Una piedra en el camino

Hace una semana que mi abuela acaba de cumplir noventa años. Por el camino, ha superado una guerra civil, una posguerra, una dictadura, una transición, tres crisis económicas bastante gordas y un cáncer. De lo del cáncer, ya casi hace dos décadas. También es viuda desde que yo tenía seis (mi abuelo —que había ganado la batalla a la mina de carbón durante más de veinte años— murió joven apenas trece meses después de la jubilación, de un derrame cerebral) y ha sobrevivido a dos de sus hermanos.

Su buena salud y su longevidad supongo que son genéticas —mi bisabuela, nacida en el año en que se hundió el Titanic, vivió hasta los ochenta y cuatro— y, hasta hace nada, se apañaba ella para todo y no permitía que nadie la ayudase. Eso fue hasta hace un par de años, más o menos. Luego, ha empezado a fallarle un poco la cabeza y es mejor que no esté sola; o, al menos, no todo el tiempo. Pero, pero suerte, los períodos lúcidos todavía superan en número a las lagunas que sufre, aunque hay veces que se pasa largo rato hablando las mismas cosas. También es bastante cascarrabias, pero eso creo que nos viene impreso en algún gen a casi toda la familia (porque yo también lo soy).

Con todo este equipaje vital a sus espaldas y cuando parecía que ya no iba a ocurrir nada de especial trascendencia en el tramo final de su vida, aparece un virus chino de la nada y pone el mundo patas arriba. Un enemigo que no se ve ni se oye, que ha dejado miles de víctimas en el país, igual que lo haría una guerra civil, que nos hace sufrir penurias y que nos ha sumido en la dictadura del confinamiento durante semanas. Ahora parece que comienza la transición hacia la libertad perdida, mientras nos arrojan por el acantilado al oscuro océano de una nueva crisis económica, cuyas dimensiones son todavía desconocidas. El bagaje de toda una vida condensada en apenas dos meses.

A pesar de este panorama, mi abuela se ha tomado bastante bien lo de estar prisionera en su casa, aunque hay ratos en los que el tiempo se le hace eterno. A su edad ya no ve muy bien, aunque se ponga las gafas que tiene casi olvidadas en su funda marrón, y se entretiene barriendo, leyendo alguna revista vieja (viendo los santos, que dice ella) o con la tele, aunque tampoco es que la encienda mucho porque dice que no entiende nada de esos programas del corazón. Antes de la epidemia, se entretenía observando a la gente que paseaba por la acera del pueblo desde su ventana o aguardando a que llegara el panadero e hiciera sonar el claxon varias veces mientras bajaba por la cuesta de acceso a la barriada (todavía hay dos empresas que hacen reparto con furgonetas porque las tiendas más cercanas con panificadora están en la población vecina, a un kilómetro y pico de distancia). Como ahora no hay nadie por la calle, dice que no se ve un alma y que se aburre.

El otro día estaba con mi madre, hablando en la pequeña cocina, y en un momento de la conversación, mi abuela le soltó: “Como enfermes tú con el virus ese, no sé qué va a ser de mí”. Y se quedó tan ancha. A mi madre le hizo mucha gracia y a mí también (me lo contó por videoconferencia, claro, yo también estoy confinado). Ni por un momento a mi abuela se le ha pasado por la cabeza que la que pueda enfermar sea ella. Y es que, a pesar de los años que tiene, nunca piensa en cuándo le va a llegar la hora (ni ella, ni casi nadie, imagino). Quizás el haber vivido tantas situaciones difíciles le han otorgado una perspectiva de la vida que los que somos más jóvenes ni alcanzamos a imaginar y ve al coronavirus como una piedra más en el camino, que se salta (o se le da una patada para quitarla de en medio) y ya está. Benditos mayores.

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