Imaginando superhéroes

Relato finalista en el concurso HISTORIAS DE NUESTROS HÉROES, organizado por Zenda Libros e Iberdrola. Puedes leer la resolución aquí.

A medida que avanzaba por los lineales, le gustaba imaginar quiénes se ocultaban tras las mascarillas blancas y los guantes azules de cirujano, que habían convertido a las personas en rotros incompletos sin identidad propia. ¿Acaso no se parecía aquel reponedor al Capitán América? Cogió un bote de garbanzos cocidos y lo dejó en la cesta.

Se acercó hasta la carnicería y pidió unos filetes de cadera. El carnicero usó un cuchillo largo como un machete. Parecía muy afilado y brillaba de forma amenazadora. Ella se fijó un poco en el pelo y los ojos del hombre. ¿No era clavadito al Indiana Jones del Templo Maldito? El hombre le tendió un paquete metido en una bolsa, con el precio grapado, y ella lo añadió a la cesta de plástico verde.

Dejó atrás la carnicería y alguien pasó a su lado, a quien apenas logró ver. Casi parecía que volara. A lo mejor era Spiderman, que corría a comprar papel higiénico antes de que se agotara otra vez. No pudo evitar una sonrisa ante la idea del héroe arácnido en mitad de un apretón.

En la zona de las bebidas se cruzó con una mujer que fregaba el pasillo porque a alguien se le había caído una botella de vino tinto y se había hecho mil pedazos. El suelo parecía estar cubierto de sangre. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta y era alta; tenía un parecido razonable con Lara Croft. Cogió un par de latas de cerveza y dos refrescos de cola y los añadió a la cesta.

Continuó hasta la zona de cajas, donde nadie hacía cola. Cosas de la pandemia. Allí, la atendió una cajera que, bajo la máscara, podía ser idéntica a Viuda Negra, con aquella media melena pelirroja. Cuando hubo pasado toda la compra por el escáner, ella sacó la tarjeta de crédito del bolsillo y pagó. La cajera le tendió de vuelta el plástico y se quedó mirándola por un momento; bajo la mascarilla parecía sonreír, aunque tampoco podría jurarlo. ¿La cajera le acababa de guiñar el ojo? Seguro que era su imaginación, que le había jugado una mala pasada. Ella se despidió y salió del supermercado.

Caminó por la calle desierta, como hacía el doctor Robert Neville en el libro Soy Leyenda. Aunque con la diferencia de que, en la novela, el virus había convertido a la humanidad en vampiros e infectados. Menos mal que no había vampiros. Aunque, pensándolo bien, eran un poco como ella, que trasnochaba hasta las mil porque sabía que el siguiente día sería un calco del anterior. Para qué madrugar, si la monotonía lo había invadido todo.

Cuando llegó a casa eran las tres y cinco de la tarde. Mientras metía la compra en la nevera y sacaba una olla para cocer pasta, encendió la televisión, que ya estaba dando las noticias. Pedro Piqueras ocupó la pantalla, con ese aspecto de buenazo impecable que siempre lucía, aunque hoy parecía un poco cansado. Dirigió su mirada hacia la cámara para dar paso a la gran noticia del día, tras la actualización de los datos del coronavirus en el mundo.

—Y ahora conectamos con Nueva York, desde donde nuestra compañera Patricia Jiménez nos ampliará la noticia con la que abríamos este informativo. Buenos días, Patricia. ¿Se sabe algo ya acerca de la desaparición de todos los superhéroes?

Imagen de Gaby OBS en Pixabay

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