El desconocido

El tío Nilo (diminutivo que viene de Petronilo, nombre raro donde los haya) vive con nosotros desde hace años. Es muy alto para lo que solía ser la media de España en el año mil novecientos cuarenta y cuatro, cuando nació: desde su privilegiada estatura de metro ochenta y cinco siempre parece mirar por encima de uno, hacia lo que le viene de frente. Es delgado, casi parece un saco de huesos, y tiene más arrugas que una bola de papel de las que tiras a una papelera. Sus ojos, a pesar de la edad, conservan un límpido color azul, casi el mismo que tenía en sus tiempos de juventud y que encandiló a la tía Daniela, que en paz descanse (y, me atrevo a decir, que a otras mujeres antes que a ella).

Pero hoy esos ojos azules están ausentes, como demasiadas veces lo han estado a lo largo de las últimas semanas. Este confinamiento tan extraño causado por el virus ha provocado un efecto en mi tío que nadie en la familia esperaba: ha avivado sus recuerdos de lo sucedido una madrugada de hace cuarenta y tantos años, cuando se vio retenido en un calabozo por formar parte de una huelga. Revive esas pocas horas una y otra vez, y no porque los policías le dieran una buena tunda, sino por la atípica compañía que tuvo en la celda: un hombre misterioso del que nunca supo su nombre.

El tipo era de complexión media y parecía un poco entrado en kilos, pero nada en él resultaba estridente ni llamativo: si te lo cruzaras por la calle, te olvidarías de su aspecto un minuto después. Hablaba un castellano perfecto, pero sin acento que delatara su provincia de origen, lo que llamó la atención de Nilo. Pero lo más sorprendente era que no le habían puesto la mano encima, mientras que el ojo derecho de mi tío estaba adquiriendo un bonito tono morado.
Nilo le preguntó entonces de dónde era y el hombre, con una media sonrisa un poco cínica, le respondió que era extranjero y añadió que no tardaría mucho en salir de allí. A continuación, quiso saber el motivo por el que lo habían retenido; el desconocido le respondió que, si se lo contara, tendría que matarlo. Ante la rotundidad de su respuesta, mi tío se amedrentó un poco y guardó silencio. Por increíble que pareciera, daba la impresión de hablar en serio. Entonces el otro le preguntó qué había hecho él para que tuviera un ojo a la virulé; mi tío respondió que apoyar una huelga para tratar de mejorar las condiciones de los trabajadores de la mina. El otro meneó la cabeza con gesto de desaprobación y chasqueó la lengua. Mi tío bajó la mirada al suelo y se arrepintió de inmediato de habérselo dicho. Quizás había hablado más de la cuenta con aquel desconocido.
Estaba amaneciendo cuando dos policías, uno de los cuales era el mando de mayor rango en el cuartel, se acercaron a la reja. Abrieron la puerta para invitar al hombre a salir y, cuando estuvo a su lado, hicieron algo que ni en mil años mi tío hubiera imaginado que pudiera ocurrir: pidieron disculpas  al hombre, mientras inclinaban la cabeza en señal de respeto. No tenían valor para mirarle a los ojos.
El otro se volvió hacia mi tío y esbozó una sonrisa cargada de malicia, como diciendo: ¿Ves como no te mentía? Y, a continuación, ordenó algo que hizo que me tío lo mirara con absoluta perplejidad.
—Dejen en libertad a este hombre. Y no se les ocurra volver a tocarlo nunca más, si no quieren acabar metidos en el peor tugurio que puedan imaginar, ¿me han entendido? Nunca —se quedó pensando durante un instante—. Y a su familia, tampoco —añadió. Y, guiñando un ojo a mi tío, abandonó la estancia.
Ni que decir tiene que los policías, para su sorpresa, acataron la orden sin rechistar.
Mi tío nunca averiguó la identidad de aquel hombre, aunque le pareció reconocerlo en un programa de televisión americano mucho tiempo después, en la época de los atentados del 11-S. Entonces era un alto cargo dentro del gobierno de los Estados Unidos. Pero tampoco pudo asegurar con absoluta certeza de que se tratara del mismo hombre que había compartido celda con él, siempre se quedó con el resquemor de la duda.
Y así quedó la cosa, hasta la llegada del coronavirus.

El confinamiento le ha traído de vuelta esos viejos recuerdos, supongo que a causa de esta nueva privación de libertad, tan extraña como inesperada. Y mientras pasan los días, sigue tratando de imaginar quién sería de aquel tipo.

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