Nuevo Día de Muertos

Aquello no tenía muy buena pinta. De hecho, a pesar de los esfuerzos de Vanesa por hacer un gran trabajo, seguía pareciendo demasiado vivo para ser un muerto y demasiado muerto para ser un vivo. El Nuevo Día de Muertos era una jornada sagrada, no apta para cometer errores. Ella se apartó un poco para tener una mejor perspectiva de la obra.

—Órale, listo —anunció.

En la mano portaba un par de pinceles. El resto de botes de maquillaje estaba disperso por la mesa, cuya superficie se encontraba llena de manchas de colores: parecía el resultado de una explosión dentro de una tienda de pinturas.

—¿Ya? —Juan Carlos se miró en el espejo de mano y giró la cabeza para observar mejor el resultado, primero hacía su izquierda y luego a su derecha. El maquillaje cubría toda su cara—. No sé, no lo veo muy…

—Anda, cállate. ¡Si está perfecto, güey!

—No inventes. Parezco un pinche perro empanizado.

—Nadie notará la diferencia ¡Siempre tan negativo!

Juan Carlos suspiró, con resignación.

—Sabes cómo son…Si me descubren, me encerrarán con los otros y no volveremos a vernos. Nunca.

Dicho así, sonaba terrible.

—Eso no va a suceder —aseguró Vanesa.

—Ya.

—¡Ay, no me hagas enojar, carajo!

Ella se levantó en mitad de un vendaval de telas agitadas y se fue de la sala. Juan  Carlos continuó sentado un rato más, meditando. En realidad, tampoco tenían más opciones. En México, los matrimonios mixtos estaban prohibidos casi desde el inicio de la enfermedad y eran considerados una aberración: ninguna persona viva podía tener relaciones con personas no vivas, los portadores de la enfermedad. Vanesa estaba entre éstos últimos.

Cada Nuevo Día de Muertos, los portadores se acercaban hasta la zona reservada de los vivos. No se sabía muy bien el motivo de semejante necesidad: parecía que era una especie de reminiscencia y recordatorio de lo que alguna vez habían sido, de tratar de retener su lado más humano, pero últimamente esto parecía haber derivado hacía otra cosa. Algunos portadores habían atacado a las personas sanas de la reserva, causándoles graves heridas. Se decía que, tras la mordedura, se habían convertido.

Juan Carlos había escapado de la reserva hacía cuatro años por Vanesa, cuando se enteró por un amigo de que estaba enferma. Y, por amor, volvía cada año con ella para que saciara su impulso, aun a sabiendas de que corría serio peligro. Rezaba para no ser descubierto por los portadores un año más, porque cada vez se volvía un juego más peligroso. Últimamente parecía que Vanesa lo miraba con otros ojos, con cierto interés renovado e inquietante, con extraña curiosidad.

—¿Vamos? —ella lo sacó de sus pensamientos.

—Sí, claro —accedió, levantándose de la silla y yendo hacía la puerta. Se dispuso a dejar pasar a Vanesa en primer lugar.

—No, tú primero —dijo ella—. Es un día especial.

Juan Carlos se quedó un momento indeciso, sin entender a qué se refería ella, mientras giraba el picaporte. Cuando volteó la hoja de la puerta, se encontró frente a veinte, treinta, cincuenta portadores que atestaban el pasillo. Y todos parecían estar esperándole, porque clavaban su mirada en él.

Él se volvió hacía Vanesa, aterrado.

—¿Qué…?

Nunca completó la frase. Una miríada de manos se abalanzaron, ávidas, sobre él. Pero antes de sufrir el dolor de los mordiscos, sintió que su alma se rompía en mil pedazos y le causaba uno aún más insoportable: Vanesa sonreía, disfrutando del espectáculo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s