Aquellos no tan terribles años

Estudié Enseñanza General Básica en los míticos años ochenta, cuando todavía no existía la Playstation, Netflix, Youtube, ni los móviles, y únicamente disfrutábamos de dos canales de televisión en los que, cuando hacía mal tiempo, sólo distinguíamos unas formas vagas entre el ruido blanco (popularmente conocido como nieve). En esa época tan remota, en la que todavía caminaban entre nosotros los dinosaurios, los ordenadores funcionaban con cintas o disquetes y atesoraban menos memoria que un grillo. Tampoco habían florecido los instagramers ni los followers, aunque sí los haters: sólo que entonces no los conocíamos como haters, sino como los malotes del colegio que pegaban a otros niños y se metían en líos.
El colegio donde estudié, un edificio de dos alturas de fachadas de color azul y tejado gris, disponía de un gran patio de recreo y contaba con dos canchas, una de baloncesto y otra de fútbol, asfaltadas, donde más de una vez nos despellejamos las rodillas. Una de las esquinas del patio había sido una escombrera de carbón y fue el lugar elegido por el colegio para instalar un invernadero, que terminaría siendo destruido por un temporal de viento. La parcela limitaba por los laterales más cortos con dos barriadas: una de viviendas sociales, que había sido levantada en torno a los años cincuenta para albergar a los mineros de la empresa estatal Hunosa; y la segunda, una pequeña urbanización edificada a principios de los ochenta sobre los terrenos inestables de lo que había sido un lavadero de carbón. En el lado sur, la linde la formaba una verja que separaba el patio de la vía del tren y del río (antaño plagado de truchas y hoy en día arrasado), mientras que hacia el norte se situaba la carretera comarcal, todo encajado como las piezas de un puzle en el fondo de un estrecho y típico valle asturiano, donde en invierno apenas llegábamos a ver el sol danzando sobre las montañas.
En esa época tuve profesores de los que guardo un grato recuerdo. ¿Cómo olvidarse de Imelda, toda ella menuda y bajita, de carácter dulce y enorme corazón? ¿O quién no recuerda a José Antonio quien, además de enseñarnos a cultivar lechugas, tomates y calabacines en aquel invernadero del que hablaba antes, era el profesor de matemáticas, dibujo y manualidades, clases en las que en alguna ocasión volaba un borrador de la pizarra para asustar a algún alumno charlatán y desobediente? ¿Y quién se puede olvidar de Juan Antonio, que por muchos años fue el director, alias el Dire, alias El Barbas (así lo llamábamos porque tenía barba, tan inocentes éramos entonces), gritando por los pasillos para poner un poco de orden (¡Los de octavo! ¡Por allíííííí! ¡Los de séptimo! ¡Por allííííííí!, se desgañitaba, llevándose las manos hasta debajo de la barbilla antes de extender los brazos indicando la dirección que debíamos tomar para ir a nuestras aulas? ¿Y Covadonga? ¿Cómo olvidarla? Años más tarde, cuando ya íbamos al instituto, nos acercó en su coche un día desde la población vecina (siempre íbamos y veníamos a pie, a diario, cuatro kilómetros de trayecto en total) e hizo un comentario que entonces no entendí muy bien: cada año que pasa, todo se vuelve más complicado. Entonces creí que hablaba de los estudios pero tiempo después me di cuenta de que se refería a la vida en general. También estaba Andrés, que fue mi primer profesor de inglés y era de origen catalán, llevaba gafas de pasta y lucía una espesa barba negra. A pesar de la barba, sólo era el profesor Andrés, no El Barbas Dos.
Más tarde, ya en el instituto, tuve otros profesores entrañables: Julio, quien nos enseñaba matemáticas y que una mañana se presentó en clase con un látigo negro, con el que se dedicó un buen rato a tratar de alcanzar el interruptor de la luz para encenderla (murió muy joven, de cáncer); Dolores, la profesora de lengua, de pelo marrón claro rizado y ojos vivos, que ya por entonces era algo mayor, pero gozaba de una memoria prodigiosa y soltaba unos comentarios irónicos que muchas veces hacían que toda la clase estallara en carcajadas; Lillo, un hombre delgado, alto y tieso como una vara de avellano, que siempre vestía de traje y corbata, que nos dio clase de literatura en COU y, aunque nos pareció un estirado, resultó ser muy paciente con todos y cada uno de nosotros (luego descubrimos que era catedrático y, aun así, no le importaba dar clases en el humilde instituto de su pueblo); Salvador, el profesor de filosofía en COU, que hacía las clases muy amenas y quien me animó a seguir estudiando a pesar de que yo quería abandonar tras haber suspendido varias asignaturas en el primer trimestre (nunca antes había suspendido ningún examen); Pepín, que también nos enseñaba filosofía y ética, en tercero de BUP, y que nos ponía de vez en cuando alguna película de pretendido contenido filosófico en sus clases; Elda, nuestra profesora de latín, que tenía una extraña voz ronca y era tan severa que no nos atrevíamos ni a respirar en sus clases, por miedo a que nos hiciera salir a la pizarra o nos preguntara algo (y, de hecho, nos tomaba la lección de manera alternativa hasta que a toda la clase le había tocado el turno). Y son tantos otros los maestros que resulta complicado recordar todas las caras y nombres.
Después llegó la universidad y allí conocí a muchos otros profesores brillantes (incluso tuve uno que recibió una oferta para incorporarse a la NASA y la rechazó), aunque ya nunca fue lo mismo porque, en esta etapa más cercana a la edad adulta, se terminó por perder algo que ya habíamos comenzado a echar de menos en los años de instituto: la cercanía y el trato familiar de los maestros del colegio, los mismos que nos habían visto crecer desde que éramos unos mocosos en el parvulario y que pasaron, tal vez sin pretenderlo, a formar parte de nuestra vida.

Imagen de meineresterampe en Pixabay

2 respuestas a “Aquellos no tan terribles años

  1. Pedro Ruiz Rebollo enero 16, 2021 / 4:13 pm

    Yo también recuerdo con nostalgia el patio del colegio donde, como dices tú, me despellejaba las rodillas y cabreaba a mi madre cuando llegaba con los pantalones rotos. Eran otros tiempos en los que las rodilleras y coderas eran más por necesidad que por estética.

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    • ignaciocortina enero 16, 2021 / 4:49 pm

      ¡Ah, las rodilleras! No me había acordado de ellas hasta que lo has dicho. Alguna también también gasté, cierto. Un abrazo y gracias por leerme.

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