Al fin, libre

Mi perro, un pequeño westy blanco de cinco años, siempre se había comportado de manera bastante extraña. Cuando lo bajaba a la calle, caminaba dando pequeños saltitos, propinaba golpes al suelo con el hocico, como si buscara hormigas y, en ocasiones, se quedaba quieto con las cuatro patas muy juntas y cerraba los ojos, haciéndose el dormido, mientras se balanceaba como mecido por una brisa invisible.

Una mañana, cuando íbamos camino del parque que queda al lado de casa, comenzó a tirar de mí con tanta insistencia que le quité la correa y dejé que caminara por su cuenta, libre. Empezó a corretear por la acera, con el rabo blanco tieso como un periscopio y, cuando estaba a unos veinte metros de distancia, se detuvo por un instante, me miró como si se estuviera despidiendo y, sin más, salió volando.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s