El huerto

Mi tío Luis manejaba la azada como si fuera una extensión de sus brazos: con cada golpe, habría un profundo tajo en la tierra del huerto, lanzando diminutos guijarros y generando enojadas nubecillas de polvo.
En la comisura de los labios, como si siempre hubiera pertenecido a aquel sitio, descansaba un cigarrillo, que unas veces aparecía vigoroso cuando mi tío daba una profunda calada, mientras que en otras ocasiones perdía todo su fuelle hasta casi apagarse. De hecho, no eran pocas las veces que Luis se olvidaba de su existencia y tenía que emplearse a fondo con el mechero para revivir de nuevo aquellos Celtas que, años más tarde, fueron sustituidos por Ducados. Con su porte fibroso, el semblante serio protegido bajo un sombrero de paja y el pitillo en la boca, guardaba cierto parecido con Humphrey Bogart, si es que alguna vez éste se hubiera dedicado a la horticultura.
Cuando veía a mi tío pasar por la calle, desde la diminuta ventana de la cocina de la casa de mi abuela, me apresuraba a salir tras sus pasos: si estaba haciendo alguna tarea del colegio, movía el lápiz a la velocidad del rayo; si veía algún programa en la televisión, me faltaba tiempo para saltar de la silla y pulsar el botón de apagado del aparato; si estaba absorto dando buena cuenta de la merienda (por lo general, un bocadillo de Nocilla o de queso), asestaba unos enormes mordiscos y sólo quedaban unas pocas migas sobre la mesa para cuando salía por la puerta…
Sin duda, los veranos eran lo mejor del año. No puedo describir la sensación de felicidad que me invadía al llegar al huerto de mi tío, un solar que siempre daba la impresión de estar a pleno rendimiento, donde cultivaba patatas, alfalfa (para alimentar a las cuatro vacas que tenía), pimientos, calabacines y cebollas. Además, tenía un cerezo, un peral, un manzano y un ciruelo, con lo que se aseguraba fruta fresca desde mayo hasta octubre. Desde siempre, lo que más me gustaban eran las ciruelas claudias, tan dulces que parecía que alguien les había inyectado azúcar; las numerosas avispas que rondaban el árbol a finales de verano opinaban también lo mismo.
Uno de los motivos por los que el huerto resultaba tan fructífero era por el pozo de agua, excavado a pico y pala por él. Tenía una profundidad de unos cuatro metros y todo el brocal estaba construido con ladrillos macizos. En el fondo, el agua cristalina y fría del manantial subterráneo se filtraba por un lecho de guijarros. Siempre me había sorprendido que no se apreciara en la superficie vestigio alguno de aquel tesoro líquido que corría bajo nuestros pies: las tierras que se extendían más allá de la tapia de adobe, en las que se plantaba cereal, no conocían el verdor de ninguna planta desde finales de julio, con la excepción de algún que otro cardo borriquero aislado.
Una mañana de julio, pescamos unas truchas en el arroyo que discurría a las afueras del pueblo y conseguimos mantenerlas vivas hasta liberarlas en el pozo. Allí vivieron durante varias semanas, hasta que mi tío sacó toda el agua para regar una tarde de finales de agosto y, sin perder tiempo, metió una escalera de mano por el agujero y descendió hasta el fondo, para atrapar la media docena de peces que habían quedado confinados en apenas un círculo de un metro de diámetro y treinta centímetros de profundidad. No podía demorarse mucho porque el agua entraba con rapidez y, en cuestión de una hora, volvería a alcanzar los dos metros de altura.
Aquella noche cenamos las truchas, fritas con lonchas de jamón. Los peces me dieron un poco de pena al principio, pero el sentimiento se me pasó enseguida al morder la piel crujiente y saborear su fina y deliciosa carne. Estábamos a la mesa mi abuela, mi tío y yo. Mi abuela había enviudado muy joven, hacía ya casi veinte años. Desde entonces, la única compañía ocasional que tenía era la de mi tío (que, en realidad, era un tío segundo porque era el hermano de mi abuela) quien vivía un par de casas más arriba, en la misma calle.
Él disfrutó de aquella cena como si se tratara de un banquete compuesto de los más deliciosos manjares. Tras dar buena cuenta de las truchas, sacó una cuña de queso de oveja bien curado de una bolsa que había traído consigo y, con la navaja que siempre llevaba encima (mi abuela contaba que mi abuelo la había encontrado en una cuneta, al poco de acabar la guerra), cortó un generoso pedazo y me lo tendió. Esbozaba una amplia sonrisa, aunque unas ojeras de cansancio deslucían un poco su expresión. Creo que entonces ya sospechaba que estaba gravemente enfermo y, por este motivo, en las últimas tardes se había mostrado más alegre y despreocupado de lo habitual.
Tras saborear el queso y apurar los últimos tragos del vino tinto que quedaba en su vaso, se recostó un poco en la silla y encendió un pitillo. Tosió un par de veces antes de recuperar la compostura, mientras lanzaba una mirada recelosa a la cajetilla, como si supiera que era la culpable de su mal.
Fumó un par de cigarrillos más hasta que, a eso de las once y media de la noche, se levantó de la mesa, se guardó la cajetilla y el mechero en el bolsillo de la camisa y se despidió de mi abuela y de mí, deseándonos buenas noches. Fue la última vez que lo vi salir por la puerta del patio en el que compartíamos mesa los tres, en las apacibles noches de verano.
Moriría a la tarde siguiente a causa de un infarto, mientras labraba el huerto que tanto amaba. El cáncer de pulmón no llegó a tiempo.

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