixabay

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